Atrapados en el relato

El objetivo de la política ya no es el progreso o el cambio, ni siquiera la gestión. La principal meta de las formaciones es la competición electoral, el espectáculo. No se tratan de ganar las elecciones para ejercer el poder, sino que se ejerce el poder para ganar las elecciones. Por eso, el aspecto externo de los proyectos es el de movimiento, una coagulación coyuntural que, pasado el objetivo, suelen disolverse.

El relato sitúa la política en el terreno de la emoción y, en ocasiones, en la ficción. El relato que se construye en la competición electoral crea una realidad paralela emotiva que después choca con las circunstancias materiales, instituciones incluidas, despreciadas por no encajar. El relato no tiene que ser veraz, sino verosímil. Tras ganar la competición electoral, el relato tiene que seguir activo y llenar el escenario con trucos narrativos: intrigas, cambios de personajes, etc.

Ese es el terreno de los proyectos que han triunfado en la creación de relato. Entre ellos, la república catalana. Quizá, es el que depende más de la ficción porque es el que más lejos ha ido. Si analizamos los hechos desligados del relato emocional, el pasado mes de septiembre no se produjo un desafío a una legalidad concreta, sino una exploración de un camino alternativo. Es cierto, la cosa iba de democracia.

La democracia, como la conocemos, se basa en ciertos recursos e instituciones. Las sociedades plurales se expresan a través del sufragio universal para elegir unos representantes, habitualmente encuadrados en partidos, que crean consensos a través del debate público en los legislativos. Esos consensos se transforman en leyes que son aplicados por otro actor y todos se controlan entre sí y externamente.

Es obvio que este sistema se queda corto para ciertos proyectos, como el de la república catalana, que optó por cambiar todos estos elementos. Ya no hay un consenso creado a través de un debate público ni un control recíproco de los actores ni tampoco una sociedad plural. El pueblo expresa un mandato a un líder que debe hacerlo efectivo. Pasamos de lo político a lo espiritual; es decir, entramos en el terreno de la ficción. Todo es relato.

[Es una revolución que conviene ser analizada sin juicios rápidos ni analogías fáciles porque, quizá, está revelando una tendencia. Algo tiene que llenar el vacío que ha dejado la desaparición del concepto de progreso y la decisión es una de las opciones.]

Y ahí está el problema: la frontera entre ficción y realidad. Los requerimientos enviados por el Gobierno el pasado otoño eran interpuestos. Hablaba el Estado. La Generalitat era interpelada como una parte del mismo. Por eso, la respuesta tenía que ser contundente: sí o no. Caben pocos matices a la existencia: ser o no ser. A través del Gobierno, el Estado se preguntaba si existía mediante la Generalitat y se encontró con una respuesta hamletiana: tal vez soñar. Ese no es territorio de los Estados, de momento.

La frontera entre ficción y realidad sigue siendo el problema. Existe un cierto consenso en que lo sucedido el pasado otoño se sitúa en el terreno de la ficción, la puesta en escena, pero el Estado no puede aceptar eso. Es complicado que el Estado, a través del poder judicial, acepte que los documentos, las declaraciones y, en general, todos los hechos pertenecen al terreno de lo irreal porque sería impugnarse a sí mismo. Y, si es real, lo sucedido es grave.

La disyuntiva para los participantes es reconocer que todo era falso y retirarse de la escena o no hacerlo y seguir el camino espiritual, cuya siguiente etapa es el martirio. El proceso no será breve y las penas no serán cortas. La idea de la amnistía presentada en diciembre por Miquel Iceta es probable que tenga más consenso dentro de cinco años. Conviene hacerse a la idea de que, en 2023, habrá gente en la cárcel. Y seguiremos atrapados por el relato.

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