Alcorcón

Cuando me vine a vivir a Alcorcón, tení­a que explicarle a mis amigos de Barcelona, Valladolid o Benavente dónde estaba, cómo era y, sobre todo, que era una ciudad y no un barrio de Madrid. Recuerdo que mi abuela dijo: madre mí­a, si vive tanta gente como en la provincia de Zamora. Lo tuve que seguir explicando hasta el año pasado. Hace catorce meses, mi ciudad ocupó todas las portadas. Una pelea concreta en un momento concreto entre personas concretas y por un motivo concreto acabó convirtiéndose, por su cercaní­a a la zona de marcha, en un colosal tumulto.

En cuestión de horas, Alcorcón se convirtió en una ciudad sobrecogida con una ciudadaní­a aterrorizada, el ejemplo de los problemas de la inmigración, un polvorí­n a punto de estallar, un campo de batalla o una zona de guerra. Las administraciones se tiraron Alcorcón unas a otras. La Comunidad de Madrid, como siempre, escurrió el bulto pasando al ataque y el Ayuntamiento y el Gobierno, como siempre, se quedaron desconcertados porque la situación no encajaba en su visión del mundo. Durante una semana, recibí­ llamadas de amigos y familiares interesándose por la situación y, aunque no me lo han confesado, sé que hubo un plan para evacuarnos si la cosa se poní­a complicada; por mi hijo, sobre todo. Al final, no paso nada. Ni el fin de semana del apocalipsis ni ninguno de los siguientes. 

Ya nadie se acuerda de la movida de Alcorcón. Los que jugaron con la convivencia hablando de una guerra entre españoles y latinos escriben de otras cosas y sólo pienso que tuvimos suerte de que los incidentes se produjeran en un momento de prosperidad. Ahora que vienen las vacas flacas, habrá más tensiones porque los servicios públicos son escasos y se compite por ellos. No deberí­a pero me gusta que Alcorcón haya desaparecido del mapa y haya vuelto a ser una ciudad normal con gente normal. Ahora, cuando hablo con mis amigos de Barcelona, Valladolid o Benavente, les digo que está al lado de Getafe. (Publicado el 17 de Abril de 2008 en Metro

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