Garzonear

Garzón era radioactivo. Como los superhéroes de la Marvel, no tenía miedo a nada; no había nada lo bastante complejo, denso o peligroso. Contra ETA, ahí estaba; contra el GAL, también, contra el narcotráfico, por supuesto, y contra todas las dictaduras del mundo. El problema era, precisamente, que la ausencia de miedo menguaba la prudencia. Garzón podía comenzar cualquier caso, imputar a cualquiera que pasase por allí (como en el 18/98) y cargárselo por no respetar los procedimientos. Confiar en él podía proporcionar buenas imágenes, pero una gran frustración posterior. La radioactividad lo iluminaba todo, lo descolocaba todo, pero la energía se desperdiciaba.

La juez Alaya garzoneó ayer. No sé si lo lleva haciendo meses, como he leído, pero ayer lo hizo. Y no es una buena noticia, salvo que uno sea uno de los implicados en el caso. El garzoneo de Alaya acerca el caso a la nulidad, a la vía muerta judicial, a la impunidad, que es lo contrario de la justicia. La ley de enjuiciamiento criminal para aforados tiene dos artículos. No hay pruebas ni las habrá nunca. Si las hay, se anulan, luego se aplica el artículo primero. Así es probable que acabe la mayoría del caso PP (Gürtel/Bárcenas) y así, tras lo de ayer, es probable que acabe el caso eres.

Hace un par de meses, me preguntaron cómo evolucionaría el cristo que había montado. A cortísimo plazo, dije, no pasará nada porque no hay ningún actor con capacidad para que pase algo. A corto plazo, habrá relevo generacional y bevenolencia judicial para intentar pasar página, si la economía ayuda. Estamos en la preparación de ese segundo tramo.

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