La eutanasia no lleva a La fuga de Logan

El maestro Juliana escribe un gran artí­culo donde explica qué está en juego ahora mismo en Italia. Algo muy de moda: el deseo de todos los polí­ticos en el poder de usar todos los resortes para aumentar su poder en las abcisas (tiempo) y las ordenadas (capacidad) apoyándose habitualmente en una instituciones (real o ficticia) que legitime su pretensión. Rusia, Venezuela o Bolivia.

…Y España en el trasfondo 

La Iglesia católica quiere reafirmar su hegemoní­a en Italia y Berlusconi, reformar la Constitución de 1948

Italia es un paí­s muy teatral. Menudea tanto el enredo, el corporativismo y el maquiavelismo en los laberintos del Estado, que periódicamente estallan casos de tremendo impacto y pasión social. Casos que perforan la espesa trama de la intermediación polí­tica y plantean con gran veracidad los conflictos sociales de fondo. El drama de una persona cualquiera o la tragedia de un pequeño pueblo son vehí­culos a través de los cuales la sociedad pide la palabra en el foro, obligando a los poderes a ajustar sus posiciones.

A finales de los años noventa, tuvo gran impacto el asesinato de una joven estudiante en la Universidad La Sapienza de Roma. Alguien disparó desde un despacho de la facultad de Derecho. Semanas después, tras sesudas pesquisas, dos jóvenes profesores de filosofí­a del derecho fueron acusados de haber matado a Marta Russo por el mero placer de ensayar el crimen perfecto. (No conocí­an a la ví­ctima y, aparentemente, nadie les vio disparar). El juicio dividió a Italia en dos bandos irreconciliables: los partidarios de un castigo ejemplar a los dos nihilistas y los garantistas que exigí­an pruebas más sólidas para dictaminar su culpabilidad. En el fondo se estaba discutiendo sobre el prestigio y la fiabilidad del sistema judicial tras el tormentoso proceso Mani Pulite contra la corrupción polí­tica, que acababa de trastocar la entera República.

Detrás de cada caso italiano hay siempre un gran tema. Con su dramatismo extremo, el caso Eluana plantea estos dí­as dos grandes cuestiones de fondo: la influencia de la Iglesia católica en la sociedad itálica y la vigencia de la Constitución de 1948.

No es ningún secreto que el catolicismo está en contra de la eutanasia. La Santa Sede lleva años advirtiendo que la liberalización del aborto y la eutanasia conducen a la creación de un Estado eugenésico en el que podrí­an ser eliminados sin contemplación todos aquellos que estorban,antes de nacer, por grave enfermedad, o por una ancianidad cada vez más costosa de mantener. No es una doctrina banal. Es una llamada de atención que invita a pensar, independientemente de la fe religiosa o la tendencia polí­tica.

Con dos mil años de historia a cuestas, la Iglesia, sin embargo, está acostumbrada a las excepciones. El Vaticano podrí­a tener estos dí­as una actitud más comprensiva con el sufrimiento de la familia, tras diecisiete años de coma. Podrí­a condenar la desconexión de la joven Eluana sin llevar la batalla al lí­mite. La Santa Sede, por el contrario, ha optado por el episodio ejemplar. Parece evidente que la Iglesia católica quiere reafirmar su influencia polí­tico-moral en la sociedad italiana, ante la pulsión laica que vuelve a bullir en su interior, por evolución generacional y por la influencia de paí­ses vecinos. Verbigracia: la España de Zapatero. Sí­, el caso Eluana algo tiene que ver con España.

Ante la magnitud del envite, Silvio Berlusconi ha querido jugar sus cartas. Que son dos: agrupar a su alrededor a todo el público católico, retomando así­, con teatral simbolismo, el papel de la antigua Democracia Cristiana, y presionar a favor de la reforma de la Constitución antifascista de 1948, que limita el papel del primer ministro y refuerza la primací­a del Parlamento. Berlusconi quiere una república presidencialista. Quiere ser Sarkozy. Con la diaria bendición del Papa.

La batalla de Berlusconi es comprensible porque él sólo es él; ni siquiera tiene un partido detrás. La batalla de la Iglesia es incomprensible porque entrando en el debate polí­tico, convirtiéndose en un actor polí­tico, asume el destino de éstos. El poder, en el caso de triunfo, y, en el caso de derrota, caí­da y refundación, dos procesos normales en los partidos, una institución lí­quida, pero inasumibles por una tan sólida como la Iglesia. Mucha pérdida para una escaramuza tan pequeña. Como dije hace una semana, ellos verán.

En el artí­culo leemos una idea muy escrita y leí­da en las últimos dí­as, semanas, meses, años.

No es ningún secreto que el catolicismo está en contra de la eutanasia. La Santa Sede lleva años advirtiendo que la liberalización del aborto y la eutanasia conducen a la creación de un Estado eugenésico en el que podrí­an ser eliminados sin contemplación todos aquellos que estorban,antes de nacer, por grave enfermedad, o por una ancianidad cada vez más costosa de mantener. No es una doctrina banal. Es una llamada de atención que invita a pensar, independientemente de la fe religiosa o la tendencia polí­tica.

La proyección que une la eutanasia con el mundo de La fuga de Logan es una de las ideas centrales de todo el discurso del bloque católico. Y es mentira. Lo es porque esa cultura eugenésica no es a donde vamos, sino de donde venimos. Los niños con taras psí­quicas o fí­sicas se mataban, se abandonaban, se recluí­an en el sótano, se ingresaban en instituciones religiosas o se uní­an a ferias ambulantes. Lo mismo con los ancianos o los enfermos. Estamos en la sociedad que más cuida de sus débiles (sus débiles, los propios); es una sociedad opulenta y solidaria que asume (no sólo permite) que personas con graves deficiencias fí­sicas y/o psí­quicas no sólo tienen derecho a vivir, sino que también tienen derecho a hacerlo dignamente y dignamente, en la sociedad de consumo, es satisfaciendo sus necesidades plenas (escribir, para lo que se crean ordenadores especiales; vivir solos, para lo que se crean casas especiales o realizarse, para lo que se crean puestos de trabajo especí­ficos). Y todo subvencionado. Es algo que, de momento está fuera del debate polí­tico.  

Lo que está en juego con “la liberalización del aborto y la eutanasia” es la autonomí­a individual, un concepto que suele ser incompatible con las religiones (verdad revelada que es transmitida por un grupo cuya base es la autoridad y la tradición). La autonomí­a individual, enraizada en el Renacimiento, el Positivismo y la Ilustración y extendida, globalizada más bien, con la sociedad de consumo (el consumo es un acto individual) ha ido reduciendo la influencia y autoridad de las religiones masivas; en los sitios, claro, donde hay una raí­z (aunque sea trasplantada) de Renacimiento, el Positivismo y la Ilustración y una sociedad de consumo, que no es en todo el mundo. Si al bloque católico le interesara la vida, harí­a furibundas campañas contra la pena de muerte pero ésta no es una muestra de la autonomí­a individual, sino de la autoridad y la tradición.

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