Metro, dep

Publiqué la primera columna en Metro hace dos años. Era esta:

Promiscuidad

Cuando me confirmaron que iba a escribir columnas en Metro, decidí­ cortarme el pelo, cambiar los churros del desayuno por cereales con fibra, dejar de ver el manga erótico de madrugada y abandonar mi promiscuidad telecomunicativa. Un creador de opinión tiene que dar ejemplo y, además, la oferta que habí­a en la marquesina del autobús era tentadora: en lugar de tener el fijo, el móvil, internet y el cable con cuatro operadoras diferentes, una empresa me darí­a todos los servicios y, además, pagando la mitad de la mitad. Llamé y pregunté qué tení­a que hacer y me dijeron que nada, que sólo tení­a que firmar una carta que ya vendrí­a con mis datos. ¿Y cómo los tienen? Están en nuestro fichero, seguramente contrató nuestros servicios hace tiempo. No lo recordaba. Quizá habí­a sido el verano que alquilé una habitación a una erasmus de Finlandia. Esos dí­as estaban cubiertos de brumas.  

A las tres semanas de castidad en mis telecomunicaciones, recibí­ la primera carta. Mi antiguo operador móvil me reclamaba 18,5 euros. Llamé a un número que no era gratuito y me dijeron que, al no haberles comunicado mi baja, habí­an seguido dándome servicio. ¿Querí­a decir que mi móvil habí­a llevado una doble vida durante esas tres semanas, que cada llamada iba por dos caminos, que cada vez que llamaba a mi madre habí­a otra madre en una dimensión paralela que me oí­a y no podí­a responderme? Todo eran preguntas. Fui a la oficina de consumidores. Me dijeron que las empresas se comunican internamente las altas y bajas, se llama portabilidad, dijo, pero siempre se resisten a perder clientes y buscan resquicios para cobrar cualquier cosa. No tengo una madre en otra dimensión, deduje. Salí­ más tranquilo. Sin embargo a la salida, un hombre vestido de gris se me acercó y me dijo: su antigua operadora fija le informa que tiene una deuda de 13 euros. Se fue sin que pudiera responderle.

Al llegar a casa, habí­a una nota de mi ex empresa de internet clavada con un cuchillo en la puerta. Me reclamaba 11,8 euros. Intranquilo, me quedé viendo la televisión hasta tarde y, cuando al fin me fui a la cama, no paré de dar vueltas pensando en mi otra madre paralela. Cuando me dormí­, amanecí­a. Un ruido me despertó poco después. En la mesita, encontré una nota: si no abona su deuda de 21,5 euros, le incluiremos en un fichero de morosos. Era mi antiguo operador de cable. En el lavabo, escrito con carmí­n: su deuda asciende a 18,5. Era mi antigua compañí­a de móvil. Sonó el teléfono. Era un mensaje grabado de mi ex empresa de internet: sabemos que está ahí­, que sigue viendo el maga erótico de madrugada y que está escribiendo un artí­culo copiando el estilo de Juan José Millás. Colgué y, vestido de incógnito, me fui a comer unos churros.  

La historia me la inspiró un contencioso con Movistar, que me habí­a dado de alta sin que yo se lo pidiera. Como don Errequeerre, fui de la oficina de consumo a la secretarí­a de estado de Telecomunicaciones y, de ahí­, al juzgado. Ayer salió la sentencia. Gané. Hoy cierra Metro. Son esas cosas que pasan en la vida y en las novelas de Paul Auster. Fin.

PD: Aquí­ está todo lo que he escrito en Metro.

PD2: Noticia interesante:

Nace el primer periódico en papel sobre ‘blogs’

No es un paso atrás, del supermercado informativo al pequeño comercio; es un paso adelante, un tipo que te hace las compras y te las lleva a casa. La cosa es fiarte de él y los tiempos van hacia la individualización; es decir, me fí­o de Gabilondo, no de Cuatro.

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