La responsabilidad, la tragedia y la culpa

Enric González explica en 20 lí­neas tantas cosas. Por ejemplo, toda la obra de Paul Auster.

Nos hemos acostumbrado a exigir responsabilidades. Cualquier desgracia ha de tener un responsable. Es una caracterí­stica de la posmodernidad urbana: la convicción de que si todo el mundo hiciera exactamente lo que tiene que hacer, si en cualquier circunstancia se movilizaran todos los medios disponibles (y el Estado, según nuestra concepción, cuenta con medios ilimitados), no existirí­a la tragedia.

Pero la tragedia existe, y seguirá existiendo. El viento derribó el sábado un edificio en Sant Boi, cerca de Barcelona, y unos niños que jugaban a béisbol quedaron sepultados bajo los cascotes. Eso es lo que llamamos tragedia. Y dentro del mecanismo trágico, que (no lo olvidemos) sirve para marcar los lí­mites de la vida y las personas, las fronteras que nos separan de la divinidad o de la nada, funciona otro tipo de responsabilidad que ni es posmoderna ni se extiende al ámbito público. Es lo que, en términos judeo-cristianos, conocemos como culpa. Los padres se culparán por haber permitido que sus hijos salieran de casa. Los entrenadores se culparán por haber llevado a los chicos al interior del edificio. Los supervivientes se culparán por seguir con vida. Esa culpa no es real. Nadie es culpable

Esa culpa, sin embargo, es uno de los atributos de la humanidad. Esa culpa es el poso sólido y amargo del amor.

Me lo quedo para bunburizarlo.

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