¿Es tan normal que Alemania esté llena de alemanes?

Punset ha explicado muchas veces los mecanismos por los que ‘recolocamos’ el pensamiento. Usamos la historia (personal y colectiva) no para explicar el presente, sino para justificarlo, destacando unas cosas y minimizando otras para establecer una lí­nea que nos lleve al hoy y lo haga entendible y, si tenemos un poco de cara, inevitable. También buscamos la permanencia y tendemos a considerar que lo que hoy es durará siempre, desde las actuales composiciones familiares que nos rodean (cómo se van a separar mis padres) a las actuales confesiones religiosas (cómo va a desaparecer el catolicismo o el islamismo). La vida de cada uno y la colectiva que compartimos todos nos deberí­a hacer asumir que el presente pudo ser otro muy distinto y que no se sabe cuándo acabará lo que hay hoy ni a dónde nos llevará pero, claro, tal cosa, significa prescindir de las certezas, lo que conlleva una carga de estrés que, también Punset, explica cómo dificulta el desarrollo de la mente y el del cuerpo en los niños y, en los adultos, reduce el tiempo y la calidad de la vida, sobre todo, de la vida sexual.

Así­, por ejemplo, damos por hecho que es normal que existan los paí­ses que hoy existen y que éstos tengan poblaciones homogéneas. Es decir, consideramos normal que existan Alemania, Polonia, Grecia o Turquí­a, que estén llenas (sólo) de alemanes, polacos, griegos y que no haya alemanes, polacos, griegos o turcos repartidos por otros paí­ses. Y no es así­. El estado-nación, la unión del concepto estado, ente administrativo que recauda impuestos, ofrece servicios y está sometido a diferentes controles internos y externos con el concepto de población homogéna que comparte ciertas caracterí­sticas étnicas y culturales (religión o lengua) y que posee una cierta identidad colectiva, sobre todo, respecto a otros. Hasta el XVIII-XIX, la historia de Europa, y no digamos la del mundo, se basaba bien en concepto de dominios feudales, bien en el de Imperio que solí­a ser una jerarquí­a de dominios feudales. En el sistema feudal o imperial, un grupo (reducido y más bien homogéneo) de señores dominaba a y un grupo (amplio y más bien heterogéneo) de vasallos. Los segundos diferí­an en su condición y riqueza (que no siempre iban juntos) y, también, en su grupo cultural, religioso o étnico. Los pactos del poder religioso con el poder polí­tico-militar comenzaron (con las guerras de religión y las persecuciones) la homogeneización culminada con la extensión en el siglo XX del estado-nación. Es decir, que existan Alemania, Polonia, Grecia o Turquí­a, que estén llenas (sólo) de alemanes, polacos, griegos y que no haya alemanes, polacos, griegos o turcos repartidos por otros paí­ses es algo que ha costado millones de muertos, pero muchos, a lo largo de varios siglos.

Hace algunos meses leí­ La Guerra del mundo del historiador Niall Ferguson, donde se recorre la violencia colectiva del siglo XX, guerras, genocidios, persecuciones, migraciones, violaciones, bombardeos, pogromos, hambrunas y demás. En su crí­tica de El Cultural, Juan Avilés dijo que “resulta incompleta la discusión sobre los factores que condujeron a tales atrocidades”. Es una apreciación correcta pero esa’discusión incompleta’ es la que hace interesante al libro. Ferguson prioriza el odio religioso-étnico por encima de factores económicos, sociales o culturales; para ser más exactos, analiza esos factores económicos, sociales o culturales desde el punto de vista del odio religioso-étnico explicando desde la composición religiosa de las clases sociales a la extensión de teorí­as raciales y su reflejo en la legislación. Por ejemplo, desde finales del XIX, los gobiernos de Europa Central promulgaron leyes anti-judí­as que iban desde la prohibición de acceder al ejército, una de las principales instituciones socializadoras, a la discriminación en el acceso al funcionariado, otra institución socializadora y de ascenso social. Ferguson va saltando por situaciones de violencia poco conocidas situadas fuera de las guerras mundiales que nos hacen más entendibles los estallidos del 14 y, sobre todo, el del 39. También, las anteriores y posteriores. En Turquí­a, además del genocidio armenio,  los pogromos contra los cristianos obligaron a un éxodo masivo al continente. En Alemania, además del genocidio nazi, el avance del ejército soviético por el este provocó un éxodo masivo de personas de etnia-lengua-cultura germánica instaladas fuera de Alemania hacia sus fronteras. La creación de todos los estados-nación tiene que ver con la violencia (explí­cita o no) homogeneizadora pero es posible que el caso más claro sea el estado de Israel.

El éxodo masivo (de personas de religión judí­a pero de diferentes etnia-lengua-cultura) hacia Palestina (en las condiciones que se produjo) sólo se puede comprender por el impacto del holocausto. La persecución habí­a unido (la evolución se ve en algunos ejemplos del libro de Ferguson) en el hecho religioso a personas de diferentes etnia-lengua-cultura que, antes de la guerra, más que judí­as, se sentí­an alemanas, polacas, italianas, francesas o griegas. El componente de resistencia (aquéllo-no-nos-va-pasar-más) del recuerdo de holocausto, revivido en el fantasma del antisemitismo, produce un estado permanente de combate que ha permitido a Israel sobrevivir en un entorno manifiestamente hostil pero también una hipersensibilidad a las provocaciones y una hiperactividad bélica incomprensibles para occidente. La priorización del hecho religioso como cohesionador y la importancia de la tierra (clave en un sitio en el que no hay fronteras reconocidas) produce actuaciones habituales en el XIX pero insólitas en la segunda parte del siglo XX como las destrucciones de ciudades y pueblos árabes y su sustitución por nuevas edificaciones y la colonización de territorios.

Los paí­ses que hoy conocemos se hicieron así­, con actos de violencia explí­cita o implí­cita, dando como resultado una estabilidad fronteriza sólo perturbada en las últimas décadas por las consecuencias de la caí­da del muro. Las fronteras podrí­an haber quedado sido de otra manera; Laponia o Valonia podrí­an ser independientes; Chequia podrí­a no existir porque Bohemia podrí­a ser independiente o formar parte de Alemania, lo mismo que Austria. Pero las cosas han acabado así­. En cambio, en Oriente Medio, aún estamos en el XIX. Hay una franja de tierra que era Palestina, es Israel y puede seguir siendo Israel o volver a ser Palestina u otra cosa que no nos imaginamos. Israel es el único estado del mundo que no puede perder un conflicto porque significarí­a su desaparición fí­sica y los palestinos tampoco pueden irse porque serí­a perder y también significarí­a su desaparición. Los pueblos también desaparecen. Es una guerra del siglo XIX, o de la primera parte del XX, en el XXI. Es una guerra de nacimiento de estado-nación o, mejor, dicho, estado-religión. Por éso no la entendemos. Ni la entenderemos hasta que se acabe y este tipo de guerras acaban cuando uno gana.

3 comentarios sobre “¿Es tan normal que Alemania esté llena de alemanes?”

  1. MarioJPC dijo:

    Nosotros no seriamos un poco una excepcion o un estado también en “formacion”?
    vale que nos parecemos, pero para una peninsula relativamente cerrada geograficamente tenemso distintas elnguas, similares ono, etnias, culturas y también paises…

  2. jorgedioni dijo:

    Nosotros hemos tenido nuestros hechos violentos, como la expulsión de judí­os y musulmanes (en Castilla, Navarra y Aragón; los ‘pogromos’ de San Vicente Ferrer eran especialmente violentos) y la represión de la contrarreforma (lo que permitió la unificación religiosa y étnica), así­ como las guerras internas (comuneros, alpujarras, germaní­as, Guerra de Sucesión, Guerra de Independencia, Guerras Carlistas y Guerra Civil), permitieron una unificación administrativa y, casi, cultural. Una diferencia es que, tras el hecho violento, el grupo hegemónico no logró crear insticiones unificadoras como en otros paí­ses fueron la escuela o el ejército.

    Aunque nos parezca que somos una excepción por los partidos nacionalistas, en todos los sitios hay minorí­as

  3. MarioJPC dijo:

    Ya no decí­a que no hubiera habido limpiezas violentas, digo que noes hemos quedado a un paso… como dices tú por la falta de aglutinantes.
    Simplemente consideraba que no habí­a que mirar lejos con lo de Israel.

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