Teologí­a II (coger el autobús, perder el tren)

Jesús Gil fue precursor en muchas cosas; una de ellas, en la concepción posmoderna del tiempo. Por ejemplo, Obama tiene un plan para la recuperación de la economí­a. Parece evidente que dicho plan necesita un tiempo para ponerse en marcha y otro aún mayor para que sus efectos puedan verse y sólo cuando hayamos llegado a ese punto se pueda hacer una valoración. Pues, no. Los medios valorarán el plan con los primeros datos que tengan: los primeros dí­as de la bolsa, los resultados trimestrales de las empresas o los datos macroeconómicos que vayan saliendo. Antes de que el plan llegue a ponerse en marcha, ya habrá sido juzgado y se pedirán nuevas medidas. Siempre acción, siempre movimiento, siempre agitación. Jesús Gil. Todas las semanas refundaba algo, tení­a un programa de televisión, estaba en todas las páginas de la prensa (polí­tica, economí­a, sociedad, corazón, deportes o tv) y, cuando se veí­a en problemas, la montaba. Fue un precursor de la nueva polí­tica: Berlusconi, Sarkozy, Chávez, Kichner, Obama. Los actores son diferentes pero el argumento no lo es tanto.

Una de las instituciones que más ha copiado el modelo Gil de vincular la supervivencia a la agitación constante ha sido la Iglesia Católica. Se trata de un actor que ha sido hegemónico durante siglos; desde el edicto de Milán a la Revolución Francesa, aunque serí­a más correcto situar la pérdida de hegemoní­a en el proceso económico-cientí­fico-polí­tico-social-filosófico de la creación de la conciencia individual por encima de la conciencia colectiva. Se trata de un proceso que no en todos los lugares ha ido a la misma velocidad. En España, el atraso económico-cientí­fico-polí­tico-social-filosófico de los últimos siglos ha provocado que el proceso haya sufrido una aceleración en los últimos 30 años, incomprensible para la Iglesia Católica. La mayorí­a de los que hoy son obispos nacieron en los 40 y comenzaron su carrera eclesiástica en los años 60; es decir, se formaron en un momento en el que la institución gozaba de un estatus de poder amplio, ya no hegemónico, pero irreal porque estaba vinculado a un régimen autoritario. La desaparición del régimen provocó una reubicación de los actores de poder, ejército o Iglesia, bastante traumática en la que cada uno toma su camino. 

El camino escogido por la Iglesia ha sido el modelo Gil: conspiración para entender el momento y confrontación como única ví­a de supervivencia. Cuando alguien sufre un problema puede buscar las causas, examinarlas y ponerle solución pero es más fácil pensar que el problema es causa de ‘otro’ y obviar el siempre complicado autoexámen. En el caso de la Iglesia, el ‘otro’ ha sido la evolución polí­tica, cientí­fica o mediática situando éstas como causa de la evolución social y no al contrario o, mejor dicho, como una espacios de múltiples entradas, una red. Si hay una conspiración de otros actores para acabar con mi lugar de poder, como piensa la Iglesia, hay que buscar la confrontací­ón, un fenómeno que es directamente proporcional a su desconexión con la mayorí­a social. Siguiendo el modelo posmoderno, adelantado por Jesús Gil, los plazos son cortos y las batallas duras, los argumentos carecen de importancia porque la lucha es estética. La Iglesia podrí­a haber escogido una inteligente retirada y convertirse en un actor institucional aceptado por todos, legitimado por la tradición, dando su opinión de forma moderada y firme, buscando consensos amplios aprovechando la transversalidad de su mensaje. Pero ha escogido la beligerancia; convertirse en un actor polí­tico dando su opinión de forma contundente, marcando el ‘yo’ y el ‘otro’, y buscando cohesión en lugar de consenso.

Pero las batallas, aunque se ganen, siempre ofuscan y hacer perder la guerra. Si uno mira la mayorí­a de hechos bélicos, hay un detalle que suele pasarse por alto. El bando que gana la mayorí­a de batallas acaba perdiendo la guerra. Hay una explicación bastante razonable: el que comienza la guerra gana batallas hasta que su rival se organiza y responde. Hay otra igual de razonable, defendida por Paul Kennedy, que se fija en los recursos y su eficiente distribución. La ampliación de fronteras lograda con las victorias distorsiona el sistema económico del conquistador porque conlleva nuevas obligaciones defensivas, nuevos mercados, nueva mano de obra o nuevos bienes y servicios. Esa distorsión produce el colapso. Ambas explicaciones no le quitan belleza a la frase: concentrarse en las batallas te puede hacer perder la guerra. El bloque católico ha dado muchas batallas últimamente: el matrimonio, Ciudadaní­a o biotecnologí­a, sin descuidar escaramuzas como los crucifijos en las aulas o la publicidad en los autobuses. Algo va mal si una institución de 2.000 años se preocupa por un anuncio en dos autobuses; es un grave sí­ntoma de debilidad y, aún peor, desconcierto.

El bloque religioso puede ganar todas esas batallas pero, como dice Kennedy, la beligerancia le producirá una distorsión interna que le llevará a perder la guerra. El mensaje de la Iglesia, sus conceptos y ritos, pertencen al terreno de la verdad revelada pero, las batallas los sitúan en temas de discusión dentro del debate polí­tico, un terreno muy movedizo en el que las cosas pueden pasar de verdades absolutas a mentiras apestosas con un resultado electoral y al subsuelo histórico con un cambio generacional. Con los autobuses, una de las frases que más ha leí­do en el bloque religoso es que la controversia habí­a introducido a Dios en el debate público. No tengo claro que Dios, como ser creador y omnipotente quiera introducirse en el debate público con las reformas de Obama, los espí­as de Madrid o los nuevos programas de Telecinco. Las cosas sometidas a debate público son, claro, opinables, pero también, votables y, sobre todo, desechables.

Son los crucifijos, también decidió dar la batalla. En lugar de asumir un papel de actor institucional y decir que no es su intención molestar a nadie, sino tener siempre las puertas abiertas a todo el mundo, una actitud con la que se gana, sobre todo, legitimidad, la Iglesia optó por la beligerancia, marcar el ‘yo’ y el ’otro’. El bloque religioso sostuvo que el crucifijo situado fuera de los lugares de culto “tiene un significado civil, histórico y cultural, más allá de su simple valor religioso”. También, aunque menos, pidieron que la presencia de los crucifijos se sometiera a referéndum en los consejos escolares. Y, por último, se hizo referencia al Concordato, donde no figura esa cuestión en concreto, pero sí­ otros tratos de favor que recibe la Iglesia Católica. Los tres argumentos pueden ser una barricada para ganar esta batalla concreta pero son una trampa en la que el bloque religioso puede quedar atrapado. Los sí­mbolos civiles, históricos y culturales mutan con el tiempo y, aún peor, pueden ser usados por todos, incluso para mofarse de ellos. Aún peor es considerar el icono religioso, o la presencia pública de la religión, como algo votable porque las mayorí­as cambian, y mucho. Lo que nos lleva al tercer punto. Si la mayorí­a cambia y, en lugar de esconderlo para protegerlo, se establece el Concordato como última barricada, la nueva mayorí­a puede establecer su derogación. Mucha pérdida para una escaramuza tan pequeña.

Pero estamos en la posmodernidad. El tiempo es muy pequeño y su reducción afecta incluso a una institución de 2.000 años que propone la eternidad como proyecto de futuro. Deberí­an saber que las campañas de publicidad se contratan por meses. Algo va mal si una institución de 2.000 años se preocupa por un anuncio en dos autobuses; es un grave sí­ntoma de debilidad y, aún peor, desconcierto. Desoyen el consejo de San Ignacio, en tiempo de tribulación, mejor no hacer mudanza. Mucho menos, embarcarse en guerras. Pero es su decisión y no podemos hacer nada por ellos. Sólo rezar; el que crea.

1 comentario sobre “Teologí­a II (coger el autobús, perder el tren)”

  1. ceronegativo dijo:

    ¡¡Gran entrada!! No puedo estar más de acuerdo contigo

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