Generación I

“Jamás te perdonaré que me hayas jubilado doce años antes”. La frase se la dijo Manuel Fraga Iribarne a Aldolfo Suárez en los baños del Congreso de los Diputados. Suárez es, de momento, el polí­tico más odiado e insultado de la democracia española; Zapatero lo está alcanzando pero aún tiene trecho que recorrer. La clave de ese odio, una de ellas (nada lo explica todo), es esa jubilación prematura de una generación que se consideraba preparada y destinada a hacer lo que hizo la generación de Suárez. Lo mismo sucede con Zapatero. En el libro recomendable de Javier Cercas sobre el 23-F se habla mucho del odio que concentró Suárez pero apenas hay nada sobre la dialéctica generacional como causa. También se ha hablado mucho sobre la crisis de la socialdemocracia europea, de la que sólo se salva España, y nada se ha dicho del relevo generacional que sí­ ha hecho España y se posterga en Italia, Francia o Alemania. Las crí­ticas al actual grupo dirigente del PSOE vienen de los postergados generacionalmente y, más ampliamente, la tensión generada por la llegada de Zapatero hay mucho de factor generacional, lo mismo que en la aparición de UPD. Y quizá el generacional también es un factor a tener en cuenta en los resultados electorales de Galicia, lo mismo que en la solidez del PP en Valencia y Madrid o del PSOE en Andalucí­a.

Todo comienza con Hegel. Un tipo que (simplificándolo) dijo que todo nace de la lucha de los contrarios anteriores o, más concretamente, de las contradicciones de lo anterior; la dialéctica, vamos. Si está pensando en tesis, antí­tesis y sí­ntesis, va bien, pero esos términos son de Fitche, un pelí­n anterior. La influencia de Hegel es tan amplia que no se distingue, como el paisaje, y son más reconocibles los discí­pulos que se centraron en campos concretos. Hubo quien se fijó en la lucha de clases como motor de la historia o quienes se centraron en la raza, la nación, la religión o su continuací¬ón laica, la ideologí­a o quien pensó que era (es) la voluntad de poder de determinados hombres la que hací­a (hace) moverse la historia. También hubo otros que se fijaron en el factor generacional; es decir, cómo una generación, independientemente de factores como la clase o la religión, se enfrenta a otra para sustituirla. Se trata de un elemento de análisis que ha tenido una amplia implantación en el arte donde ha llegado a colonizar su cronologí­a; la historia del arte es la de sus movimientos generacionales (muy tramposos, claro, nada cambia de todo ni permanece siempre. Si no la han leí­do, vayan a comprar Manual de literatura para caní­bales de Rafael Reig donde pelean desaforadamente naturalistas contra románticos o noventayochistas contra modernistas) y te dan por el saco si decides quedarte fuera como los personajes de la saga de Reig. Sin embargo, la dialéctica generacional ha tenido muy poca extensión a otros campos, como la polí­tica. Vamos a jugar.

Generación es un concepto extensivo en sus datos. No es un chispazo. Podrí­a decirse que es el colectivo en el que uno se integra (o lo integran) en un periodo histórico concreto para desarrollar una acción extensiva con consecuencias en uno o más ámbitos de la sociedad. Una generación tiene que reconocerse o ser reconocida y hacer algo importante; no vale con creérselo y hacerse una foto. Pero vamos a Suárez y a Zapatero.

En polí­tica española, a los que Ganaron la Guerra (o la Perdieron) les sucedieron los que Modernizan el Franquismo (momento inmortalizado en La escopeta nacional) y a éstos los que Hacen la Transición. Cuando el Rey logra la dimisión de Arias Navarro, los que Modernizan el Franquismo (MF) esperan su turno. Areilza, Fraga, Osorio, López de Letona o Silva Muñoz, entre otros, están pendientes del teléfono pero el que suena es el de Suárez, un tipo sin credenciales, sin carrera, sin viajes, sin ná de ná, coño. Un tipo cuyo nombramiento significa un relevo generacional y los MF se suben por las paredes. Ninguno de ellos quiso participar en el primer Gobierno Suárez que acabó llamándose de PNN (profesor no numerario), precisamente por la juventud de sus miembros. Con su gesto de desprecio, los MF contribuyeron a formar otra generación, la de los que Hacen la Transición (HT) o, mejor dicho, HTI, Hacen la Transición Inmaculada.

El relevo se extiende al resto de los partidos. El PSOE fue el que mejor lo entiende y una nueva generación se carga al partido de la Guerra y el Exilio; los que ahora protestan porque no se tiene en cuenta el valor de la experiencia se cepillaron sin contemplaciones a sus ‘mayores’ polí­ticos como Luis Gómez Llorente, Alonso Puerta o Paco Bustelo. El PCE fue de los que menos porque los de la Guerra y el Exilio eran más (de hecho, eran todos porque se trataba de un legado psicológico) y su legitimidad, mayor. A la derecha, el relevo generacional le costó pero llegó con Aznar que, tal y como dijo, hizo la transición. Este relevo polí­tico se simultaneó con un relevo generacional en la intelectualidad, en la cultura y en los medios. Tipos de 20-30 años eran alcaldes, ministros o directores de periódicos y, como explica Cercas, jugaban con todo como lo hacen los niños en la mañana de Reyes Magos. Lo mismo especulaban con golpes blandos y gobiernos de concentración que montaban (o continuaban) grupos de guerra sucia o reconversiones industriales o polí­ticas económicas. Todo está perdonado porque todo salió bien y todo salió bien porque estamos aquí­ y somos nosotros (aunque este último razonamiento es muy complejo).

Esa generación, la de los que Hacen la Transición Inmaculada sigue (los 80), sigue (los 90) y sigue (siglo XXI) creando un tapón considerable y sólo es cuestionada, un poquito, por el naciente poder territorial (al que, claro, esa generación odia y es una de las razones del nacimiento de UPD, el partido del benecol). El primer gran signo de relevo llega en el Congreso del PSOE que elige a Zapatero. Podrí­a haber sido Bono, de la HTI, pero fue Zapatero, que es de otra generación aún sin nombre (puede ser Lí­quida, Ikea, Bajo Coste o Hundimiento Total). Enseguida, los odios. Este tí­o es un frí­volo, no sabe lo que hace, está jugando con cosas que costaron mucho tiempo hacer, quiere cuestionar todo lo anterior. Claro, como todas las generaciones anteriores, esta llega al poder y lo toca todo, lo prueba todo y juega con todo para ver qué pasa. Y, sobre todo, busca su proyecto desde lo que hicieron los demás pero sin darlo por hecho (es la diferencia entre la primavera, que sucede cada año, y Windows, que no tiene por qué ser el sistema operativo de tu ordenador). El PP no ha tenido ese relevo. Rajoy no pertenece estrictamente a la HTI pero es un pancho (concepto que explicaremos más adelante) de la HTI y, por eso, es casi seguro que volverá a perder con Zapatero. No le ocurrirí­a lo mismo a Ruiz-Gallardón, un orlando (concepto que también explicaremos más adelante)  de la HTI.

La intelectualidad, la cultura y los medios han ido cada uno a su ritmo. La cultura, que se mueve por el mercado y tiene que cambiar, ha sufrido relevos aunque el debate sobre el intercambio de archivos tiene mucho de generacional y no sólo por la edad de los defensores de la tecnologí­a y la del grupo dirigente de la SGAE. No tengo datos para hablar sobre la intelectualidad (y no es un chiste) pero sí­ sobre los medios de comunicación porque, de todos los campos, es al que más se aferra la HTI gracias a un sistema de mutua ayuda generacional, tú me invitas a tu tertulia de la radio y yo te pido un artí­culo para mi periódico online. Tan sólo (hablo de Madrid, claro) la constelación que rodea a Jiménez Losantos y la naciente alrededor de Público han sacado la cabeza. En el resto de medios opinan los mismos que opinaban hace 30 años. Zapatero, (ojo, no Rajoy ni Rosa Dí­ez), como fue Suárez, es el sí­mbolo de que hay gente esperando a la puerta para sentarse en su silla.        

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