Canijo

Enric González está en un estado de gracia, similar al que, en los 90, atravesaban los deportistas aconsejados por Sabino Padilla. En El Paí­s del domingo explicaba un caso práctico de cómo crear un relato mí­tico de fundación.  

El mito del campesino canijo

¿Quieren saber la verdad? Muy pocos equipos italianos han practicado el catenaccio: Milan e Inter, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. El carácter defensivo y oportunista que solemos atribuir al calcio es sólo un mito. El problema de los mitos (nacionales, deportivos, o de cualquier fenómeno social que requiera un sentimiento de eternidad) es que cuesta mucho cambiarlos.

El catenaccio mí­tico fue inventado por una sola persona. Se llamaba Gianni Brera, vivió entre 1919 y 1992 y fue el mejor periodista deportivo italiano del siglo XX. Era un tipo brillante, atrabiliario, amante de la polémica y decidido a hacerse escuchar. Examinemos ahora las circunstancias en que Brera inventó (alguien tení­a que hacerlo) las leyendas fundacionales del calcio.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, Italia se habí­a convertido en una potencia futbolí­stica, tras vencer en los años treinta (con alguna ayudita de Mussolini) dos Mundiales consecutivos. Poquí­simas personas vieron jugar a aquella selección encabezada por Meazza, porque no existí­a la televisión, así­ que cada uno se hizo su propia idea.

Terminada la contienda, Italia se habí­a hundido en la miseria. El paí­s, vencedor y vencido a la vez (comenzó en un bando y acabó en el otro), estaba fí­sicamente destruido. Pero quedaba el calcio, e Italia tení­a todaví­a el mejor equipo de Europa, el Gran Torino. Entonces, en 1949, ocurrió la tragedia de Superga: el avión que transportaba al Torino se estrelló contra una montaña cercana a Turí­n. Nadie ni nada sobrevivió. Tocaba comenzar desde cero.

¿Qué hizo Brera? Desarrollar en sus crónicas la teorí­a de que el calcio debí­a adaptarse, como antes de la guerra, a las caracterí­sticas nacionales. Tales caracterí­sticas no existí­an, pero Brera echó mano de sus prejuicios de campesino lombardo: los italianos eran, proclamó, un pueblo de canijos mal alimentados, incapaces de competir de igual a igual con los chicarrones del norte. Era necesario, por tanto, aprovechar sus virtudes (astucia, realismo, capacidad de adaptación) y crear un sistema de juego más o menos parecido al yudo: que ataquen ellos, y nosotros encontraremos su punto débil. La aparición del catenaccio, inventado en Suiza por un austrí­aco, coincidió con la campaña de Brera. La teorí­a racial del campesino canijo y astuto se ensambló enseguida con el sistema del cerrojo.

Las tesis de Brera permitieron que Italia fuera tirando durante largos años de sequí­a. El periodista se convirtió en la referencia imprescindible del público, adquirió un prestigio descomunal y se dedicó a sentar cátedra desde sus crónicas en La Gazzetta dello Sport. La inmensa mayorí­a de los italianos se convencieron de que, en efecto, habí­a que apostar por el posibilismo y el oportunismo, y acabaron convenciéndose de que los éxitos internacionales de antes de la guerra habí­an llegado por esas ví­as.

Los mitos, sin embargo, son voraces. Y el mismo Brera acabó reducido a la condición de rehén de su peculiar corpus teórico. Cada semana tení­a la obligación de ensañarse con los técnicos audaces y con los jugadores creativos. Su ví­ctima preferida era Gianni Rivera, el futbolista más exquisito de los sesenta. Brera le llamaba de todo, porque no se ajustaba al arquetipo del campesino canijo, astuto y propenso a las mezquindades. Para redondear su propio personaje, Brera sólo se trataba con defensas y con técnicos cerrojistas.

Tras la muerte de Brera, ocurrida en un accidente automovilí­stico, algunos de sus amigos decidieron revelar ciertos hechos ocultos. Y se supo que Brera admiraba profundamente a Gianni Rivera, y que no se perdí­a ninguno de sus partidos con el Milan. No habí­a podido admitirlo en vida sin abdicar de toda su obra.

Pep Guardiola nació en 1971. Era un bebé cuando Manuel Vázquez Montalbán, en el vací­o teórico de la pretransición polí­tica, utilizó su inmenso talento para establecer los dos mitos fundacionales de la Cataluña contemporánea: que la izquierda era compatible con el nacionalismo, y que el FC Barcelona representaba, por razones éticas y estéticas, un atributo esencial para una nación sin Estado. Era la época de Cruyff, y Vázquez Montalbán idealizó las caracterí­sticas del holandés eximio para reciclarlas como “tradición estética” barcelonista.

Los mitos se interiorizan y se deforman. Hoy, hasta Eto’o parece convencido de que el Barí§a encarna un tipo inigualable de elegancia, y que los goles en el Camp Nou valen doble si se marcan de tacón y mirando al tendido. Guardiola, un hombre leí­do, es sin duda consciente de lo mucho que pesan los mitos.

Seguro que a Gonzalo también le ha gustado mucho.

1 comentario sobre “Canijo”

  1. Gorgonzalo dijo:

    Pues sí­. Ya te recomendé de este tí­o “Historias del calcio”. Son historietas de este tipo que escribí­a después de ver los resumenes de la liga italiana cuando era corresponsal de El Paí­s en Roma. Si puedes lee el libro. Le tira un poco la Bienamada, algo incomprensible cuando existe la Juve pero bueno, aquí­ también tenemos al…….Atleti.

    Gorgonzalo

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