Donde dice “desigualdad” léase “responsabilidad”

El maestro Juliana apuntaba hace no mucho:

Desigualdad. No hay número de la revista Temas, órgano de expresión de la Fundación Sistema, en el que la palabra desigualdad no sea subrayada varias veces. Los españoles –dicen los guerristas– odian sentirse desiguales. Y seguramente, aciertan. La igualación –más que la igualdad– es uno de los mitos fundacionales de la democracia de 1977.

La encuesta de Tezanos corrobora que Unión para el Progreso y la Democracia (UPyD), el pequeño partido de la señora Rosa Dí­ez, el grupo polí­tico que con mayor ahí­nco acusa a catalanistas, galleguistas y vasquistas (sobre todo a los catalanistas) de dañar la igualdad de los españoles, está teniendo un subidón. Podrí­a pasar del 1,2% al 4%. UPyD puede ser la sorpresa de las elecciones europeas de junio. En detrimento del PP, sostienen muchos analistas, pero también lijando al PSOE, sobre todo en Madrid, donde está obteniendo gran apoyo mediático. Entre las derechas con abrigo loden del barrio de Salamanca ya corre la consigna: para echaraMariano y poner a Esperanza, hay que votar a Rosa.

El candidato de UPyD a las europeas será el catedrático de Derecho Constitucional Francisco Sosa Wagner, antiguo profesor de Zapatero en la Universidad de León y ferviente partidario de la congelación del proceso autonómico. El Estatut, dice Sosa Wagner, es austriacista y confederal. Vamos a la fragmentación de España. Vamos a la desigualdad.

Por supuesto que vamos a la desigualdad. A medida que el proceso autonómico avance, habrá más desigualdad porque es imposible que haya 17 equipos de gestión cojonudos. Unos serán mejores que otros y ahí­ estará la desigualdad. Un ejemplo lejano. Este verano leí­ un texto sobre las legislaciones municipales italianas surgidas al calor de una ley de descentralización municipal. Se comentaban las leyes más absurdas:

En Así­s, patria de san Francisco, inventor de la orden religiosa de los mendicantes, que vivió de la limosna, el alcalde ha prohibido mendigar, sobre todo en las puertas de las iglesias, lo que le ha valido el aplauso de los frailes franciscanos -potencia económica y polí­tica de la ciudad- y una sonora e inútil reprimenda de un cardenal católico. La misma prohibición ha entrado en vigor en Pescara, Bolonia, Florencia, Padua, Verona, Turí­n, Trieste y Cortina.

En Capri no se puede comer un bocata en la playa ni en los parques. En Forte dei Marmi, costa tirrena, se castiga con una multa de 10.000 euros a quienes ofrecen masajes en la playa y está prohibido segar la hierba de los jardines durante los fines de semana. También está prohibido que los niños hagan castillos de arena en la playa.

En Marina de Pietrasanta, por la zona de Pisa, se puede pescar, pero con no más de dos cañas. En las tiendas y super del centro de Roma hay un nuevo aviso en el que se explica que, por orden del gobernador civil, “no se pueden vender bebidas alcohólicas” después de las ocho de la tarde. Lo mismo en Rávena, Génova, Monza y Brescia.

Si el viajero se desplaza con su esposa, novia o amante y en coche, no se pare en el municipio de Eboli, por el sur, para unas efusiones fuera de lugar, porque le cobrarán 500 euros por la transgresión. Pagará otros 500 euros si a uno se le ocurre recorrer en coche las calles de la prostitución en Trezzano sul Naviglio, por la zona de Milán. Ni se le ocurra tampoco al forastero disfrutar de un baño nocturno en las playas de la adriática Rávenna, porque le costará 500 euros.

El alcalde de Verona, que ha recibido 75 soldados para realizar funciones de orden público callejero, desplegará otro miniejército de “asistentes cí­vicos” con funciones de vigilancia contra la prostitución. En Lucca no se puede dar de comer a las palomas (entre 25 y 500 euros de multa). En muchas ciudades, incluida la capitalina Roma, no se pueden llevar grandes bolsas de mercancí­as, tí­picas de la venta ambulante de los sin papeles. Tal vez este verano esté haciendo mucho calor.

¿La responsabilidad de esas leyes absurdas es de la ley de descentralización municipal? No, es de cada ayuntamiento y de los ciudadanos que han elegido a esos alcaldes. En no mucho tiempo, los ciudadanos de cada municipio tendrán la oportunidad de elegir a su alcalde y, con él, si sigue en vigor la prohibición de comer bocatas en la playa.
Un ejemplo cercano. Los madrileños han apostado por un modelo de permisividad total para las grandes superficies y los catalanes, por uno restrictivo. En Madrid tiene una oferta de centros comerciales y de horarios que no tiene Catalunya que, en cambio, mantiene el pequeño comercio que Madrid está perdiendo. ¿Qué modelo es mejor? Deciden los electores. ¿Desigualdad? Claro y, sobre todo, responsabilidad. Cada modelo de comercio, el madrileño y el catalán, tiene unas consecuencias sobre la sociedad o la economí­a y hay que afrontarlas. Si una autonomí­a decide gastar el dinero construyendo un circuito de Fórmula 1, pagando una campaña de publicidad, en coches oficiales o en nuevas máquinas para quimioterapia y una autonomí­a tiene GP de Fórmula 1 y otra, mejores tratamientos contra el cáncer, no es un problema del modelo autonómico, sino de cada gobierno y, claro, de cada electorado.

Donde dice “odian sentirse desiguales” debe leerse “odian sentirse responsables”. Es que es una putada. Es más cómodo no tener que decidir esas cosas o, mejor aún, pensar que los las deciden están lejos y son intocables y la polí­tica es inmutable. Quizá tiene que ver con el tipo de voto español que, como desmuestran las encuestas, es ideológico más que pragmático y vota más por simpatí­as e inquinas que por el programas electoral. Primero se decide el voto y, después, se razona.

PD: En unos años, volveremos a ver emigración interna. No exactamente económica; más bien yanqui. Los estudiantes buscarán la mejor universidad de su especialidad y los enfermos, el mejor hospital. Que no necesariamente tienen que estar en Madrid.

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