Desenroque

Ya dije hace un año que, cuando jugaba al ajedrez con mi padre, me enrocaba mucho. El enroque es una jugada en la que el rey intercambia su posición con una de las dos torres. Tiene que ser una jugada dentro de una estrategia global, no un patadón cuando se está perdiendo terreno, como hací­a yo, que sólo buscaba despistar a mi padre o ganar tiempo. Nunca conseguí­ nada. En mi caso, el enroque tan sólo aplazaba lo inevitable y lo peor era que, varias jugadas después, me arrepentí­a y querí­a desenrocarme. Es lo que le pasa al PP. Rajoy quiere desenrocarse y su problema, como el mí­o, es que esta jugada no existe. Si uno quiere volver a la posición inicial, tiene que descubrir el flanco, arriesgar la torre y el rey y perder una cantidad escandalosa de tiempo e iniciativa que, en polí­tica, son lo mismo. 

Rajoy se enrocó hace años en un apocalipsis constante; podí­a ser territorial, social o económico pero siempre apocalipsis. Lo hizo inducido o acompañado por una serie de compañeros de partido y otros actores secundarios que lo jalearon durante todos esos años. La torre, pieza de amenaza larga y directa, le permitió tener el control de la palabras ‘miedo’ y ’seguridad’ y tuvo la ventaja de que Zapatero tampoco habí­a leí­do manuales de ajedrez, que recomiendan no atacar el enroque sin consolidar el dominio del centro del tablero. Así­ se llegó a las pasadas elecciones que terminaron en casi tablas. El PP mejoró y el PSOE ganó por mucho menos de lo que pensaba. Ahora, para ganar, Rajoy quiere desenrocarse y apuntar al centro pero los que le indujeron o acompañaron no quieren que las piezas se muevan porque tienen muchos números para ser cambiadas. Rajoy está moviendo los peones pero, dentro de poco, tendrá que exponer el rey, él mismo, a unas amenazas que vienen de su propia retaguardia. Quizá el sacrificio sea inevitable porque es complicado que el mismo que decidió una cosa pueda decidir la contraria. La jugada es difí­cil porque no existe. 

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