Ya verás como viene alguien y lo jode

La historia de España puede resumirse en “qué dí­a más bueno, ya verás como viene alguien y lo jode”. Cuando el hartazgo identitario de la pasada legislatura, el baño de realismo de la situación económica, el colapso de la crispación, el cambio del PP y los triunfos deportivos siempre transversales y excepcionalmente festivos hací­an prever que podí­a comenzar a verse una nueva manera de llevar los sí­mbolos sin que sirvieran necesariamente para agredir a otro, vino El Mundo y lo jodió. Era algo esperable porque todo lo anterior (especialmente el colapso de la crispación y el cambio del PP) dejaban al periódico sin motor para afrontar un momento de desaceleración económica. Hací­a falta algo que, siguiendo una de las prácticas de la prensa sensacionalista, le sirviera para hacer una campaña que agitara el paisanaje y dividiera la sociedad creando bandos, con El Mundo dirigiendo uno de ellos. Y, claro, un elemento, que le permitiera seguir teniendo influencia en la agenda polí­tica y bien la soga para atar en corto al nuevo PP, bien la rotonda para apoyarlo. El periodista Ramí­rez es un hombre de principios; concretamente, de sujetos (el ardor de la defensa) porque el predicado (lo que se defiende) puede cambiar sin ningún problema (en los 90, claro, la polí­tica lingí¼í­stica no era ningún problema).

El dí­a después de la victoria antes Italia y del Congreso del PP, se presentaba en Madrid el Manifiesto por una Lengua Común que, desgraciadamente, no tení­a inspiración tolkieniana. Eran argumentos ya repetidos, más apocalí­pticos si cabe, nada demostrados y ya amparados por la legislación actual. Si algo no se cumple, se denuncia. La escasa confianza en la ley y la mucha en los manifiestos también es algo habitual en la historia de España.

Manifiesto.- Nuestra historia está demasiado llena de manifiestos; también, de otros actos providencialistas como declaraciones conjuntas, discursos amenazantes y pronunciamientos, muchos pronunciamientos. Seguro que tiene que ver con el poco éxito que ha tenido la democracia en un paí­s donde siempre ha estado claro que el otro no tiene razón. Pero, en una democracia representativa, las cosas no se hacen con manifiestos (ni de intelectuales ni de actores), sino de otra manera. Si uno quiere ser transversal, monta un lobby y trata de reunirse con periodistas y polí­ticos para que compren su discurso, previamente elaborados por centros de pensamiento. Si estos dos grupos lo aceptanp, el discurso de lobby se incorpora a los argumentos de las columnas y a los programas electorales. Y se somete al escrutinio público, directa o indirectamente. Si hay una contestación muy fuerte y cohesionada, los lazos se rompen pero si la contestación es difusa, aunque sea fuere, sale adelante (ejemplo: el canon). O uno puede no ser transversal. Entonces, se pega a un partido polí­tico concreto y fí­a su éxito al del partido o, mejor aún, funda su propio partido.

PD: La mayorí­a de promotores del manifiesto estuvieron en la fundación de un partido que, en las pasadas elecciones, logró un escaño de 350. Es un gran éxito para un nuevo partido en unas elecciones con un sistema que penaliza a los terceros partidos pero, para quien dice representar a tanta gente (preocupación generalizada en nuestra sociedad, dice Savater), es un claro fracaso. Y, como tantas veces en la historia de España, de la urna al manifiesto.

Lengua.- El manifiesto dice algo tan absurdo como que “las lenguas no tienen el derecho de conseguir coactivamente hablantes”. El mapa linguí­stico del mundo, como el religioso y el administrativo, está hecho coactivamente, ¿cómo si no? No es probable que los incas dijeran al ver a Cortés, “ay va, aprendamos esa lengua para en el futuro poder atizarlos con Carlos Fuentes y Paulina Rubio”. El italiano no se habla en Italia por las buenas; de hecho, tampoco se hizo Italia cantando azzurro. El castellano, además de su preminencia económica y social, necesitó victorias militares y leyes coactivas para imponerse en todo el territorio estatal; de hecho, el estado que conocemos como forma de administración también necesitó victorias militares y leyes coactivas. No es una historia para recrearse, ni mucho menos para sacar conclusiones o venganzas, como hacen los grupos identitarios, pero sí­ hay que conocerla para saber dónde se está y de qué se habla. La evolución de la relaciones ha cambiado el modo de hacer las cosas y las armas han dado paso a la lucha polí­tica y comunicativa. La gente decide su futuro votando. La gente de las autonomí­as con lenguas cooficiales se ha dotado de una legislación que protege a éstas y, claro, los protege a ellos. Es posible que la obligación de conocer una lengua cooficial para acceder a un puesto tenga más que ver con sistemas de eliminación de competencia que con el nacionalismo. Y, como siempre, la educación. A mí­ me gustarí­a que mi hijo estudiara literatura mundial en lugar de española y que supiera más sobre Shakesperare y menos sobre Espronceda pero es el plan que hay y me aguanto. La ley dice lo mismo que el texto, que “debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común”. Diferentes estudios avalan que los estudiantes de esas autonomí­as tienen un dominio del castellano similar a los del resto pero siempre la leyenda urbana es más poderosa que la realidad.

PD: Ay, los disidentes. Luz Casal señaló que no sabí­a donde se habí­a metido y Gamoneda publicó un psicotrópico artí­culo que, más que una explicación, parecí­a la segunda parte de Mr. Tamburine man. Las palabras nunca son inocentes. Uno puede estar a favor de la paz y la libertad pero si le ofrecen firmar un manifiesto con ese encabezamiento el que estén Permach, Goiricelaia y Usabiaga sabe dónde se mete. También puede uno pensar que la vida y la infancia merecen ser cuidadas pero si le le ofrecen firmar algo con ese tí­tulo acompañando a Miró i Ardévol, Arsuaga, Vidal y De Prada debe tener claro cómo se va a usar su firma. Los que pedí­an regeneración democrática en 1994 y paz en 2003 también tení­an la obligación de no ser ajenos a cómo esos papeles, de noble encabezamiento, iban a utilizarse.

Común.- No hay nada más peligroso que las desbordadas pruebas de amor. Uno puede querer mucho a su madre pero reunir a sus hermanos y decir “el que no haga el camino de Santiago este año es que no quiere a mamá” tiene un nombre: hijo de puta. Enric Juliana decí­a hace dí­as que habí­a varias corporaciones disputándose la idea de  España y la propiedad de la bandera: unos se apoyaban en la camiseta de la selección, el equipo de todos, y otros, en en manifiesto del castellano, la lengua común. Lo colectivo. El problema es que cuando alguno se apropia de lo común éste deja de serlo. La escena pública está llena de actores de todo tipo. Un actor institucional es alguien transversal cuya legitimidad no está sometida a escrutinio y que sirve de base al sistema. Es el Rey (deberí­a serlo también el Constitucional) pero también hay actores institucionales cí­vicos, como los colegios profesionales o las asociaciones ciudadanas. Un actor institucional tarda mucho tiempo en conseguir serlo pero puede perder su condición por una mala tarde. Las asociaciones de ví­ctimas del terrorismo necesitaron muchos años para lograr un reconocimiento que han perdido con tres manifestaciones y dos juicios. No se puede ser actor polí­tico e institucional simultáneamente; ni es un flujo de doble sentido. Los actores polí­ticos siempre tienen la tentación de apropiarse de actores instituciones o, mejor aún, de sí­mbolos institucionales, como la lengua, el himno o la bandera, que protestan menos cuando se los usa. Los actores institucionales, en tanto que transversales, permiten al actor polí­tico llegar a más gente y disponer de un cierto escudo. ¿Banca Catalana?, decí­a Jordi Pujol, no más ataques a Catalunya. Nuestros soldados, dice Bush, necesitan que esta partida de gastos sea aprobada. El problema está en que, cuando el actor polí­tico (de un bando) usa el sí­mbolo institucional (de todos) éste deja de serlo. Parece ser que uno de los pocos que ha comprendido esto es el directo de la RAE.

PD: En la tertulia del viernes, se dice que el Manifiesto está muerto. Puede ser pero, en medio, como todas las iniciativas en las que actores polí­ticos han usado actores y sí­mbolos institucionales, queda un tremendo mal rollo y mucha tierra quemada. Hay instituciones, empresas y relaciones profesionales y personales debilitadas. Los intelectuales, que se han mostrado dispuestos a bajar al nivel de los peritos, quedarán como juguetes rotos en cuanto no sean necesarios. Lo único bueno es que, como sostiene Pedro, no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Yo no lo tengo tan claro.

Coda: ¿Necesita un lengua de 500 millones de hablantes defenderse de una lengua de un millón?, ¿necesitaban los nacientes Estados Unidos defenderse de las tribus indias?

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