Griterío económico
Leemos en Cinco Días un artículo de Josep Oliver Alonso sobre el griterío fatalista de los analistas económicos. Como en las ciudades medievales, el predicador más apocalíptico es el que más público tiene.
Así será si así lo queréis
Los últimos datos de la economía española han puesto de relieve lo que era un lugar común entre los analistas desde hace meses: la desaceleración es ya un hecho. Las nuevas previsiones de crecimiento del Gobierno para 2008, en el entorno del 2,3%, la importante moderación que se espera en las cifras oficiales del PIB del primer trimestre y, en especial, los últimos resultados de la encuesta de población activa indican con claridad que nuestra economía ha entrado en una fase nueva, de avances más moderados que la anterior. Y en la que, previsiblemente, nos vamos a instalar un cierto tiempo.
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Las opiniones más o menos fundadas acaban teniendo su impacto. Y aquel trasfondo catastrofista consiguió parcialmente sus objetivos. De esta forma, la importante caída de la confianza de los consumidores, generada por aquella opinión, fue la antesala a la brusca reducción del crecimiento de los últimos meses. Y una parte no menor del retraimiento en el consumo y en el mercado inmobiliario que hoy se observa hay que atribuirlos a esa brusca alteración de las expectativas. En síntesis, una profecía autocumplida.
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Porque veamos que es lo nuevo en el escenario de hoy. Que la construcción residencial tenía que expulsar empleo era por todos sabido: el empleo en el sector representa más del 13% del total, muy por encima del 9% de media histórica.
Que el inicio de nuevas viviendas había de caer con fuerza, tras los abusos anteriores, también era del todo evidente: en 2006 se comenzaron más de 800.000 viviendas, más que Italia, Francia y Alemania en conjunto.
Que el crédito a la construcción tenía que moderarse no era ni discutible, tras aumentar a tasas anuales cercanas al 20% de promedio. O que la deuda de los hogares no podía crecer más, cuando ha alcanzado ya el 140% de la renta disponible, valores similares a los de las familias de EE UU o Gran Bretaña, tampoco podía cuestionarse.
Si la desaceleración de la construcción era previsible, ¿por qué esos lamentos? Y, sobre todo, ¿por qué ese pánico a un ajuste deseable, necesario y del todo inevitable? Deseable y necesario, porque un país como el nuestro no puede estar endeudándose con el exterior a razón de un 10% de su PIB por año. Inevitable, porque cuando los balances de hogares y empresas se cargan de deuda, el ajuste hacia valores aceptables en el medio plazo no puede prolongarse mucho tiempo. Y ello porque no hay país, o situación histórica, en la que la deuda haya crecido sistemáticamente por encima de la renta.
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El griterío que se eleva hoy en España, hablando ya con normalidad de una crisis hoy inexistente, está calando hondo. Ciertamente, acabaremos teniendo una crisis profunda si la deseamos y, entre todos, nos esforzamos y creamos las condiciones para ello. Y aunque todavía estamos lejos de una situación como la vivida en los años 1992 a 1994, quizás acabemos repitiéndola, si nos acabamos convenciendo de ello. Como dijo el clásico, así será, si así lo deseáis. ¿Es eso lo que queremos?
El griterío fatalista de los analistas económicos pretende desgastar al Gobierno sin tener en cuenta la duración de la legislatura: cuatro años. Cuanto peor sean las expectativas, mejor parecerán los datos y la acción del Gobierno saldrá reforzada. ¿No han aprendido?