Listas y listos

Hay tres leyendas urbanas que no soporto: las de los microondas, las del Rey en moto y las del sistema electoral. La más extendida dice que los nacionalistas tienen más representación de lo que deberí­an. La operación aritmética es muy sencilla. Con el 42,64% de los votos, el PSOE tuvo el 46,7% de los escaños y el PP, con el 37,64% de papeletas, el 42,16% de los asientos del Congreso. Al resto le toca perder. IU tiene el 4,96% de votos pero se queda en el 1,42% de los escaños. Y, de todos los nacionalistas, sólo el PNV, 1,63% de escrutinio y 1,99% de representación, sale bien parado.

Es el sistema electoral más mayoritario de los proporcionales; ni chichá ni limoná. Cuando se aprobó, en la Transición, tení­a un objetivo: beneficiar y consolidar a dos partidos nacionales situados alrededor del centro, como ocurrí­a en Occidente, y hacer la vida imposible a otras opciones, como el Partido Comunista o los restos del franquismo. Por eso, los dos principales partidos tienen cuatro o cinco puntos más de premio y son castigados IU o, en estas elecciones, el partido de Rosa Dí­ez. 

Otro de los tópicos tiene que ver con las listas abiertas. Cada vez que hay elecciones, surge un runrún de voces que sostienen que esta opción es antidemocrática porque los partidos se imponen a los ciudadanos. Veamos. Además de que ya hay listas abiertas, para el Senado, y nadie las usa, los que las piden nunca se definen. ¿Quieren que se pueda tachar algún nombre o sólo cambiar el orden? En ambos casos, claro, de la lista elaborada por un partido. O quizá elegir los nombres de una sábana donde estén todos los candidatos de todos los partidos. Además de las consideraciones de tipo práctico para el recuento, que podrí­a durar lo mismo que en Florida o Kenia, el resultado podrí­a ser un legislativo inconsistente y disperso de tipo italiano que tampoco es que garantice que las cosas vayan a ir mejor. Y se trata de evolucionar; no de ir a ver qué pasa. (Publicado el 26 de febrero de 2008)

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