Desafí­o

Los artí­culos de Enric González son siempre muy interesantes. El del pasado domingo es imprescindible para entender qué está pasando con la Iglesia Católica, un actor más lí­quido de lo que parece y al que no puede ridiculizarse ni despreciarse. En el artí­culo, sobra (y mucho) la alusión al pasado militar del Papa y falta una contextualización más profunda del terreno en el que se desarrolla la guerra. Destacamos: “No es un delirio. Lo que para unos representa un avance, como el derecho al aborto o a la eutanasia, constituye para Ratzinger, y para la gran mayorí­a de los católicos, un abandono de los principios morales en nombre de la utilidad y la comodidad”.

El desafí­o 

“España será, en el terreno cultural, lo que en un sentido militar fue en los años treinta: el escenario de una guerra de ensayo, en la que las fuerzas de los dos grandes bloques probarán sus nuevas armas y pondrán a punto nuevas estrategias”. Estas lí­neas fueron escritas en 2005 por el periodista estadounidense John Allen, uno de los más brillantes vaticanólogos, y pertenecen al libro El ascenso de Benedicto XVI.

No era un pronóstico arriesgado. De hecho, las hostilidades ya habí­an comenzado. Resultaba casi obvio que el sucesor de Juan Pablo II iba a concentrarse en una guerra cultural con escenarios muy concretos. En la homilí­a Pro eligendo papa, con la que el cardenal Joseph Ratzinger abrió el cónclave del que salió como Benedicto XVI, todo el énfasis recaí­a en una frase: “La dictadura del relativismo”. Y cuando habla de relativismo, Ratzinger piensa en Europa en general y en España en particular.

En el conflicto entre la Iglesia católica y el Gobierno de José Luis Rodrí­guez Zapatero, los obispos se limitan a cumplir su papel. Al margen del tono brutal de ciertos discursos, mimetizados con el tono del debate polí­tico español, los obispos hacen lo que el Papa les pide que hagan. El Vaticano y las conferencias episcopales son expertos en el juego del policí­a bueno y el policí­a malo; hay que ser bastante inocente para creer que son distintos. Y si arzobispos como Rouco o Garcí­a-Gasco asumen un especial protagonismo es porque Benedicto XVI aprecia su combatividad.

Ratzinger es un hombre de ideas conservadoras. Como cardenal, dijo que la homosexualidad constituí­a “una tendencia hacia un mal moral intrí­nseco”. í‰se es sólo un ejemplo. Su guerra cultural, que concibe como un desafí­o a las ideas predominantes, no es, sin embargo, una reedición del enfrentamiento clásico entre derechas o izquierdas, conservadurismo o progreso. A Ratzinger le da igual que el sector eléctrico sea público o privado, y respeta (lo ha reconocido varias veces) la teorí­a social y económica marxista. Para el Pontí­fice alemán, que llegó a vestir el uniforme del ejército nazi, se libra una batalla que trasciende las ideologí­as. De un lado, la dictadura. Del otro, la libertad. Ratzinger, evidentemente, se sitúa en el lado de la libertad.

No es un delirio. Lo que para unos representa un avance, como el derecho al aborto o a la eutanasia, constituye para Ratzinger, y para la gran mayorí­a de los católicos, un abandono de los principios morales en nombre de la utilidad y la comodidad. Y tiene razón, hasta cierto punto, en que el esclavismo, el racismo o la esterilización forzosa de determinados ciudadanos fueron vistos en su época como elementos de progreso.

Ratzinger leyó After virtue, de Alasdair MacIntyre (1981), uno de los ensayos que dieron contenido intelectual a la revolución conservadora de Ronald Reagan. MacIntyre establecí­a paralelismos entre la decadencia del Imperio Romano y la actual situación euroamericana, sostení­a que en ambos casos existí­a una crisis moral y acababa pidiendo “un nuevo san Benedicto”. í‰se fue el nombre papal que eligió Ratzinger.

San Benedicto fue el fundador de los monasterios que preservaron la cultura grecorromana y los valores judeocristianos, es decir, Europa, durante los siglos de barbarie. Pero Ratzinger no quiere monasterios apartados. “El papa Benedicto no propone que se abandone el mundo, sino que se le desafí­e”, escribe John Allen. La clave de lo que ocurre es el desafí­o a lo que este Papa concibe, quizá de forma inevitable por su biografí­a personal, como una reedición suave, orgánica, casi benevolente del nazismo. Ratzinger no cree que la mayorí­a tenga siempre razón, y suele evocar, en sus conversaciones personales, el fervor popular que rodeó a Hitler. Con su desafí­o, especialmente fragoroso en España, aspira a conseguir reflexiones í­ntimas sobre el bien y el mal, al margen de alineamientos polí­ticos.

La intención no es despreciable. La actitud es discutible. Ratzinger y buena parte del catolicismo se sienten bajo asedio, rodeados por la “dictadura del relativismo”, y piensan que cualquier concesión doctrinal (en la obsesión contra el preservativo, por ejemplo) serí­a interpretada como una muestra de debilidad. Al contrario, toman la iniciativa, exigen, desautorizan al poder civil, defienden privilegios, levantan pendones teocráticos. Con su desafí­o moral e intelectual, Ratzinger ha condenado su pontificado a la intransigencia. Las guerras sacan lo peor de cada uno. Y esto, por desgracia, es una guerra.

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