Ibarretxe

Trajano habí­a llegado a ese momento de la vida, variable para cada hombre, en que el ser humano se abandona a su demonio o a su genio, siguiendo una ley misteriosa que le ordena destruirse o trascenderse. En conjunto, la obra de su principado habí­a sido admirable, pero los trabajos pací­ficos hacia los cuales sus mejores consejeros lo inducí­an, aquellos grandes proyectos de los arquitectos y los legistas del reino, contaban menos para él que una sola victoria. El despilfarro más insensato se habí­a apoderado de aquel hombre tan noblemente parsimonioso cuando se trataba de sus necesidades personales.

Memorias de Adriano, Margeritte Yourcenar, 1951 (traducción de Julio Cortázar, 1982)

 

Deje un comentario