¿Qué diablos es el agua?

La mejor definición de la hegemonía pertenece a David Foster Wallace: “Dos peces jóvenes están nadando y se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. Este les saluda con la cabeza y dice: ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’. Los dos peces jóvenes nadan un poco más hasta que s uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice ‘¿Qué diablos es el agua?’”. Eso es la hegemonía, el agua. No se ve y, al beberla, es incolora, inodora e insípida. Parece que no existe. Ese es su secreto.

Antonio Gramsci definió la hegemonía como el recurso que permite que unos pocos ejerzan su control sobre muchos. No puede ser algo explícito, como los aparatos represivos, porque sería entonces fácil oponer un poder equivalente o superior. Es invisible, como el agua. Así operan, por ejemplo, las identidades nacionales o religiosas: ofrecen un nosotros que dota de sentido global a todo. Gramsci señala que esa hegemonía se difunde a través de diversos elementos: desde instituciones como los medios de comunicación o la escuela a recursos como el control del folklore, el calendario, el vocabulario o eso tan difuso llamado sentido común.

La hegemonía tiene como objetivo crear un bloque que Gramsci llama histórico. La cuestión clave es que la hegemonía nunca funciona de una manera explícita, presentando su discurso como parte del debate político porque, en ese caso, también bastaría con presentar un discurso alternativo. Lo hace apropiándose de las palabras y convirtiendo su proyecto en agua, algo incoloro, inodoro e insípido; algo, en fin, inevitable o imprescindible.

Por ejemplo, el neoliberalismo ha logrado hacerse con ciertas palabras como libertad y las aplica a su programa. Por ejemplo, la destrucción de los servicios públicos (sanidad y educación) se hace en nombre de la libertad de elección. El desvío de dinero público a empresas privadas suele tener asociada la palabra eficiencia y el fin del sistema equitativo de impuestos, alivio fiscal o, de nuevo, libertad individual. Los acuerdos de libre comercio tratan sobre controles sanitarios, patentes, jurisdicción, impuestos o derechos laborales, pero deben presentarse como libre comercio porque ¿quién puede estar en contra de la libertad? Por eso, es tan complicado presentar un discurso en contra del neoliberalismo.

Para presentar un proyecto alternativo, hay que conocer el funcionamiento de la hegemonía y, sobre todo, de los recursos que utiliza para atraer fuerzas y crear ese bloque. Para ello, no basta con conocer la teoría, sino que es necesario tener una posición ideológica clara y muy alejada de actitudes emocionales. El proceso catalán es un ejemplo claro y el caso más interesante es cómo En Comú, teóricamente conocedores de Gramsci, se han dejado arrastrar por los habituales recursos de la acumulación de fuerzas que, irónicamente, ellos intentaron aplicar a los socialistas en el pasado ciclo electoral

Estos recursos salpican todo el proceso y la clave es que no son explícitos ni políticos; nunca se presentan cómo discursos. Además de la captación de ciertas palabras (libertad, democracia, derechos, etc.), se crean falsos dilemas morales que trabajan siempre el plano emotivo: vergüenza, indignación, empatía, decencia, dignidad, etc. Por ejemplo, cuando en el pleno del Parlament de septiembre, Joan Coscubiela realiza un discurso propio, no se denigra el contenido, sino el hecho de que sea aplaudido por ciertas formaciones políticas ajenas (Ciudadanos o PP). Se habla de vergüenza o de falta de decencia. El bloque histórico independentista crea el falso dilema: si mantenéis ese discurso, estáis de su lado, que no es el de la democracia y la libertad.

Sucede lo mismo con el primero de octubre. Es un acto de democracia y libertad, pero de él sale el mandato para la independencia. El bloque tiene su propia dirección que establece el vocabulario que hay que utilizar. No acepta la diversidad interna. El agua también ahoga. Por eso, se cierra el Parlament, que podría haber creado una comisión sobre los hechos del 1-O y se establecen portavoces del pueblo que trabajan el plano emotivo. Decisionismo.
Cada hecho relevante provoca una reacción similar. Se crean falsos dilemas morales y emotivos que tratan de cohesionar los bloques y plantear una falsa disyuntiva: o ellos o nosotros. O la democracia y la libertad o la represión y el autoritarismo. Se interpela constantemente (no cabe la equidistancia, no se puede seguir impasible) para que la defensa de un proyecto político propio parezca un posicionamiento inmovilista. La interpelación sube de nivel cuando se trata de acudir a actos en los que es fácil dejarse llevar y emocionarse. Allí, uno no es que acepte el agua, sino que pide beberla.

Poco a poco, esos recursos de la hegemonía, los medios de comunicació, el folklore, el calendario, el vocabulario o eso tan difuso llamado sentido común logran captar voces, imágenes y personas hasta difuminar ese proyecto político propio dentro de la construcción de bloques. En Comú comenzó defendiendo la república federal y el referéndum pactado y ha terminado ahogado en “ni DUI ni 155”. Es decir, a rebufo de los acontecimientos. Domènech, su candidato, ha indicado que el gran objetivo es volver a ser un solo pueblo. Pueblo (Völkisch), el lenguaje del bloque histórico.

Si se defiende un proyecto (referéndum pactado) que, según las encuestas, tiene un apoyo social enorme y no logra coagularlo es que la organización no funciona. No cabe culpar a las circunstancias o a la presión. La mejor manera de soportarla es tener una ideología, un proyecto y una organización. Sin embargo, cuando tu base sólo es la emoción no es difícil que te veas arrastrado por esos torrentes sentimentales.

El bloque centralizador está actuando de forma parecida y quiere captar las palabras legalidad, diversidad y, también, democracia. El PSC ha sufrido una captación parecida, pero cabe señalar alguna diferencia. El PSC se ha hecho fotos con Albiol, pero no le ha hecho –aún– alcalde de Badalona, a pesar de su insistencia. La alcaldesa sigue siendo Dolors Sabater, que leyó un manifiesto el viernes de la declaración de independencia. En cambio, En Comú, presionada por el bloque independentista, ha planteado una consulta a sus bases sobre si debe seguir recibiendo el apoyo del PSC. Esa sensación de culpabilidad es el triunfo de la hegemonía. En la religión, se llama pecado.

Es necesario señalar que hay una política de creación de bloques y, aún más, que hay dos proyectos totalitarios o, por lo menos, totalizadores. Nadie defiende la democracia, la legalidad o la libertad porque ambos son proyectos para los que la diversidad es incómoda. Ambos no se dirigen a una sociedad, sino a un pueblo. Es decir, buscan una uniformidad detrás de su dirección que permita a las respectivas élites seguir acumulando recursos e impedir cualquier proyecto de cambio. Mientras el debate político esté dominado por estos dos bloques reaccionarios, será muy complicado que se desarrolle una alternativa.

Para formarla, sólo hay un camino: organización e ideología. Para formarla, sólo hay un camino: organización e ideología. No es algo que se logre en un plazo breve, pero el motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. No puede nadar en el agua de otros porque siempre lo hará a contracorriente. La izquierda debe volver a la realidad, lo material, y aprovechar la ruptura del pacto social para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda, y asuma, que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes.

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