El minotauro y la señora Reed

La señora Reed aparece en la primera página de Jane Eyre, pero su descripción física tarda en aparecer. Mortifica a la niña, que sólo es capaz de observarla furtivamente. Cuando Jane es capaz de mirarla directamente entendemos que también, por fin, podrá enfrentarse a ella. La descripción concreta es menos relevante que la actitud que muestra. Jane ya puede ver al monstruo, como la teniente Ripley siglos más tarde en la nave en la nave Nostromo. La criatura pasa a ser visible, mesurable, definible y, por tanto, vencible.

Por eso, Kafka definió a su criatura como “ungeziefer”, que quiere decir bicho. Samsa no se convirtió en un escarabajo o en una cucachacha, sino en algo que se no se puede describir. Kafka pidió a su editor que no apareciera ningún dibujo en la portada, “ni siquiera de lejos”. El bicho está en la cabeza del lector que debe recrecarlo con sus propios miedos. Por eso, los relatos de Lovecraft pierden fuerza al final, cuando se ponen adjetivos a los seres provenientes de las profundidades marinas.

Todo está en la cabeza. Kafka, en Ante la Ley, describe al guardián, pero nada nos dice del salón que protege, salvo las amenazas. El campesino asume que no debe mirarlo. En El proceso, el monstruo se divide para ser invisible: los funcionarios que detienen a K, los burócratas que le toman declaración o los guardias que le acompañan. Joseph K no tiene una señora Reed a la que poder enfrentarse.

El poder no es un monstruo al que se pueda describir porque, en ese momento, se le puede derrotar. El poder no es un monstruo, sino la capacidad de crearlos y, sobre todo, de convertirnos en uno de ellos, en un bicho. El monstruo no está fuera, sino en cada cabeza, en la del campesino que se aprende de memoria cómo es el guardián sin mirar qué hay en el salón que guarda y en la de K que, convertido en bicho al asumir su culpa, facilita la ejecución de la sentencia no pronunciada.

El poder no es el minotauro que espera devorar el tributo de los catorce jóvenes, sino la capacidad de convertirnos en el laberinto que lo protege.

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