Lingüística

Para entender el discurso del rey del pasado cinco de octubre, hay que haber escuchado otros. En todos, cada Navidad, hay un mantra que se repite: “La Corona, símbolo de la unidad y permanencia del Estado”. Parece una frase hecha, como “orgullo y satisfacción”, pero hay una diferencia: esa sale en la Constitución. Un símbolo es la representación perceptible de una idea y el vínculo es sólo una convención socialmente aceptada. Aristóles decía que no se piensa sin imágenes, pero esas imágenes pueden cambiar, porque los vínculos pueden romperse

Esa era la cuestión que se resolvía el cinco de octubre y que, quizá, no se supo ver. El catedrático Pérez Royo calificó el discurso de disparate porque señaló que el rey “no tiene legitimación para intervenir en política”. No lo hizo. Intervino en lingüística. No se estaba cuestionando una política en concreto, sino aquello de lo que la institución que él representa es símbolo: la unidad y permanencia del Estado. No se trata de para qué sirve la cosa, sino de la cosa en sí. Por eso, el gran error del Govern es un vocativo: “així no, majestat”. Por eso, el requerimiento al president se dirige a él en tanto “representante ordinario del Estado en la Comunidad Autónoma”. Lingüística. Se trata de reestablecer la cosa en sí. 

Para que quede claro, en este texto no se afirma que esa unidad no sea legitimamente cuestionable, sino que es infantil pensar que eso se puede hacer sólo desde la voluntad y sin que el Estado muestre su densidad. La física cuántica me dice que esta piedra se puede atravesar, los neutrinos lo hacen… Bien, antes de lanzarme contra la piedra cabe la pregunta: ¿soy un neutrino? El Estado es una roca enorme que seguro que los neutrinos son capaces de atravesar. Los cuerpos más grandes, sólidos y densos, no. El Estado, como estructura, se ha rebelado ante su cuestionamiento y se ha defendido. Poco. De momento, cabe tenerlo en cuenta, sólo de forma simbólica.

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