Psicofonías

La escena es maravillosa. En un bosque cerca de su casa de Estocolmo, el artista (era pintor, músico, cantante de ópera y productor cinematográfico) Friedrich Jürgenson lleva un magnetófono para grabar al pájaro pinzón. Estamos en 1959. El francés Oliver Messien lleva años basando sus composiciones en el canto de los pájaros. Al escuchar la grabación, a Jürgenson le parece que hay unas voces. Quizá, alguien ha estado paseando por allí. Al día siguiente, repite la operación tras comprobar que no hay nadie. Cuando escucha la cinta, vuelve a haber voces; entre ellas, una familiar, la de su madre, fallecida, que le dice: “Friedel… mi pequeño Friedel… ¿Puedes oírme?”.

Es imposible no conmoverse. Lo mismo que cuando en 1990, Carmen Sánchez de Castro presentó su montaje del Palacio de Linares. Una voz infantil dice: “Mamá, mamá, nunca oí decir mamá”, “mamá, me muero”o “asesinos”. La leyenda que acompaña el montaje de las voces explica la historia de dos hermanos que se enamoran sin saber que lo son y una niña asesinada o emparedada. En 1990, unas 200 personas se presentaron de madrugada en el Palacio de Linares, actual Casa de América, para buscar al fantasma; para entonces, ya estaba claro que era un montaje realizado por una actriz, pero el relato es tan hermoso. Es complicado entender cómo aún no tenemos una película sobre todo esto.

Fue su último momento de gloria en España. Las psicofonías comenzaron a difundirse en los 60 gracias a Konstantin Raudive (de hecho, se las llegó a conocer como voces de Raudive) y tuvieron su momento de gloria en los 70/80, cuando los aparatos de grabación ya estaban al alcance de todo el mundo. En esos años, no era extraño que alguien del instituto dedicara el fin de semana a colarse en casas abandonadas para hacer grabaciones en las que siempre quedaba algo. El fenómeno alcanzó a otros medios, como el teléfono o la televisión, las psicoimágenes, en las que se basa las famosas escenas de Poltergeist. En España, su introductor fue Germán de Argumosa y fueron difundidas por Fernando Jiménez del Oso. Sus cintas, en las que las grabaciones eran introducidas por su voz, eran estremecedoras: “¿qué hago aquí?”, “¡te mataré!”, “tengo miedo” o “mami, frío, miedo”.

El mensaje previo siempre era clave porque las psicofonías eran sonidos apenas audibles que se habían extraído de la grabación normal. Eran voces débiles, sincopadas, una pequeña modulación a la que el investigador dotaba de sentido. Se escucha, masticaba Jiménez del Oso, cómo la voz dice “estamos del otro lado de los muertos”. Como la mayoría de fenómenos parapsicológicos, el interés por las psicofonías fue decreciendo. Un factor que se suele mencionar es la tecnología. Cuando todo el mundo comenzó a llevar siempre una cámara encima, dejó de haber avistamientos ovni.

Se repetía un proceso que ya se había producido siglos antes con otro tipo de psicofonías. Desde que somos humanos, hemos tenido algunos individuos entre nosotros con capacidad transcomunicativa. Eran capaces de hablar con árboles, ríos, montañas o, siglos después, con los seres que las habitaban, a los que llamaron dioses. Para evitar distorsiones, o evitar la competencia, hubo quien decidió unir a todos los seres mágicos en una única figura y la historia nos indica que fue una buena idea porque terminaron por imponerse a los que tenían muchos emisores.

Esas psicofonías eran más aburridas que las de Jiménez del Oso. Nadie decía “estoy solo” o “sácame de aquí”, sino que indicaban quién tenía que mandar y qué debía hacer. Explicaban, por ejemplo, que era lógico que la mayoría de la gente se muriera de hambre o tuviera que ceder el fruto de su trabajo a esa élite de los que los propios transcomunicadores formaban parte. La sordera era peligrosa.

Cuando se comenzó a dudar del ser mágico, aparecieron otros individuos con capacidad de hablar con otro emisor que tenía varios nombres como la nación o el pueblo. Como los anteriores, con los que en ocasiones mantenían acuerdos, sólo ellos eran capaces de escuchar el mensaje que traducían al resto. Sorprendentemente, en muchas ocasiones era el mismo: hay que ceder el fruto del trabajo, lo conveniente es que gobierne esta persona o es lógico que la mayoría se muriera de hambre o se matara a trabajar. La sordera también era peligrosa. Unas veces, se castigaba con la muerte, como siempre piden los seres mágicos; otras, con el señalamiento: traidor, enemigo, etc.

Hasta que llegó la tecnología. A partir del siglo XIX, comenzó a ser posible analizar esas voces. Es decir, comprobar si lo que decían las personas concretas que vivían en un lugar era lo que sostenían los transcomunicadores. La tecnología, en forma de elecciones, parlamentos, instituciones, derechos, leyes, etc. comenzó a imponerse a las psicofonías. Los individuos que eran capaces de oír esas voces inaudibles intentaron no perder protagonismo y buscaron que sus mensajes se concretaran en esa nueva tecnología. Lo lograron más de una vez, pero su influencia fue mermando. Hasta el siglo XXI.

Quizá por la obsolescencia de esa tecnología llamada democracia, quiza por el movimiento pendular del pensamiento, hay un retorno de las psicofonías colectivas. No es complicado ver a personas que sostienen conocer la verdadera voluntad de los grupos que, misteriosamente, no coincide con la que expresan las personas concretas a través los procesos de deliberación y decisión. Los transcomunicadores saben lo que piensa el pueblo, la nación, la gente y, como hacían los difusores de las psicofonías espectrales, indican que debemos oír al escuchar los sonidos sincopados o el ruido blanco.

Si uno discrepa, también es señalado, acusado de traidor, enemigo o, incluso, estúpido porque cómo seguir confiando en esa tecnología obsoleta pudiendo rendirse a esos relatos maravillosos y, sobre todo, a la fascinación de dejarse mecer por esas voces que le dicen a uno lo que quiere oír.

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