El silencio de los alcaldes

¿Cómo hemos llegado a esto? Porque ya no se juega al mus. Todos los análisis sobre la Transición olvidan la obra literaria de Adolfo Suárez: el prólogo a La historia del mus de Antonio Mingote. Sin conocer las reglas de ese juego es imposible entender la combinación de ponerse chulo y pasar de la jugada que los hagiógrafos de Suárez llaman cóctel de audacia y serenidad. Es necesario recuperar el mus porque uno de los principales problemas políticos y periodísticos de los últimos años es el desconocimiento del significado de la palabra órdago.

El mus es un juego en el que la apuesta se acuerda antes de jugar (los cafés, las copas o una cena) y la partida se juega a varias vacas (los sets del tenis) que contienen varios juegos de 40 tantos. Los órdagos sólo deciden el juego, ni siquiera la vaca (el set). En una partida corta el órdago puede ser un noveno del total. No es un tiro libre con el cronómetro a cero ni el quinto penalti de la tanda. Da subidón; pero, tras el órdago, a barajar para seguir jugando entre risas. Sin embargo, la idea que suele haber tras el uso de la palabra órdago es el “voy con todo” del póker: todas las fichas en el centro de la mesa. Todo o nada.

No tiene nada que ver porque son juegos distintos. En el póker, la apuesta no se acuerda previamente, sino que se va adaptando al desarrollo porque cada jugador se sienta a la mesa con su patrimonio y puede no levantarse hasta que no lo pierda todo. La principal diferencia con el mus es que es un juego de choque: hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. El mus es colaborativo: cuanto mejor sea el rival, más interesante será la partida y no conviene molestarlo mucho porque habrá que jugar más veces.

La Transición tuvo sabor a mus. El proceso catalán se parece más a una partida de póker. Cada jugador se sienta a la mesa con su patrimonio, la legitimidad, por ejemplo, y en cada jugada apuesta un poco, un poco más o mucho, pero no se vuelve a barajar para seguir jugando entre risas. Las fichas, al contrario que los amarracos, no vuelven. Desde las últimas jugadas, las leyes aprobadas por el Parlament el siete de septiembre o la ofensiva judicial y policial del Gobierno, existe la sensación clara no sólo de que alguien va a ganar y alguien va a perder, sino de que hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. Es decir, lo contrario al concepto de política.

Asamblea de electos

En ese terreno, sólo existía una vía: la comisión para la reforma constitucional presentada por el nuevo PSOE, defensor de la plurinacionalidad pese a las chanzas. Hasta ayer. Primero, porque el partido de Pedro Sánchez levantó el veto para la aplicación del artículo 155. Es un símbolo –ya se aplicó una vez a Canarias y no pasó nada–, pero precisamente esa condición de tabú quita centralidad al PSOE. Como en un partido de fútbol de finales de los 70, hay muy poca gente en el centro del campo y muchos pelotazos.

Segundo, porque Unidos Podemos ha presentado una nueva propuesta: una “asamblea por la democracia y la fraternidad” compuesta por parlamentarios (Congreso, Senado, cámaras autonómicas y Parlamento Europeo) y alcaldes de poblaciones de más de 50.000 habitantes para “reivindicar diálogo y libertad de expresión”. Si bien la iniciativa está abierta a todos los partidos, busca hacer un “frente común” contra las últimas medidas del PP –calificadas de “deriva autoritaria”– en su intento de frenar la consulta. El objetivo inicial es que la asamblea lance un manifiesto que inste al Gobierno “a dialogar con la Generalitat para que todos los catalanes puedan convocar un referéndum pactado” y que “cese la política de excepcionalidad que ahora existe”.

No cabría despreciar cualquier propuesta en un momento de tensión, aunque parezca una apuesta menor de un jugador secundario que ha tenido poca repercusión mediánica; ni siquiera, en las redes sociales. Sin embargo, también es importante contextualizarla. Como cualquiera que haya organizado una fiesta puede confirmar, es conveniente tener una cierta seguridad antes de realizar una convocatoria para no acabar comiendo patatas fritas y panchitos durante un mes.

¿Quiénes van a ir? En la rueda de prensa, Unidos Podemos afirmó contar con el apoyo de Compromís, así como de BNG, las CUP o las formaciones que integran Junts pel Sí (PDCat y ERC). También tuvieron un contacto con la dirección del PNV, a quien no sentó bien que Unidos Podemos presentara la moción de censura del pasado mes de junio sin avisar a nadie.

¿Y de alcaldes? El silencio ha sido interesante. Unidos Podemos es una coalición posterior a las elecciones municipales, en las que ni siquiera participó la formación morada como organización, sino que lo hizo dentro de candidaturas colectivas sobre las que carece de un control efectivo. Puede ser que la iniciativa muestre que, en realidad, Podemos no tienen alcaldes y que los “ayuntamientos del cambio” son una estructura compleja que sería interesante cuidar o, por lo menos, no dinamitar.

Si se llega a concretar, no faltarán Barcelona, Santiago, A Coruña, Ferrol, Badalona o Cádiz. La mayoría de ellos ya han tuiteado su apoyo. No está claro que sea una gran idea para los alcaldes de En Marea animar el eje identitario en el que, en sus circuscripciones, ya está el histórico BNG. Sí es una buena idea para Ada Colau, que ha dado la bienvenida a la idea. Pese a la participación de Junts pel Sí y las CUP, le ofrece una tercera vía en medio de la polarización creciente. Atención a Xavier Domènech, historiador.

¿Valencia? Joan Ribó, nacido en Manresa, se arriesga a una venenosa campaña blavera (regionalismo anticatalán) por parte del PP. ¿Zaragoza? Pedro Santiesteve no tiene una relación fluida con todo su grupo municipal y, como Valencia, en su ciudad es importante la diferenciación respecto a Madrid y Barcelona, los granes polos.

¿Madrid? Ahí está una de las claves de la jugada porque la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, es una figura con capacidad de movilización y sería capaz de otorgar corporeidad al acto. Pero su relación con la dirección de Podemos no es fraterna y la sintonía en el terreno de las políticas sociales se convierte en desencuentros a la hora de poner en cuestión la vigencia de las instituciones dentro de la llamada “crisis del régimen del 78″. Si la asamblea no es un acto simbólico para defender el diálogo y la libertad de expresión, sino una vía para buscar una nueva legitimidad, un cauce paralelo a las Cortes, es poco probable la presencia de la alcaldesa que, en estos años, ha mostrado ser poco receptiva a presiones de la dirección de Podemos o de la AVT.

Quizá, la ausencia de Carmena no haga fracasar el acto, pero sí dará un punto de enganche al PSOE para justificar su probable decisión de no unirse a esta asamblea. La dirección socialista estudiará la iniciativa, sobre la que afirmaron no tener conocimiento, pero su portavoz, Óscar Puente, advirtió que no aceptarán nunca un referéndum pactado sobre la independencia de Catalunya. Hay que tener en cuenta que, en política, “nunca” es sólo el período de tiempo entre dos circunstancias diferentes. Sin embargo, la recuperación por parte de Unidos Podemos del ardid escénico para ahogar al PSOE es probable que afecte al canal entre partidos. Eso quiere decir, de rebote, un poco de aire para Rajoy. Mientras la trampa de la la cuestión territorial funcione, el PP no tiene nada que temer.

Legalidad y legitimidad

La idea tiene dos precedentes. Entre julio y octubre de 1917 y a iniciativa del líder de la Lliga Regionalista Francesc Cambó, diputados y senadores, mayoritariamente catalanes, se reunieron en varias ocasiones bajo el nombre de Asamblea de parlamentarios. El objetivo de la Asamblea de parlamentarios, en un momento de gran inestabilidad (guerra europea, crisis económica, conflicto social y presión del ejército a través de las Juntas de Defensa), era cuestionar la legitimidad del régimen de la Restauración y pedir, entre otras cosas, mayor reconocimiento de las identidades regionales.

(Un dato: Xavier Domènech es profesor del departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UAB y admirador del republicanismo del XIX. Otro dato: Oriol Juqueras es profesor asociado al departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UAB. Un tercer dato: ambos compartieron una famosa cena en agosto).

Salvo la fecha, la comparación es excesivamente forzada y sólo es defendible desde lo que el ensayista Esteban Hernández llama “la burbuja de Arganzuela”. La crisis de 1917 acabó en un gobierno de concentración, en el que estaba presente la Lliga, cuyo temor a la agitación social (el conflicto se concretó en una huelga general de varios días y, en Rusia, se produjo una revolución exitosa) moderó su postura, que ya fue tomada en consideración por el rey. Seis años después, la cuestión social hizo que la Lliga recibiera con entusiasmo la dictadura de Primo de Rivera y ese mismo factor provocó que Cambó apoyase al bando franquista en la Guerra Civil. A la que rascas un poco en la transversalidad, sale el eje izquierda-derecha.

El otro precedente significativo es Udalbiltza, la asamblea de electos constituida en 1999 por los partidos firmantes del pacto de Lizarra (dato para espectadores de Cuarto milenio: a su primera reunión acudieron 666 cargos). Conociendo un poco el ecosistema de medios madrileño es probable que este segundo referente, junto con la participación de los alcaldes bolivianos en el cambio político que llevó al poder a Evo Morales, sean los escogidos en lugar del regeneracionismo de 1917. O, tras las primeras 24 horas, ni siquiera. En su primer día de vida, ha caído hasta la irrelevancia. Ni siquiera ha provocado memes.

La propuesta, como el autobús para denunciar la corrupción o la moción de censura, tiene mucho de puesta en escena y enraíza en la necesidad genética de Unidos Podemos de ocupar los medios de comunicación y construir iniciativas movilizadoras. Será descalificada con dureza. Todo se hará así en estas dos semanas porque, en esta partida, hay que aplastar al contrario, desplumarlo, humillarlo. Pero octubre tiene toda la intención de llegar y algo habrá que hacer. Por ejemplo, aprender a jugar al mus.

PD: Es lógico, dentro del regreso al romanticismo que vivimos, que se cuestione la legitimidad de las instituciones legales cuando sus consensos, decididos democráticamente, no encajan en los deseos. Es conveniente recordar que la historia del bloque civilizatorio (estado, derechos, leyes, etc.) es muy breve –anteayer, en términos históricos– y su pervivencia no está garantizada. El poder, su acceso, mantenimiento y acción, ha estado ligado a la violencia y se basaba en el bloque identitario (tradición, religión, nación, etc.). China o Rusia nos muestran que la democracia limitada del XIX es una alternativa que puede funcionar en el siglo XXI.

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