Cómo aprendimos a tener miedo (en la época en la que no pasa nada)

Siempre ha estado ahí. En cada sitio, se llama de una manera: Coco, Baba Yaga, Bogeyman, Sacamantecas, Krampus, Struwwelpeter. Si no te duermes, vendrá la Guajona y te comerá; si no te acabas la comida, vendrá el Hombre del saco y te llevará. Siempre ha habido personajes asustaniños, un castigo invisible para cumplir rutinas y, sobre todo, evitar comportamientos peligrosos: hablar con extraños, adentrarse en el bosque, acercarse al río, etc. Los adultos tenían su propio Coco llamado Dios, que también mandaba y castigaba para inducir ciertos comportamientos; pero que, sobre todo, podía convocar a sus cuatro jinetes del Apocalipsis: la guerra, la peste, el hambre y la muerte. En cualquier momento, una epidemia, una mala cosecha o una invasión podían acabar con todo lo conocido. No nos hacemos una idea.

En el XVIII, la Ilustración comenzó a cuestionar a Dios, que ya no valía para sustentar las monarquías, y, en el XIX, la cosa se complicó aún más porque la ciencia no sólo desmentía el relato religioso, sino que  también comenzaba a controlar a sus jinetes gracias a las dos cosas que más vidas han salvado: la higiene y las vacunas.

El romanticismo inventó entonces nuevos Cocos para adultos. Algunos eran seres pertenecientes a sistemas tradicionales que, como la mano de obra de la revolución industrial, eran obligados a emigrar a la ciudad (Drácula o la Momia). Otros mostraban los peligros de la ciencia (Frankenstein, el Golem o el Hombre invisible) y la mayoría se basaban en los territorios donde no llegaba la racionalidad (espiritismo, médiums, mesmerismo, casas encantadas, criaturas inexplicables, lugares inexplorados, etc.). En ese grupo están el hombre lobo, los fantasmas, los personajes de Poe, las criaturas de Lovecraft, todos los mundos perdidos e, incluso, los extraterrestres. El nuevo Coco era más literario; pero, en la mayoría de los casos, aún era el extraño reconocible que viene a perturbar la calma de una comunidad estable.

En la primera mitad del XX, declarada ya la muerte de Dios, el cine popularizó esos monstruos románticos (Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo, etc.), cuya representación insistía en la ‘otredad’ a través de la caracterización. El desenlace de la II Guerra Mundial y, sobre todo, la Guerra Fría, hicieron que el cine comenzase la segunda mitad insistiendo en dos de esas narraciones, los peligros de la ciencia (de Godzila a los insectos gigantes) y, sobre todo, la invasión extraterrestre, hasta los años 60/70. Ese fue el punto de ruptura.

Situémonos. Esos años son, en Occidente, los de la mayoría de edad de la primera generación (de varones blancos) a la que no le ha pasado nada. Nada. No tienen miedo de Dios ni de sus jinetes. No recuerdan la II Guerra Mundial, ni su destrucción, ni el hambre de la posguerra, ni ninguna gran epidemia. Su perspectiva de vida es plácida: seguridad, educación y sanidad garantizadas, un trabajo relativamente estable, consumo y ocio accesible y todo ello dentro de un sistema democrático que garantiza la alternancia pacífica de las opciones. Para los pensadores franceses, el infierno. Comparado con el resto de la historia de la humanidad, el paraíso. Pero la calma es complicada de soportar; uno de los deseos más humanos es sentirse parte de algo y nada más colectivo que la historia.

Quizá, por eso, fenómenos que hasta entonces permanecían en un lateral, como el terrorismo o la criminalidad, comenzaron a tener relevancia. Cuando una guerra o una epidemia pueden matar a la tercera parte de la población, diez muertos por una bomba o que un tipo mate a cinco personas en su sótano son fenómenos insignificantes. Pero, si las primeras posibilidades ya no existen, las últimas se convierten en un peligro real; mejor dicho, en el único peligro real.

Hasta entonces, el criminal en serie era un personaje menor que ocupaba las portadas de la prensa sensacionalista y que en el arte sólo había sido rescatado como trama policiaca o metáfora política (M o Caligari). En los 60/70, el psicópata, comenzó a convertirse en un ser mítico porque era el único que tenía la capacidad de romper esa estabilidad. Charles Manson, Zodiac, Ted Bundy, Jeffrey Damher, Henry Lee Lucas, etc. se convirtieron en los nuevos jinetes del apocalipsis que entraban en las fiestas donde se consumían drogas o buscaban a víctimas entre los jóvenes descarriados. Ellos son el nuevo Coco y su principal característica es que, como sostenía Frizt Lang de M, viven entre nosotros. Hay que tener miedo, aunque, al inicio, es un miedo difuso. El Coco aún no se ha reencarnado.

Las raíces están en Psicosis de Alfred Hitchcock, pero no es extraño que las primeras manifestaciones de ese nuevo terror familiar, el peligro que vive con nosotros y que puede atacarnos en cualquier momento, tenga un componente religioso: La semilla del diablo, El exorcista o La profecía. Habéis matado a Dios, así que os tenéis que quedar con su exiliado. También tienen un componente espiritual Carrie, Amityville o Poltergeist, revisiones de fenómenos decimonónicos: el mesmerismo, la casa encantada y el espiritismo.

Todas ellas también tienen una característica común que las diferencia de Psicosis o las historias de zombis de Romero: el ‘otro’ no sólo vive entre nosotros, sino que capta o habita en la siguiente generación. El escenario es la familia y los raptados o poseídos son nuestros propios niños o adolescentes, una metáfora del enfrentamiento generacional que se estaba produciendo en esos años donde los jóvenes eran el gran desconocido, la puerta de entrada de todo lo que destruía el viejo mundo.

Pero los jóvenes no tardaron en morir. La matanza de Texas, Viernes 13, Halloween y Pesadilla en Elm Street se convirtieron en las cuatro narraciones fundamentales en la recuperación del Coco, que se lleva a los niños que hacen cosas malas. Leatherface, Jason Voorhees, Michael Myers y Freddy Krueger son la nueva amenaza que, como nos explicaban irónicamente en Scream, quieren establecer rutinas y evitar comportamientos peligrosos: no separarse del grupo, no salirse del camino, no entrar en casas abandonadas (para montar fiestas), no tener sexo, no probar las drogas (si te colocas, aparecerá Freddy). Era la codificación narrativa de las historias de los nuevos jinetes del apocalipsis que, desde dentro, habían aprovechado la laxitud moral para cometer sus crímenes. No son extraños. Puede ser cualquiera.

La generación a la que no le pasaba nada había conseguido que le pasase algo: viajar es peligroso, quedarse en casa es peligroso, dormir es peligroso, vivir es peligroso, tomar esto es peligroso, no tomarlo es peligroso. Ese es el tema de It. La criatura se alimenta del terror que produce en sus víctimas y va cambiando de forma. Usa la imagen del payaso Pennywise, deudor de John Wayne Gacy, un psicópata que mató a 33 personas en los 70 y que actuaba en fiestas infantiles, pero Eso también puede tener la cara de familiares vivos y muertos, e incluso figuras clásicas, como el Hombre-lobo o Drácula. Es ‘otro’.

Nadie está seguro en ningún lugar porque Eso es todo y cualquiera podemos ser sus víctimas porque, al vivir en una adolescencia eterna, todos somos los jóvenes amenazados. El miedo inunda el mundo más seguro de la historia, algo que no es una sensación, sino un hecho objetivo. Comparado con el inicio de los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del XXI es muy aburrido. De verdad. Tras desaparecer la idea de progreso, el miedo es un material político básico en cualquier campaña. Si no votas bien, vendrá el Coco y se quedará con tu trabajo; cuidado porque puede venir el Coco y poner una bomba. El miedo es un enorme negocio. No sólo el obvio (cárceles o seguridad), sino sobre todo el débil (salud, farmacia, alimentación, etc.). El miedo nos empuja a desear una imposible sensación de control en lugar de imitar a los protagonistas del libro: enfrentarnos a él.

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