El fin de este momento populista

Existe la curiosa idea de que la historia ha experimentado una aceleración en las últimas décadas. Todo va muy rápido, se dice, pero es algo complicado de sostener si uno compara los primeros diecisiete años del XXI con los del XX o incluso del XIX o del XVIII. En esos períodos, hubo grandes guerras y revoluciones, nacieron países, se probaron modelos de gobierno innovadores, se difundieron las teorías científicas en las que se basa nuestro pensamiento, se extendió el módelo económico que tenemos, etc.

Comparado con los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del siglo XXI está siendo bastante aburrido. Hay ruido, mucho y todos los días, pero ese es un problema de percepción. En realidad, no pasa nada, salvo el inicio de una revolución industrial cuyo desarrollo no veremos. Acabamos de inventar la imprenta.

La crisis de 2007 estuvo a punto de ser un hito histórico. Durante unos meses, se habló de un cambio radical, se teorizó sobre la necesidad de cotrolar la globalización a través de la regulación de los mercados o los flujos de capitales; incluso, se pronunció la expresión “refundación del capitalismo”. Era una idea que estaba lejos de ser una revolución y, básicamente, resumía la necesidad de recuperar el contrato social establecido tras la II Guerra Mundial. Todo se quedó en ruido. Nada.

La ausencia de organización y, sobre todo, de una alternativa económica y social por parte de los que hablaban hizo que el modelo que había provocado la crisis se reforzase, extendiendo sus características: globalización, desigualdad, autoritarismo, caridad, etc. O la extensión del bloque identitario (religión, nación o marca) frente a la civilización (estado, derechos o impuestos). Es algo que puede resumirse en la posibilidad de que la Revolución Francesa no fuera un punto de partida, sino un paréntesis: la era de la Ilustración (1789-1989). Conviene pensarlo. Conviene fijarse en lo que ha sucedido en los países árabes para evitar pensar en que ciertas cosas son imposibles.

La crisis abrió una ventana de oportunidad, pero la ausencia de organización e ideología hizo que la posibilidad de alternativa derivase en protesta: de la indignación a la ira. Es decir, ruido. Esa política del cabreo alteró cada sistema político de una forma diferente, pero con una base común casi religiosa. El mensaje, desde la derecha, la izquierda o el nacionalismo, era el mismo: “Habéis sido tratados de forma injusta, habéis sufrido una penitencia, han roto el pacto, ahora os toca a vosotros, vuestra es la venganza, os merecéis algo mejor”.

Se trataba de mensajes colectivos que, sin modelo económico alternativo, se limitaban a concentrar la emoción en los procesos electorales. Es algo que se llamó el momento populista, pero que podría haberse llamado el momento adventista: el futuro es bueno y llegará porque nos lo merecemos. Como sostiene Jünger, existe atractivo en cualquier figura que  desafíe al sistema institucional, siempre frustrante; la enorme tranquilidad nos hace añorar la convulsión, existe un deseo de que suceda algo.

El momento populista, o adventista, se concretó en tres procesos electorales: el triunfo de Syriza, la salida de Reino Unido de la Unión Europea y la presidencia de Trump. Es probable que esos tres hechos tengan -ya estén teniendo- un efecto lenitivo sobre esa ira adventista a través de la mortificación ajena.

Las administraciones de Estados Unidos y Reino Unido, por ejemplo, están paralizadas tratando de gestionar las consecuencias de la ira. El primer semestre de las administraciones suele ser muy movido, pero a Trump no le han dejado hacer nada que se salga del espectáculo. Su problema no es que pueda desencadenar una guerra mundial o que rompa los tratados comerciales, es decir, que pase algo, sino que no pase nada: hará perder cuatro años a su país.

La voz del sistema parece responder: “Queríais la venganza, esto es lo que sucede”. La pulsión de lo nuevo, el deseo que agrupa una gran cantidad de demandad heterogéneas en el concepto voluntariamente impreciso de cambio está debilitándose. Es complicado mantener el antagonismo frente a un enemigo -el régimen, la élite o el poder- cuya principal característica es la asimilación de todo a través del espectáculo para vaciarlo de sentido.

Lo que han dejado claro estas tres concreciones del voto airado es que, sin organización e ideología, no existe alternativa. Los tres resultados electorales, incluido el triunfo de Syriza, han reforzado el modelo económico y social vigente. Se han colocado en el centro del debate falsos enfrentamientos y, si la discusión política no es el reparto de los recursos, el el eje izquierda-derecha, el modelo hegemónico sale reforzado.

El momento populista está desvaneciéndose. Los que confían en que la desigualdad que ha provocado la ruptura del pacto social tenga consecuencias por sí misma no han leído historia ni geografía. La mayoría de grupos sociales han convivido y conviven con esos niveles de desigualdad. Sobre todo, si ese nivel permite un cierto nivel de consumo cuyos obstáculos visibles siempre nunca es el modelo, sino los iguales, otros trabajadores.

Es probable que la democracia del siglo XX siga adaptándose a modelos indirectos o censitarios con niveles elásticos de autoritarismo. Es un modelo colonial en el que la metrópoli está dispersa: metrópolis, paraísos fiscales, nube tecnológica. Las empresas-mundo extraen recursos a nivel global con escasos controles legales y poco pudor porque las revueltas de esclavos, los estallidos de ira, siempre acaban reforzando el modelo.

Los comentarios están cerrados