Pensar y molestar

El problema está en los determinantes. (Casi) todo el mundo está en contra de la precariedad cuando el sustantivo tiene delante un artículo o un posesivo: mi precariedad, tu precariedad…. Incluso, cuando alguien llama a la radio para explicar su precariedad, nos conmueve. Contra la precariedad, siempre con el artículo delante, se escriben textos con muchos datos, se pronuncian discursos o se escriben programas electorales. Todo el mundo está en contra de la precariedad y a favor de los derechos sociales siempre que no aparezca un demostrativo, esta precariedad, que provoque el paso de lo abstracto a lo concreto.

Los trabajadores de Eulen del aeropuerto del Prat llevan varios días en huelga. Reclaman la contratación de más personal para evitar la excesiva ampliación del horario (hasta 12-16 horas), conocer el calendario laboral con anticipación y que no se produzca una contratación dual; es decir, evitar que los nuevos cobren menos al no tener los mismos complementos. Son cuestiones que, con el determinante artículo delante, (casi) todo el mundo comparte en artículos, discursos o programas electorales.

Cuando añadimos el demostrativo, ya no hablamos de conceptos, sino de recursos y, más concretamente, de su reparto, como en el caso de El Prat: privatización, sistema de subcontrataciones, salarios frente a dividendos, etc. Es un modelo que promueve la tranferencia de rentas: las empresas se quedan con el dinero público de la concesión y con la parte de los salarios que se precarizan. Si el grupo perjudicado protesta, aparece el conflicto y, entonces, todo el mundo huye porque provoca efectos secundarios, como las colas del aeropuerto, molestias a un grupo indeterminado al que siempre precede un artículo: la gente.

En la escena de El Prat, estos trabajadores de esta empresa hacen huelga y molestan a la gente, el actor que tiene menos defensores es el primero, el sujeto. Todos se arrogan la capacidad de defender al objeto directo, la gente y el complemento del nombre, esta empresa, también tiene varios polos de defensa: partidos políticos (PP, exCiU, etc.), la patronal o los medios de comunicación que recuerdan cada día que “las empresas crean riqueza, empleo y bienestar” o, indirectamente, que los trabajadores son unos egoístas. Los trabajadores sólo tienen una defensa: ellos.

Los trabajadores carecen de un apoyo claro de las formaciones políticas que, teóricamente, deberían representarlos porque molestan a “la gente”, grupo indeterminado que se ha convertido en el sujeto electoral. Los trabajadores de Eulen de El Prat no son gente porque han pasado del artículo al demostrativo, se han concretado, no son la gente que sufre la precariedad, sino estos trabajadores pidiendo estas reivindicaciones.

Un modelo económico y social

La clave para poder analizar estas situaciones es la ideología, entendida como una visión global de la realidad. Hay que volver a los conceptos, pero no para escribir artículos, sino para hacerlos dinámicos; es decir, para que sirvan de base a un nuevo modelo económico y, por lo tanto, social.

La gente no existe. Hay grupos sociales que se reparten recursos de distintos tipos: dinero, conocimiento, urbanismo, educación, etc. La política es la forma de repartir esos recursos. Elevar las tasas universitarias, promocionar la construcción de centros comerciales o desligar los contratos de los convenios colectivos son medidas políticas que afectan al reparto y hay que tener una base ideológica que permita defenderlas y, sobre todo, implantarlas cuando se produce el enfrentamiento con lo existente. El gobernante no propone elevar las tasas universitarias sin un discurso ideológico previo: la restricción de la formación no laboral y la eliminación de la movilidad social, por ejemplo. Tampoco, sin un modelo económico y social: la teoría de los tres tercios (acomodados, precarios y excluidos).

Con esa base, se realiza la tarea de propaganda a través de la organización: hay que promocionar el esfuerzo y la excelencia, tenemos que reservar la universidad para los que quieren aprovecharla, hay que evitar despilfarrar dinero público en personas que no estudian, etc. Las tasas universitarias se suben gracias a la palabra esfuerzo y los sueldos se desploman en base a la palabra libertad, que también sustenta la sustitución de los impuestos proporcionales y redistributivos por tasas directas discrecionales. Pero, tras ese trabajo de márquetin, hay un modelo económico y social, una ideología. No se ve, igual que los peces no son capaces de percibir el agua, pero es lo que permite no cambiar el discurso y pasar del artículo al determinante.

Desde hace años, la ideología es un terreno ocupado por la derecha, conservadora o liberal. Hay un modelo claro: la división social en tres tercios (acomodados, precarios y excluidos) y la promoción del bloque identitario (nación, religión, marca). Desde hace años, la izquierda no ofrece un modelo económico y social, más allá que la recuperación del keynesianismo de los treinta gloriosos, del fin de la II Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo. La izquierda carece de ideología, carece de política, porque no quiere molestar.

Una organización ideológica de izquierdas se habría posicionado con claridad al lado de los trabajadores de Eulen para defender con claridad sus derechos laborales o su derecho de huelga. Incluso, frente al deseo de los usuarios del aeropuerto de disfrutar de unas vacaciones. Igualar deseos y derechos es parte de la devaluación de estos últimos. La ideología permitiría a esa organización transmitir a los usuarios que forman parte del mismo modelo social y económico al que volverán tras su viaje o que la posición en un mostrador no otorga poder ni diluye la solidaridad. No son ellos, sino nosotros. En España, no hay tal cosa. Sólo hay una organización ideológica realmente existente: el Partido Popular.

La reforma laboral, por ejemplo, tuvo una base ideológica y un objetivo político: cambiar el reparto. No era una ley para la crisis, sino un modelo económico y, sobre todo, social: los tres tercios. La legislatura 2011-2015 se puede calificar de revolucionaria en su segunda acepción: cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad.

La izquierda debe volver a la realidad, convertir los debates en conflictos y encuadrarlos dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social de la crisis para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda -y asuma- que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. El motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es decir, tendrá que molestar mucho, tendrá que regresar al conflicto.

Sin organización ni ideología, con movimientos de activistas que se dirigen a la gente, la derecha ocupará cada vez más espacios. Es la historia del siglo XXI.

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