Moción de investidura

“Cuando no corres, tienes menos posibilidades de tropezar”. La frase podría ser de Sun Tzu o del maestro Miyagi, pero es de Mariano Rajoy, alguien que ya podría dedicar el resto de su vida a dar conferencias TED sobre cómo sobrevivir en condiciones adversas o a escribir libros de autoayuda con el título genérico de Andar deprisa. En los últimos años, el presidente ha logrado convertir en algo parecido a la astucia su parsimonia decimonónica y la aparente capacidad para evitar la aceleración de la actualidad. Si uno no se mueve, no se posiciona frente a todo, no opina de todo, parece estático, lo más cercano a la muerte en la sociedad del espectáculo. Pero eso no es así. O, mejor dicho, sólo es así en los reality shows.

Una de las claves de su capacidad para sobrevivir es la delimitación de sus propios periodos de tiempo y qué batallas son importantes. Quizá, Rajoy es quien mejor aplica la frase del general vietnamita Giap, popularizada por Íñigo Errejón: “uno a diez en lo estratégico, diez a uno en lo táctico”. Sólo hay que enfrentarse cuando sea imprescindible y haya garantías de victoria. Es decir, no se pelean todos los balones. Tras asegurarse los presupuestos ―se aprobarán a finales de este mes―, Rajoy decidió pelear el balón de la moción de censura para convertir el acto en una reafirmación de su gobierno: la sesión de investidura que no pudo tener el pasado mes de octubre. Entonces, la crisis del PSOE oscureció el momento.

El presidente subió a la tribuna para responder a la intervención destituyente de Irene Montero en lo más parecido a un golpe de efecto que se le recuerda. Sin pasarse. Traía el discurso escrito, sarcasmos incluidos. La decisión también estaba inspirada por Giap: tácticamente, a corto plazo, responder a una moción fracasada presentada por Podemos, puede ser un mal trago evitable;  estratégicamente, a largo, Rajoy necesita que el voto del cambio esté dividido y que Podemos y PSOE sigan enfrentándose por la segunda plaza. La elección de Rajoy, que le aseguraba la presencia en los informativos del mediodía, provocó la gran derrota de la jornada: Cristina Cifuentes. La solemnidad de la jornada dejó en mal lugar el embarramiento elegido por la presidenta de la Comunidad de Madrid la semana pasada en su propia moción.

En una jornada tan importante, traer el discurso de casa tiene un aroma a descortesía, pero no se puede menospreciar la apuesta metafórica que hay detrás: voy a mi ritmo, no compito, no te reconozco como rival. Frente la intervención larga y vehemente de Irene Montero, al alcance de pocos parlamentarios, Rajoy repitió el mismo mensaje de los últimos dos años: lo peor ha pasado. El mismo discurso que en el debate sobre el estado de la nación de 2015 y con argumentos y bromas parecidas: “hay corruptos en la cárcel porque la justicia funciona”; “ustedes sólo ven lo negativo de España”; “somos muy malos, pero nos votan más”. Su única debilidad es la autoconfianza. Y cada vez es mayor.

Para Rajoy, enfrentarse a la descripción de los casos de corrupción, también tenía otro sentido: la expiación. “He cometido errores”, dijo en su comparecencia sobre Bárcenas, “he confiado en gente que no lo merecía”. La moción de censura y la comparecencia en la audiencia el 26 de julio serán su gran pena de telediario, su penitencia, su auto de fe. Cuando las instituciones no terminan de funcionar, prevalecen los castigos estéticos sobre los legales.

Para Podemos, la moción también ha significado revisar una sesión de investidura. En su caso, la del primero de marzo de 2016, en la que votaron en contra de la investidura de Pedro Sánchez, coaligado con Ciudadanos. Cuando Iglesias se refirió a equivocaciones del pasado, todo mundo entendió que estaba recordando ese momento; tenemos que entendernos, le dijo al grupo socialista. Es probable que esa decisión les siga persiguiendo hasta el punto de tener que revivir el mismo dilema tras las próximas elecciones. E incluso antes, en una moción de censura socialista.

Si uno de los objetivos de Podemos era ganar credibilidad y respeto, lo han logrado. Iglesias, modulando y, sobre todo, controlando la aceleración y la gestualidad, hizo uno de sus mejores discursos. Muy largo, sí, pero otra de sus metas era que el debate no se quedara en un día. Combinó la emotividad con el contexto histórico y las propuestas, a las que dio la forma de diálogos con la sociedad. Su reinvención provocó que la respuesta de Rajoy quedara descolocada. Traía un discurso desabrido, para el viejo Iglesias, el Calamardo gritón, y la descompensación entre ambos fue evidente. En los próximos meses, queda por ver si el personaje de Iglesias acepta la reinterpretación.

Quizá, debería haber entrenado más el andar deprisa. Para Podemos, el camino hasta el debate comenzó el 18 de abril, con la presentación del tramabús —esas puestas en escena combinan mal con la seriedad del debate—, y se ha hecho largo porque lo han recorrido esprint a esprint: buscando candidato, preparando concentraciones, emplazando al PSOE para influir en sus primarias, etc. Y esto último no salió bien. Pedro Sánchez ganó las primarias frente a su aparato y con un mensaje de izquierdas que les comerá votos porque rompe el mensaje de que el bipartidismo está cohesionado. Pero ese no es el principal peligro de Pedro Sánchez. Su lentitud indica que sí ha aprendido de Mariano Rajoy y que quiere ganar las elecciones andando deprisa. No sería extraño que Sánchez, el gran ausente, copie los puntos fundamentales del discurso de Iglesias —no muy diferente del programa clásico de IU— en su camino a la Moncloa.

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