Un gigantesco gag

En La sociedad del espectáculo, Guy Debord describía la separación entre realidad e imagen como un proceso tan político como cultural, ya que los simbolos quedan desgajados de los hechos a la que se refieren y son convertidos en contenido comercializable de usar y tirar: camisetas del Che, crucifijos de bisutería o fotos warholianas de Mao. Al convertir el símbolo en espectáculo, la realidad no sólo pierde su sentido, sino que incluso deja de existir. Prevalece la imagen como un nuevo espacio que crea su propio territorio. Por ejemplo, los Ramones ya no son un grupo provocador, ni siquiera son un grupo, ni siquiera son música. Son una marca de ropa.

La espectacularización de cualquier hecho social o político produce esta separación entre imagen y realidad en la que la segunda deja de existir. Se produce en las campañas electorales de los nuevos movimientos, los partidos están quedando atrás, y hace que esa acumulación de imágenes, en las que los yoes se proyectan a través de las emociones, ni siquiera amenace la realidad realmente existente cuando alcanza el cargo que busca. El sistema no es sólido, pero carece de alternativas.

La espectacularización –involuntariamente humorística– de la corrupción realizada por Podemos a través de un autobús decorado y la distribución de recortables tampoco escapa a este efecto de separación entre imagen y realidad. De hecho, la coincidencia con otros hechos, operaciones policiales, imputaciones o declaraciones, sitúa a todo el conjunto bajo el mismo prisma de irrealidad.

Para que sea efectiva, la denuncia del saqueo precisa de una continuidad en forma de trabajo parlamentario, personación en los procesos judiciales y elaboración de una alternativa. Para que sea efectiva, la denuncia de la corrupción precisa entender que esta precisa de corruptos, corruptores y avaladores. Es decir, separar realidad e imagen y dar todo el territorio a esta impide entender que política y sociedad están vinculadas. La corrupción no es posible sin un cuerpo electoral que la permita.

Cuando el ruido pase, ya vivimos momentos similares en el verano de 2013 y el otoño de 2014, es probable que esta espectacularización logre el objetivo contrario al que teóricamente persigue. La crítica pública al poder, habitualmente humorística, suele estar ceñida a celebraciones y tiene un efecto catártico y expiatorio. En lugar de concienciar sobre la corrupción y el saqueo, el escarnio público contribuye a su absolución social. Suele suceder, además, con los formatos pornográficos: impacto visual, excitación y descarga.

Cuando el ruido pase, es probable que sea complicado distinguir nada y todo nos parecerá un gigantesco gag.

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