¿Quiénes iban en esos barcos?

(A propósito de Billy Budd) / Para Javier, a quien le gusta leer historias de naufragios

“¿Quiénes iban en esos barcos?” es una pregunta recurrente en la obra del filósofo alemán Peter Sloterdijk. ¿Quiénes iban en esos barcos que descubrieron, exploraron, comerciaron, explotaron, cazaron, investigaron, predicaron, guerrearon y, en resumen, construyeron el mundo que hoy tenemos? Nobles de poca fortuna, hijos sin derecho a herencia, visionarios, ambiciosos, gente que buscaba o huía, reclutas forzosos, delincuentes, etc. Es decir, “los que no cabían en tierra”.

Eran personas, además, cuya estabilidad física, psicológica y emocional se ponía a prueba por la incertidumbre de la meteorología y las durísimas condiciones del viaje (falta de agua o comida, ausencia de sueño o severa disciplina). A bordo, lo permitido se estrechaba por la necesidad de orden, pero lo posible o lo tolerado tenía una amplitud inaceptable en tierra. Escuchar a las sirenas ayudaba a no enloquecer. Gente como esa dibujó el mundo. Normalmente, tras una ballena o en busca de El Dorado.

En su puesta en escena para el Billy Budd de Benjamin Britten, Deborah Warner nos mete dentro de uno de esos barcos, el Indómito, un navío de guerra inglés que participa en la ofensiva europea contra la Francia revolucionaria. Warner no se rinde al tópico contemporáneo que mitifica todo contacto con la naturaleza convirtiéndolo en placentero y espiritual; sin perder el poder simbólico, nos sitúa en un universo rígido e implacable donde el orden, incluso desde la severidad o la crueldad, debe regirlo todo. Un barco de Sloterdijk. El escenario, casi desnudo, cortado por líneas rectas, se convierte en un ser vivo en el que todo debe funcionar de forma implacable: el orden por encima del sentimiento, la ley por encima de la justicia, la supervivencia por encima de las posibilidades.

Es una historia con muchas capas de complejidad, insistía Warner en la presentación para evitar los tópicos que el resumen del argumento suele provocar: el recién enrolado Billy Budd, un joven bueno y carismático, es acusado por un suboficial envidioso, John Claggart, de querer preparar un motín. El capitán, Edward Vere, que comparte la inclinación por el chico de su tripulación, propone un careo entre ambos en el que el marinero, ofendido, mata de un golpe al acusador. A pesar de sus sentimientos y de la sensación de injusticia que recorre el barco, el capitán debe ceñirse a la ley y condena a Billy a la horca. Este acepta el veredicto y, tras manifestar su admiración por el capitán, pide al resto de la tripulación que no se rebelen.

La obra nos reta “a cuestionar el bien y el mal, la inocencia y la corrupción, el amor y el odio, y sumergiéndonos en una ambigüedad abierta y sin respuesta”, dice Warner, que pide “no juzgar” a los personajes. Es algo complicado en el caso del malvado John Claggart, pero Brindley Sherrat lo consigue con una interpretación que combina el temor que ofrecen sus presencias ―sus apariciones recuerdan a Darth Vader― con la intuida fragilidad de sus soledades. Es un ángel caído que asume el papel de defensor de la estabilidad, emocional y colectiva, del barco ante la llegada de alguien que, además de un líder, es un elemento perturbador. Claggart sabe que los barcos sólo pueden tener un capitán y que éste sólo debe pensar en el barco. La bañera donde Vere se asea y las hamacas donde descansan los marineros son prácticamente las únicas cesiones a la curva del escenario.

El plano amoroso logra emocionar en la última parte, donde Billy Budd acepta casi con gozo el sacrificio, mientras el capitán Vere se resigna a asumir ese desgarro emocional que le impedirá volver a amar. Es el momento en el que mejor se percibe la fusión entre interpretación, música y escenografía.  Uno muere, el otro comienza a no-vivir. “La música se evapora y deja la sensación de remordimiento”, indicó Ivor Bolton, director musical, en la presentación.

Al relato de Herman Melville, Britten añadió unos breves prólogo y epílogo, donde el capitán recuerda los hechos. “Ese recurso del recuerdo”, indicó Joan Matabosch, director artistico del Teatro Real “hace que el centro esté tanto en el comportamiento de los personajes, como en la angustia del capitán por haber tenido que condenar a ese hombre cumpliendo las leyes vigentes”. “Samuel Beckett haría que la obra volviera a comenzar para ser interpretada de nuevo”, añadió Warner.

En esa segunda visión quizá el plano político ganaría espacio. La obra vuelve a plantear (Otello, Norma, La clemencia de Tito, El holandés errante) el enfrentamiento entre irracionalidad y racionalidad, y sus trágicas consecuencias habituales, sobre todo, para los personajes “intrusos”. La encrucijada de Billy Budd es más interesante porque nada nos invita a defender lo racional. Es complicado no rendirse ante el marinero hermoso, carismático y amable, un Parsifal. El espectador comparte su ira ante las acusaciones de Claggart y desea que, en el último momento, suceda algo inesperado que impida la ejecución final.

Más aún, es casi imposible sentir simpatía ante Claggart, el suboficial que considera que la belleza y el liderago de Budd pueden ser un problema a largo plazo. Pero, despojado de la envidia y, quizá también, de la pasión no correspondida, su personaje encarna al hombre de estado, alguien que es capaz de no ceder ante la emoción del momento y proyectar las pésimas consecuencias de algo aparentemente benéfico. Es un defensor de la estabilidad que asume los caminos torcidos que, según Maquiavelo, debe recorrer lo correcto en ocasiones.

La obra tiene otra mirada, la capacidad de destrucción de los rumores, muy actual en un momento en el que se está redescubriendo el poder de los bulos. Históricamente, las expansiones (o persecuciones) religiosas o nacionales siempre han tenido al frente historias inventadas, bien de milagros o martirios, bien de crueldades o conspiraciones. La idea de que las personas de religión hebrea dominan el mundo, concretada en el libelo Los protocolos de los sabios de Sion, siempre ha justificado el antisemitismo, lo mismo que los bulos sobre menores asesinados, habitualmente convertidos en niños santos.

No es extraño que sea muy complicado por parte de los actores tradicionales oponerse a las informaciones falsas ya que, por ejemplo, ellos mismos las suelen emitir. Por ejemplo, la resolución de la crisis bancaria que comenzó en 2007 estuvo llena de medias verdades y promesas no cumplidas. No es tanto que la mentira haya subido un escalón, sino que hicieron que la verdad descendiera del suyo. Nos queda la ley, como a los marineros del Indómito, aunque no sabemos hasta cuando porque todo lo que sea autoridad es cuestionable; no de una manera crítica, sino porque todo existe en tanto el deseo personal, en tanto me hago un selfie con eso.

En el XXI, como en el XVIII, nos hemos echado a la mar, aunque sea virtualmente. De nuevo, tenemos exploradores que descubren lo que no existía, esos lugares donde había dragones, y los piratas que buscan sacar partido de la ausencia de leyes para, incluso, influir en los procesos electorales ajenos. Es probable que el nuevo mundo sea tan rígido y desigual como el navío imaginado por Deborah Warner, así lo son las nuevas empresas tecnológicas. Como Peter Sloterdijk, debemos volver a preguntarnos ¿quiénes van ―vamos― en esos barcos?, ¿cómo son ―somos―?, ¿quiénes van en los barcos digitales que, tras una ballena o El Dorado, están dibujando los mapas que necesitaremos, ¿acaso vuelve a ser la gente que no cabe en tierra? ¿Quiénes van en esos barcos que descubren, exploraran, comercian, explotan, cazan, investigan, predican, guerrean y, en resumen, están construyen el mundo en el que se vivirá dentro de décadas?

Billy Budd. En el Teatro Real hasta el 28 de febrero

Ficha artística
Dirección musical: Ivor Bolton
Dirección de escena: Deborah Warner
Escenografía: Michael Levine
Figurines: Chloé Obolensky
Iluminación: Jean Kalman
Coreografía: Kim Brandstrup
Dirección del coro: Andrés Máspero
Dirección del coro de niños: Ana González

Reparto
Billy Budd: Jacques Imbrailo
Edward Fairfax Vere: Toby Spence
John Claggart: Brindley Sherratt
Mr. Redburn: Thomas Oliemans
Mr. Flint: David Soar
Lieutenant Ratcliffe: Torben Jürgens
Red Whiskers: Christopher Gillet
Donald: Duncan Rock
Dansker: Clive Bayley
Un novicio: Sam Furness
Squeak: Francisco Vas
Bosun: Manel Esteve
Oficial primero: Gerardo Bullón
Oficial segundo: Tomeu Bibiloni
Amigo del novicio: Borja Quiza
Vigía: Jordi Casanova
Arthur Jones: Isaac Galán

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