Ya somos todo aquello contra lo que luchamos

(Previa de la asamblea de Podemos)
Todo es culpa de El secreto. Y de las series, también. La insistencia en relacionar la ficción (House of cards, Borgen, Juego de Tronos, etc.) con la política ha hecho que demasiada gente crea que está dentro de una historia. Y no. Las narraciones están planificadas, todo sucede por algo; si aparece una pistola en el segundo capítulo, alguien la va a disparar en el cuarto.

En la realidad, no. Buscamos un sentido a las cosas que nos pasan cada día; les quitamos el azar y las situamos dentro de un relato íntimo y flexible: la vida. Si uno cree que está dentro de una historia, todo pasa a ser público y sólido. La narración exige un final redondo cuando la vida nunca lo tiene; no nos dirigimos hacia nada, somos el que sobrevivió a todo aquello. Pensar en una narración cerrada hace que todo el mundo forme parte del trama: compañeros, facilitadores, antagonista y opositores; es decir, buenos y malos. Uno deja de ser protagonista de su propia vida porque ese espacio narrativo se le queda pequeño. Merece algo más.

La evolución del grupo dirigente de Podemos tiene más que ver con el espectáculo que con la maduración. Es decir, se parece más al proceso que sufren los concursantes de Gran Hermano (todo el mundo me mira; soy famoso; soy importante; todo lo que hago es importante) que a la consolidación de un proyecto político. Los miembros de los dos grupos principales en disputa (Iglesias y Errejón) convertirán la plaza de toros de Vistalegre en algo parecido a la Cúpula del Trueno de Mad Max (dos entran; uno sale). Se reunirán con la idea de que todo el mundo está mirando. Y no. Ya, no. El resultado provoca curiosidad, como todo espectáculo, pero ya no es trascendente.

En otoño de 2014, la encuesta del CIS situaba a Podemos como la primera fuerza en intención directa de voto. En primavera, habían irrumpido con cinco eurodiputados y su crecimiento, que parecía no tener techo, provocaba temor en el establishment político, periodístico y empresarial. El PP temía por el gobierno y el PSOE, incluso, por su supervivencia inmediata. Quizá ese miedo estuvo detrás de la despiadada campaña de desprestigio que sufrieron a la que, sin embargo, tampoco sería justo situar como la causa principal de la evolución política y electoral. Un ataque sólo logra su objetivo cuando logra la colaboración de la defensa.

Dos años y dos elecciones generales después, el panorama ha cambiado. Podemos ya no capta votos transversalmente, sino que está situada en un espectro concreto. Amplio, pero delimitado. Salvo un futuro shock, tiene un techo claro y no sólo no da miedo, sino que resulta un rival muy cómodo para ese establishment porque impide la construcción de alternativas.

La referencia más ajustada del actual modelo español, según el politólogo Pablo Simón, es la I República italiana: un bloque sólido de centro-derecha que dispone de amplias ramificaciones en los centros de poder, un partido de centro-izquierda flexible que dispone de vínculos con algunos movimientos sociales y culturales, y una formación de centro dinámica que captura a las nuevas generaciones y a los desencantados. Los tres, proporcionalmente a su peso, controlan los resortes. Completa el panorama una fuerza con la que no hay puentes y que empuja al resto a entenderse.

En democracia, cuando no hay mayorías, el acceso al poder se logra por interacción. Puede ser una negociación, donde varios actores buscan el beneficio mutuo o por decantación. Esto último sucede cuando algo externo o interno provoca que todos los actores tengan que decidirse por una opción que no consideraban. Lo segundo, tras el fracaso de lo primero, llevó a Rajoy de nuevo a la Moncloa. Las fuerzas cuya función principal era impedirlo, PSOE y Podemos, están en crisis.

Ese fue el momento clave. En la investidura de Pedro Sánchez, el proyecto Podemos, que ya no era el proyecto Cambio, pasó a ser el proyecto Iglesias. Este fin de semana, se decidirá si eso sigue siendo así. No será fácil. Los debates políticos, si los hay, llevan meses enturbiados por las cuestiones personales y éstas harán todo mucho más difícil. Amigos, examigos, novios,  exnovios, compañeros de trabajo, etc. Todos a la gresca. Es probable que haya escenas duras; el reto a superar es el Comité Federal del PSOE en el que dimitió Pedro Sánchez.

Pero lo que suceda no será definitivo por la propia dinámica interna del partido, vinculada al espectáculo, a la agitación permanente en torno a un hecho concreto (conflicto, elecciones, movilización, debate, hashtag, etc.), y a la necesidad de un rival  externo (la casta, la vieja izquierda, el PSOE) o interno. Todo ello, con presencia constante en la esfera pública. Las redes sociales no son sólo su herramienta de comunicación, sino una forma de estar en el mundo. Es el ritmo youtuber. Hay que estar haciendo algo y que lo vea todo el mundo. El debate en el PP sobre si Cospedal puede ser ministra y secretaria general está siendo importante, pero no se retransmite por twitter.

También, al no existir un enfrentamiento político, sino una cuestión personal, la  negociación (recordemos: varios actores buscan el beneficio mutuo) es casi imposible. El choque, muy masculino, precisa de la desaparición última del grupo contrario (el antagonista y sus colaboradores). A pesar de que todos los participantes lo niegan, la opción de la escisión es bastante probable. No este fin de semana, claro.

Incluso, es previsible que el grupo vencedor no logre sobrevivir hasta las próximas elecciones. El punto clave llegará en las elecciones municipales de mayo de 2019. En 2015, Podemos se integró en candidaturas ciudadanas en las que su presencia no correspondía a su fuerza electoral y otras formaciones, como IU o Equo, estaban sobreponderadas. Fue un éxito, pero es probable que Podemos quiera presentarse con sus siglas o bajo la coalición Unidos Podemos, un proyecto más pequeño que las candidaturas ciudadanas. La negociación será tensa y el PP, que en 2015 estaba tocado, tratará de aprovecharlo para recuperar poder local. La pérdida de ayuntamientos emblemáticos, como Madrid o Zaragoza, es un escenario probable y volverá a poner sobre la mesa una nueva reformulación del proyecto. Quizá, desde Barcelona.

Porque, independientemente de las posiciones políticas de cada uno, la aparición de Podemos ha sido una suerte. La ruptura del contrato social y la desconfianza hacia la UE, en ocasiones, promotora del empobrecimiento ha provocado cambios políticos en casi todos los países y, en la práctica totalidad, la derecha populista y xenófoba ha ocupado el espacio del cabreo. En España, tenemos un proyecto constructivo a cargo de gente preparada y dialogante, que no legitima ningún tipo de acción violenta y que ha intentado, con poco éxito, tener un proyecto más allá de echarle la culpa a alguien.

Probablemente, ese ha sido el problema. El deseo de ganar las elecciones, de capitalizar el cabreo y la ilusión, ha devorado la construcción de un marco ideológico y todo se ha basado en la ley de la atracción de El secreto de Ronda Byrne: “Saber qué es lo que uno quiere (el sorpasso al PSOE, por ejemplo) y pedirlo al universo”; después, “enfocar los pensamientos de uno mismo sobre el objeto deseado con sentimientos como entusiasmo o gratitud” y “sentir o comportarse como si el objeto deseado ya hubiera sido obtenido”.

El grupo dirigente de Podemos se ha sentido dentro de un proceso histórico que les conducía a un éxito inevitable: somos nuevos y el resto, viejos; tenemos razón y el resto, no; somos jóvenes, preparados, mejores…. Y no. Como sostiene el periodista Esteban Hernández, “esto no va de abrimos la tienda, nos anunciamos por la tele y todo el mundo acude en masa como si fuera Primark, sino de hacer pensar a la gente que con otro Gobierno le iría mejor en su vida cotidiana”.

No se discutirá mucho sobre la vida cotidiana en Vistalegre. Lo que está en juego es el poder. El ensimismamiento ha hecho que los conquistadores parezcan náufragos sin apenas haberse movido de la playa en la que desembarcaron. El señor de las moscas es el libro que mejor explica lo que ha sucedido en Podemos. “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos”. El verso de José Emilio Pacheco lleva meses retumbando sin que nadie lo haya pronunciado.

(Publicado en GQ)

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