El desguace de la Ilustración

A propósito de El Holándes Errante de Richard Wagner (dirección escénica de Àlex Ollé y; dirección musical de Pablo Heras-Casado)

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En el siglo XXI, ya no existen los grandes relatos. Suele repetirse que murieron las ideologías fuertes que abrigaban material e intelectualmente ofreciendo, no sólo una explicación coherente del mundo, sino una línea histórica. Más que libros, símbolos u organizaciones, eran la posibilidad de sentirse dentro de algo más grande, algo que venía de lejos y por cuyos objetivos merecía la pena sacrificarse.

Pero no es cierto. Sí hay grandes relatos y disfrutan de un excelente vigor. O, al menos, de una salud inesperada para el siglo XXI, ya que era el momento en el que estaba prevista su muerte o, por lo menos, un cierto declive social e intelectual. Sí existen grandes relatos porque ahí están las religiones y el nacionalismo. No han muerto todas las ideologías; sólo, las racionales.

Lo que ya agoniza es el progreso, un concepto que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana, una evolución, no siempre lineal, en las condiciones materiales y espirituales dentro de un gran conjunto cuya suerte compartimos. Debemos aprender y estar agradecidos a los que nos precedieron y esforzarnos para que la vida de los que vendrán sea mejor. Estamos montados a hombros de gigantes, sostenía Salisbury.

La religión, en cambio, es una narración cerrada y prefiere la palabra destino. Hay un origen de todo al que suele suceder un momento perfecto que se estropea por la acción humana, cuya única tarea es reparar ese instante. El destino es la salvación personal en ese fin de los tiempos, el triunfo incontestable de la divinidad. Todo está ya escrito es una frase habitual en las religiones y que, con cierta frecuencia, ha precedido a la proscripción o desaparición forzada de otros libros.

El robo del fuego

Todo dejó de estar escrito en el siglo XV europeo, cuando comenzaron a descubrirse las civilizaciones antiguas y científicos, filósofos o artistas decidieron desestimar la revelación divina como fuente de conocimiento y se subieron a los hombros de esos gigantes. Todas las religiones tienen pequeñas narraciones, el fuego de Prometeo o la manzana del Edén, sobre ese momento en el que comienza a existir la condición humana, lo que sucedió en Europa entre el Renacimiento y la Ilustración, lo que Kant llamaba “salida de la minoría edad” por “falta de ánimo de servirse del propio entendimiento”, y del que España, por ejemplo, decidió aislarse con la Contrarreforma.

Si queremos elegir un momento, podemos decir que robo del fuego se produjo el 11 de diciembre de 1750 cuando Anne Robert Jacques Turgot pronunció en la Sorbona el discurso llamado Cuadro filosófico de los progresos sucesivos del espíritu humano. Turgot, que pasa por inventor de la palabra progreso, sostuvo: «La razón, las pasiones, la libertad producen sin cesar nuevos acontecimientos. […] Los signos arbitrarios del lenguaje y de la escritura, al dar a los hombres el medio de asegurar la posesión de sus ideas y de comunicarlas a los otros, han formado con todos los conocimiento particulares un tesoro común que una generación transmite a la otra, constituyendo así la herencia, siempre aumentada, de descubrimientos de cada siglo. […] La masa total del género humano, con alternativas de calma y agitación, de bienes y males, marcha siempre –aunque a paso lento– hacia una perfección mayor».

La leyenda de El holandés errante también es una de esas pequeñas narraciones sobre los límites de la condición humana, sobre los peligros del movimiento, físico o intelectual. El capitán Van der Decken recibe la maldición de navegar eternamente sin rumbo por firmar un pacto con el diablo que le permitía hacerse a la mar sin tener en cuenta a dios, es decir, las condiciones meteorológicas o los accidentes geográficos. O, según la versión más popular, la romántica, por querer doblar a toda costa el cabo de Buena Esperanza.

Ese pacto era real y se había firmado el siglo anterior, el XVIII, con la máquina de vapor de Watt o el cronómetro de Harrison, que permitía calcular la longitud sin mirar al cielo. Los barcos del XIX podían navegar sin tener en cuenta a dios. Entre ellos, los numerosos que tomó Humbold, impulsor de la ciencia moderna, o el Beagle, que llevó a Charles Darwin por el mundo durante casi cinco años. Era algo que llevaba décadas sucediendo en tierra firme, donde la divinidad ya no servía para sustentar estructuras de poder. El mar era una de las últimas fronteras; la otra, el cielo, tuvo que esperar un siglo más.

¿Dónde podría ser posible algo así?

El montaje de El holandés errante de La Fura dels Baus presentado en el Teatro Real se entiende mejor si, como propone Àlex Ollé, se reinterpreta el personaje del capitán maldito como una elaboración de Senta. La protagonista femenina está atrapada en un mundo arcaico donde no cabe el progreso, sino el destino, la sumisión, y “el holandés es la emanación de sus sueños de libertad”. Ese mundo primitivo es Chittagong, la segunda ciudad de Bangladesh y uno de los principales centros mundiales del desguace de barcos. “Daland vende a su hija, Senta, al Holandés y pensamos ¿dónde podría ser posible algo así?, ¿dónde la vida humana vale tan poco? Habíamos visto un documental sobre Chittagong y recordamos ese lugar, uno de los infiernos en la Tierra”. Como Marlow, Ollé quiere explicaros el horror.

Más que en el capitalismo irracional, la puesta en escena nos sitúa en el pacto de ambos contra el progreso. Es un mundo autoritario, violento e irracional; a veces, mecánico, como en el traslado de las piezas del barco, y a veces, arrebatado, como en la discusión última entre Senta y Erik, su pretendiente frustrado, reinterpretada patriarcalmente. A alguien que ha robado el fuego, como el Holándés, sólo le queda el abatimiento que, en lenguaje marítimo, significa perder el rumbo. A alguien que quiere ser libre, como Senta, sólo le queda desaparecer.

Capitalismo e irracionalidad

Los grandes relatos ideológicos del XIX, con indiferencia de su espectro político concreto, parten de esa idea del progreso humano y de la Ilustración, es decir, del reconocimiento de los derechos humanos. La puesta en escena nos presenta un mundo en el que esa condición humana ha naufragado, algo que diluye la presencia de los protagonistas y su capacidad de evocación, empequeñecida ante el despliegue escénico: la tormenta, el barco, la playa o el mar ensangrentado del final. Todos esos elementos, más que escena, son reparto.

Es complicado sostener, como hizo Ollé en la presentación de la obra, que nos encontramos en un “momento racionalista”. Como sucedió en el XIX, presenciamos un reflujo de la irracionalidad con diversas intensidades. En algunas partes del mundo, el Estado, la principal concreción racional de la organización humana, debe compartir su espacio con los intereses económicos; en otras, como el mundo árabe, ha sido desguazado para que la religión vuelva a ocupar su espacio.

Es un fenómeno político que suele examinarse de forma separada, país a país, o limitando el interés a las consecuencias que nos afectan, emigración o terrorismo, los barcos que se varan en nuestras playas. Conviene observar la evolución del mundo árabe desde los años 60, o la del Este de Europa, para comprobar cómo capitalismo e irracionalidad pueden acabar con el legado de la Ilustración, en fase inicial en la mayoría de casos. La imposición del modelo neoliberal precisó del acuerdo entre el capitalismo preilustrado y las diversas religiones y no se explica el retroceso en países como Hungría, Afganistán, Egipto o Israel sin esta confluencia de intereses.

Se nos suele presentar la necesidad de elegir entre libertad y seguridad, pero esa es una disyuntiva que pertenece a un mundo preilustrado que obliga a elegir entre vivir intramuros, donde hay protección a cambio de servidumbre, o extramuros. Esa bifurcación es un camino sin salida porque, al renunciar a la Ilustración, Occidente está dejando de tener un modelo de convivencia, lo que quiere decir que acepta el choque entre iguales, entre irracionalidades. La alternativa no es el apaciguamiento, sino el enfrentamiento entre desiguales; cabe recordar que el primer ejército popular del mundo se construyó al grito de “libertad, igualdad, fraternidad”, tres conceptos que están en el desguace.

El corazón de las tinieblas

El pacto firmado con el diablo en el XIX para navegar sin tener en cuenta a dios tenía una maldición. Mientras Humboldt y Darwin creaban las bases de la ciencia moderna con sus viajes, Joseph Conrad recorría el río Congo en el Roi des Belges. Al final de su viaje, no hay una teoría ni un atlas, sino el horror de Kurtz que Marlow traslada de la colonia al corazón de las tinieblas, la metrópoli. A pesar de estar a hombros de gigantes, la oscuridad está siempre ahí y Conrad nos indica que conviene no verla como algo externo. Debemos pensar en el mundo como un todo y arrinconar la superioridad moral que nos hace pensar que hay cosas que no pueden suceder aquí o ahora.

El pacto para navegar sin tener en cuenta a dios es la globalización, un modelo que, al desguazar la Ilustración, tiene menos que ver con el capitalismo que con el colonialismo. La estructura económica (precariedad, subcontratación, deslocalización, paraísos fiscales, verticalidad, etc.) que se ha desarrollado en las últimas décadas cobra más sentido si la relacionamos con el funcionamiento del sistema colonial desligándolo del factor geográfico. Es decir, todos formamos parte de la colonia, los estados están reduciéndose al papel de administradores, obligados a trasladar el sufrimiento, como Kurtz, y la metrópoli, el corazón de las tinieblas, no figura en los mapas. El siguiente paso es llevarla a la nube.

Chittagong, el desguace, no es un reducto del pasado y es tan externo como lo son los tumores del órgano donde nacen. No cabe preguntarse dónde podría ser posible algo así, dónde puede estar ese mundo arcaico, violento, donde no hay progreso ni libertad, donde la vida humana no vale nada, porque nos lleva a verlo todo desde fuera e incluso contemplarlo con los ojos coloniales: dónde podría ser aún posible algo así. Evitemos el juicio o la compasión. Es interesante cambiar el complemento de tiempo y afrontar la pregunta incómoda: ¿dónde podría ser ya posible algo así? Porque, si continuamos con el desguace de la Ilustración, si seguimos renunciando al progreso, si no entendemos que la seguridad es consecuencia de la libertad, lo único que nos salva de ese modelo es que no somos competitivos, aún.

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