Por qué sí necesitamos una serie sobre Serrano Suñer (y sobre cientos de personajes históricos más)

“Ese día, la humanidad perdió una batalla”, sostenía Berto Romero, al imaginar el momento en el que “una persona, en algún lugar del mundo, sintió la necesidad de aclarar la piel ligeramente oscura que rodea al ano”. En todo, también en el blanqueamiento anal, hay un Tesla y un Edison, un Elvis Presley y un Carl Perkins. Elvis es Paris Hilton, que popularizó la operación, como hizo también con la vaginoplastia, hasta el punto de introducirla en la carta de las clínicas de estética y las cosas que uno puede ver si tiene todo el día la tele puesta. El Carl Perkins del anal bleaching, todo queda mejor en inglés, es Tabitha Stevens, una actriz porno muy de los noventa, cuando el modelo femenino era Barbie. Su cuerpo, sometido a numerosas operaciones, entre ellas seis implantes de pecho y cuatro operaciones de nariz, incluido un implante total, es ya una performance.

Porque hay que tener en cuenta que la operación, como toda intervención humana, como cualquier acto creativo, tiene un sentido ideológico. El objetivo del aclarado es que el espectador olvide que el ano es un orificio que se encuentra al final del tubo digestivo y, sobre todo, que su función anatómica es controlar las heces. No busca que pensemos sólo que algo es lo que no es, sino que es otra cosa, que simulemos desconocimiento previo. Hay que olvidar lo que sucede en ese sitio, no sólo el tránsito de los deshechos, su aspecto, su olor, sino incluso los usos culturales y sociales que, en los humanos, tienen que ver con el gozo. Se trata de relegar el sentido completo de un lugar para que prevalezca, no el placer, sino la estética inmóvil. Podríamos decir que es una gentrificación anatómica.

La base ideológica del blanqueamiento anal es la misma que la del blanqueamiento histórico. El blanqueamiento histórico busca presentar momentos o personajes de una manera más agradable, ocultando las cuestiones conflictivas. Por ejemplo, la visión patriarcal hace que heroísmo y homosexualidad no combinen bien, así que se omite lo segundo no sólo en el caso de personajes históricos, como Alejandro Magno, sino también con los de ficción, como Aquiles.

El concepto mezcla habitualmente propaganda y narrativa, ideología y relato. Cuando prevalece la primera, la cosa no funciona; todas las modernas teorías sobre la persuasión corroboran algo que ya explicó Mary Poppins: “con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor”. Para entendernos, se trata del tratamiento de la esclavitud en Lo que el viento se llevó; para entendernos mejor, cabe verla en el mismo programa doble que Doce años de esclavitud.

Por ejemplo, la famosa carga de la Brigada Ligera de la Guerra de Crimea no fue un acto de heroísmo, sino la consecuencia trágica de una orden mal entendida. Pero la verdad no trascendió fuera del ejército, donde se revisaron las comunicaciones, y Alfred Tennyson hizo un bello poema que elevó la moral de la tropa de Su Graciosa Majestad durante decenios. Siempre hay que ir a la guerra con un buen poema. (Hoy, seguro que algún medio ya habría publicado los Crimea Leaks con las comunicaciones confusas de Lord Cardigan a Lord Ragan que provocaron el desastre. Y habría dado igual).

El debate sobre el blanqueamiento histórico ha regresado por la serie Lo que escondían sus ojos, protagonizada por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y seis veces ministro en sus primeros gobiernos (Interior, Gobernación o Exteriores), además de presidente de la Junta Política del partido único, Falange Española. Como en el blanqueamiento anal, se trata de olvidar la parte olorosa, lo sucio, para centrarse en la estética.

La serie, aunque no esconde su admiración por la Alemania nazi, presenta a Serrano como una mezcla de político astuto, un poco Underwood, y playboy-socialité, lo que fue el Conde Lequio en los 90. Se obvia su responsabilidad, no sólo en la represión posterior a la Guerra Civil, sino en la deportación de los más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazis.

Tras el primer capítulo, se abrió una petición de firmas para pedir la retirada de la serie, de la que se considera que hace apología del franquismo. En medio, la historia. La dicotomía blanqueo-cabreo provoca la postergación de la historia, algo que siempre trae disgustos y frustraciones. Serrano Suñer merece una serie que profundice en su vida intensa, con todo el tránsito de heces que tuvo y que no tenemos que limpiar desde el presente. Normalmente, se suele juzgar con severidad el pasado para poder no tener que hacer nada con el presente.

Una serie que explique cómo escapó del Madrid republicano vestido de mujer, todas las negociaciones de la II Guerra Mundial, el juego entre Alemania y la Gran Bretaña, y cómo, en los años 60, colaboró con la trama de ultraderecha que quiso dar un golpe de estado en Francia. Una serie en la que se explique que fue el fundador de la ONCE, el promotor de la reconstrucción de las zonas destruidas por la guerra y el principal autor de la legislación laboral franquista, donde se creaba el salario mínimo y situada, en muchos artículos, a la izquierda de todo el arco parlamentario actual. Ese pacto social ayuda a entender, más allá de la afiliación ideológica, la pervivencia del franquismo.

También debería contar, a través de los amigos de Serrano, como Carceller o Mora Figueroa, el cambio social que provocó la guerra y que permitió a los vencedores no sólo ocupar el poder, sino acumular fortuna a través de las propiedades incautadas, concesiones públicas o, incluso, usando prisioneros como mano de obra, situación que aclara por qué es tan espinosa la cuestión de la memoria histórica. También sería muy interesante reconstruir cómo Franco rechazó la Ley de Organización del Estado, inspirada en la Italia de Mussolini, de Serrano Suñer. Es decir, cómo se rechazó el fascismo como estructura y optó por un modelo más cercano a las dictaduras conservadoras. Sin esa visión de conjunto, es complicado entender las cosas.

Pero nadie quiere saber qué pasó porque el tránsito intestinal de la historia es desagradable. Huele. Y nadie tira de la cadena.

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