Maitines

Este verano escribí­ una farsa montalbaniana sobre la muerte del lí­der de la oposición titulada Asesinato en Maitines. En ella, el trasunto de Rajoy aparecí­a muerto antes de la celebración de los Maitines de una forma canónica: su cuerpo desplomado sobre la mesa con un hilo de sagre en el cuello. Al contrario de las novelas de Agata Christie, donde Poirot tiene que elegir entre un grupo en el todos son sospechosos, el comisario Tarrés, protagonista de mi farsa, comienza de cero porque, como dice uno de los personajes, nadie lo odiaba y, sobre todo, nadie tení­a motivos para matarlo porque se estaba suicidando. Hace dos fines de semana, el periodista Ramí­rez, referencia mediática del bloque de la derecha, publicó un durí­simo artí­culo en el que daba por amortizado a Rajoy, al que acusaba de haber construido un partido percibido como duro, inflexible, anticuado y antipático que reacciona a golpe de calentón. En una jugada lí­quida y maestra, el director del periódico que ha basado su lí­nea informativa en declaraciones, o calentones, de confidentes y traficantes, acusaba a Rajoy de ponerse la boina por la referencia familiar en su desafortunada declaración sobre cambio climático. Ante el agotamiento de la rentable conspiración tras la sentencia y la proximidad de las generales donde el PP puede perder o no gobernar, que viene a ser lo mismo, el periodista suelta lastre y se sitúa ya en la sucesión donde quiere ser, y lo será, un actor clave. Lo apuñalé, dirá Ramí­rez como Bruto, porque amaba más a España.

Rajoy fue elegido porque era receptivo a las múltiples peticiones de las multiples familias, al ser el único que no tení­a equipo ni camarilla. Fue elegido porque habí­a conseguido bandear protocrisis como la congelación del sueldo de los funcionarios, apagar fuegos como el provocado por Aguirre con el decreto de Humanidades, tapar agujeros como el dejado por Mayor Oreja al irse a Vitoria o enderezar rumbos como el de la gestión comunicativa del Prestige. Y todo sin presumir, dar entrevistas intempestivas ni desviarse en los momentos complicados. Pero fue elegido para gestionar la pérdida de la mayorí­a absoluta, no la derrota. Su gran éxito ha sido la supervivencia. Hace tres años, tras la derrota, nadie esperaba que siguiera donde está. Todo el mundo anunciaba que, tras algún traspié electoral, la presión de los grupos provocarí­a un Congreso Extraordinario del que saldrí­a seguramente Esperanza Aguirre. Pero no ha sido así­; Rajoy sigue vivo y lo recordaba el una entrevista de desagravio publicada en el Mundo el fin de semana pasado; está vivo, aunque esperando su muerte anunciada.

Las primeras semanas de oposición, el PP estaba noqueado y se centraba en lanzar el mensaje de ‘no hemos mentido; vosotros, sí­’. El anterior equipo, sobre todo, el anterior presidente buscaba rehabilitar su figura tras los dí­as de marzo e incluso estaba dispuesto a admitir errores. Deprisa, como ha sido la norma todos estos años, se incluyó un apéndice en un libro en el que reconocí­a que no se habí­a prestado atención al terrorismo islámico. La deuda con las personas que habí­an dado la cara los dí­as de marzo se saldó con los ascensos a la secretarí­a general y a la portavocí­a parlamentaria. De la rehabilitación se pasó a la revindicación y el mensaje posterior fue ‘no hemos sido; vosotros, no se sabe’ y, como el anterior, no lo lanzó Rajoy, sino el entorno del partido y fue rápidamente asumido por el equipo teóricamente saliente que acabó quedándose para completar su revindicación. En la comisión parlamentaria de mayo-junio, Aznar habló de desiertos lejanos y, en septiembre de 2004, El Mundo ya estaba publicando las cartas de Zohuier al Rey donde vinculaba a Eta con el 11-M y se insinuaba la existencia de tramas en los servicios de seguridad para ocultar la preparación del atentado a los dirigentes polí­ticos de Interior.

Rajoy convocó varios actos para poner su punto y aparte pero su voluntad de no abrir heridas entre las múltiples familias (se hablaba mucho de las escisiones) se concretó en incapacidad para tomar decisiones drásticas que transmitieran ese punto y aparte. El vací­o fue ocupado por el entorno mediático-cí­vico que fue asentando su músculo a golpe de noticia y manifestación hasta asumir el control del bloque de la derecha, que incluso asumió su lenguaje (ataque a la familia, desmembración de España, rendición ante Eta, venta de Navarra). El entorno logró notables éxitos con su movimiento uniformemente acelerado y, durante varios años, impuso su agenda, gracias también al escaso pulso polí­tico de los ministros y al gusto del presidente por la apertura de frentes multitarea que asumí­a como batallas personales. El Gobierno iba a remolque. Sin embargo, el PP no despegaba porque su mensaje era punk: corto, rápido, duro e insoportable. Y, además, sin enganche con la realidad. La familia no se rompí­a, España no se desmembraba y, además, los centro comerciales rebosaban todos los domingos de familias comprando televisores de pantalla plana.

El movimiento uniformemente acelerado, el lenguaje punk, comenzó a agotarse el verano pasado. Quizá fue por el cansancio de la repetición y la imposibilidad de encontrar nuevas cotas de provocación, los dos factores que mataron al punk en 1978; aunque también puede ser que, en realidad, nunca tuvieran nada que decir. El lenguaje se agotó justo después del triunfo popular, matizado como todos, en las elecciones locales de mayo y justo cuando comenzaba el vértigo de las generales. El matiz de las locales está en los espectaculares resultados de Madrid y Valencia. Es posible que estas dos comunidades hayan sido más receptivas al mensaje acelerado sobre la destrucción de España pero nada sucede sólo por un factor. La bonanza económica de ambas comunidades, concretada en grandes obras públicas y en proyección de marca, dos cosas visibles, o la desestructuración del rival también son factores a considerar. También, que no se celebraron autonómicas en los puntos fuertes del bloque socialista, Andalucí­a y Catalunya, y en otras dos Autonomí­as donde el PSOE se beneficia del voto útil procedente del nacionalismo: Paí­s Vasco y Galicia. Las generales tienen otro eje porque es el Gobierno quien puede gestionar conceptos como la bonanza económica, la paga extra de la desviación de la inflación o las grandes obras públicas, usar armas como la publicidad institucional o las regalí­as sectoriales y concentran el voto. Como se comprobó en los pactos postelectorales locales, el PSOE es quien mejor sabe aglutinar tendencias porque es quien menos animadversión provoca. El PP no logró aprovechar la corriente de su victoria en las elecciones locales porque quien está siempre acelerando no puede tomar impulso. Y, claro, el vértigo de las generales.

Las próximas elecciones a Cortes serán la última oportunidad de la generación salida de las elecciones de 2004. No de la generación de Aznar porque Arenas, Rato, Piqué o Aguirre, por decir cuatro nombres, pueden tener recorrido pero sí­ de las personas que han formado el grupo dirigente estos años y no sólo los nombres más conocidos. El próximo lí­der tendrá su grupo y tendrá que pactar con otros que también tendrán sus grupos y los de hoy tendrán que abandonar la primera fila para, si acaso, ocupar puestos subalternos. Las listas que la dirección no quiere hacer tienen que ser un pacto entre el presente y el posible futuro pero nadie quiere sacrificarse porque estar ahí­ es negociar con algo, aunque sea con la propia muerte. Todos menos Rajoy porque los que él ha dejado conducir el tren hasta casi estallar la locomotora y descarrillar lo señalarán como culpable del retraso. í‰l, que no quiso cortar cabezas, perderá la suya. En la farsa que escribí­ hay el siguiente diálogo: “Madrid necesita sangre. Esto es una selva y, en la selva, no hay ganaderos y agricultores, sino cazadores y recolectores. En esta ciudad, un triunfo no tiene mérito si no ha habido guerra y se enseñan los cadáveres. Tienes que matar a alguien y llevar su cabeza en el cinturón”. La mujer tarda unos segundos en reaccionar a la exposición teórica y responde: “él no mató a nadie”. “Y ahora está muerto”, completa el interlocutor.

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