Dios y leyes viejas

(A propósito de Norma, de Vicenzo Bellini. Puesta en escena de Àlex Ollé)

“Ha estado bien, a pesar de la puesta en escena”, decía sonriendo un anciano por los pasillos intestinales de los cines de Príncipe Pío. “Bueno, es lo que se espera de La Fura dels Baus”, respondió su amigo, que llevaba un traje azul de rayas, parecido al que usé para hacer la primera comunión. Ambos comenzaron a elogiar a Sonya Yoncheva, que acababa de morir en una cruz de fuego encarnando a la Norma de Vicenzo Bellini.

Bajando por la escalera mecánica en dirección al intercambiador de autobuses, no podía quitarme de la cabeza esa última frase: “Es lo que se espera”. Para un artista, suena a epitafio. Si nos quitamos el cinismo, sorprender y provocar no son obligaciones del arte de vanguardia, sino del arte a secas, como la búsqueda de la belleza, a pesar de que la posmodernidad nos diga que no existe. Quizá, su vinculación a lo bueno y lo verdadero sí ha quedado desubicada. El compromiso del artista, es hacer pensar y tocar las narices con su obra. No sólo tocar las narices, no sólo hacer pensar y, en ambos casos, con una obra.

Para el anciano del traje azul de rayas, las 1.200 cruces, estéticamente apabullantes, que llenaban el escenario del Covent Garden en la puesta en escena de Àlex Ollé eran algo previsible, lo mismo que los reclinatorios, los confesionarios, el altar, las cofradías de Semana Santa o los ‘empalaos’ de Valverde de la Vera. Incluso, los militares con bigote y gafas ahumadas, como Oroveso, el padre de Norma, figura que se inspira en Pinochet, pero que, sería injusto no decirlo, también bebe del facha cinematográfico español: López-Vázquez, Agustín Gonzalez, etc.

Esa condición de previsible también quedaba clara al oír a Kasper Holten, director artístico de la Royal Opera House. “Temperamento mediterráneo”, dijo en la entrevista previa. Al escucharle, era complicado no tener la sensación de que esa puesta en escena era exactamente la que cabía esperar de un español. Seguro que, en el entreacto, los hombres con traje azul de rayas del Covent Garden recordaron a Almodóvar, Buñuel o Lorca.

Las 1.200 cruces de la cueva de la sacerdotisa Norma, los reclinatorios, los confesionarios, el altar, las cofradías de Semana Santa o los ‘empalaos’ de Valverde de la Vera sí podrían causar algún pellizco en los teatro españoles porque, en España, el consejo de ministros sí se celebra habitualmente en una cueva con 1.200 cruces y el militar con bigote y gafas ahumadas no es una figura folklórica, sino que participa habitualmente en el debate político y te puede detener cualquier día por cualquier cosa.

Aquí, sí hay dirigentes que, para saber lo que deben hacer, necesitan que un druida queme muérdago y lea en sus cenizas. Uno de ellos, por ejemplo, controla la policía. Aquí, donde no tuvo lugar la Ilustración y el Renamiento acabó en la hoguera, una formación cuyo lema es “dios y leyes viejas”, el PNV, es considerada un ejemplo de modernidad. En Inglaterra, las 1.200 cruces corren serio riesgo de ser una postal más de ese mediterráneo entregado a la pasión irracional de los celos o la religión.

Pero la actualización es magnífica. Hablar de Norma como la lucha de persona, de su felicidad y su proyecto, frente al grupo y cómo la irracionalidad de la religión es capaz de dirigir al segundo, es una idea muy interesante. La clave, la da el propio Àlex Ollé en una entrevista en La Vanguardia: “[Norma es] un personaje muy humano cuyas dudas y problemas son actuales. Su pueblo la quema cuando se siente traicionado… nada que no veas hoy con el ISIS”.

Ahí nos lleva la brújula. En la entrevista, Ollé sostenía que no había querido retratar a una religión concreta, sino la represión de la ideología y el fanatismo. Pues, en ese aspecto, el desafío intelectual y político que tenemos los espectadores de esta Norma no tiene nada que ver con cruces, reclinatorios o confesionarios. Mientras veía la representación, era incapaz de no imaginarme una puesta en escena un poco diferente: una mezquita de Whitechapel como la cueva de Norma, vestida con chador.

No dejaba de pensar que esa puesta en escena pellizcaría el estómago desde las primeras frases, cantadas por Oroveso y los druidas: “Con tu aura profética, oh dios terrible, inspírala; infúndele […] ira y odio contra los romanos, sentimientos que acaben  con esta paz, para nosotros mortal. […] En la ciudad de los césares, con tremenda fuerza retumbará”.

En Londres, no me atrevo a afirmarlo de España, todo el mundo entiende la irracionalidad de la religión y sabe distinguir un fanatismo, han financiado o amparado varios como el que tuvimos en España o el chileno, pero quizá la irracionalidad del miedo queda más difusa y también es un factor que también provoca fanatismos. Ese es el problema actual con la irracionalidad. No su existencia, sino la respuesta que ofrecemos.

Unos exigen y otros aceptan estados de excepción, leyes especiales, toques de queda, cárceles secretas o campos de concentración. Se legitima la mentira o el autoritarismo, siempre que se ajuste a los objetivos tácticos, actuaciones que no sólo nos desarman moralmente, y nos hacen comportarnos colectivamente como hijos de puta, sino que acaban con las zonas intermedias. Al no haber individuo, no hay matices, no hay moderación, hay que unirse a un grupo. Frente a la incertidumbre, las naciones, no como estado, sino como conjunto de tradiciones y creencias, como fe, como la cueva de los druidas, se ofrecen como un buen refugio: dios y leyes viejas.

Cuestionar la Ilustración no parece el mejor modo de defenderla, pero aceptamos la irracionalidad para acabar con la irracionalidad. Ese es el desafío.

1 comentario sobre “Dios y leyes viejas”

  1. Javier dijo:

    Bueno y acertado, Jorge. ¡Bravo!
    Gracias una vez más por compartir tu lucidez.

    Un abrazo.

    Javier

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