Regresar al conflicto

El relato más extendido sostiene que la derrota de la izquierda se produjo en los años 80 del siglo XX y sus verdugos fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II. Es una narración equívoca, ya que el vencido en 1989 fue el bloque soviético. Esos tres actores sí impulsaron un modelo económico que se ha ido extendiendo durante estas décadas gracias a la que la izquierda llevaba décadas derrotada por, es cierto, un presidente, un primer ministro y un papa; concretamente Franklin Rosevelt, Clement Attlee y León XIII.

El estado del bienestar, basado en el socialismo democrático / burgués representado por Keynes y el socialismo caritativo de la doctrina social de la Iglesia, desarboló el poder emancipador y revolucionario de la izquierda. La vejez de esos conceptos es otro síntoma de esa derrota. Si la izquierda no busca “acabar con cualquier tipo de subordinación o dependencia” o “un cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad” quiere decir que no existe, que es la situación política en la que nos encontramos.

La izquierda se basa en la existencia de una realidad, la lucha de clases. La sociedad está dividida en grupos de origen económico, clases, que están en disputa permanente por el reparto de los recursos. El objetivo final, tras el fin de la explotación del hombre por el hombre, es la toma del poder por parte de uno de esos grupos en los que se divide la sociedad, la clase trabajadora, la que debe vender su fuerza de trabajo para subsistir, a través de la concienciación, la organización y el conflicto, implícito o explícito. Todas estas herramientas son absurdas si la realidad de base, la lucha de clases, no es aceptada por una amplia mayoría social y esa fue la consecuencia del estado del bienestar. Primero, dejó de haber lucha; después, ni siquiera hubo clases.

El concepto clave es el pacto social que provoca, por primera vez en la historia de una forma amplia, la terrenalización del progreso. El avance personal o generacional era algo reservado a la religión porque la marcada división social hacía que los trabajadores (antes, siervos de la tierra o de su oficio) sólo pudieran tener un horizonte emotivo a través de la espiritualidad: la vida eterna. El estado del bienestar permitió, no sólo que la persona se convirtiera en pleno sujeto de un amplio abanico de derechos prácticos y morales, sino el reconocimiento de su vida física como territorio de progreso. Es decir, el pacto social permitía que una persona tuviera un margen de avance (económico, social y, sobre todo, cultural), una evolución que le proporcionaba un relato íntimo de su vida y con posibilidad de ser patrimonializado, es decir, ser legado a los descendientes.

Esta idea de progreso personal, este horizonte de mejora (económica, social y, sobre todo, cultural), terminó con la noción de lucha de clases. No sólo no se reconocía el valor del concepto como impulsor de ese estado del bienestar a través del conflicto, implícito o explícito, sino que pasó a convertirse en algo incómodo que convenía arrinconar. El desprestigio de la huelga es un buen ejemplo. La persona, protagonista de su propio relato de progreso, no podía identificarse con un grupo en el que no existía ese horizonte personal de mejora, sino una necesidad constante de disputa colectiva.

La desaparición del concepto de la lucha de clases también terminó con la capacidad de señalar a la clase burguesa, el grupo social que disputa los recursos a la trabajadora, con quien ya no existía conflicto. También se invisibilizó la explotación del hombre por el hombre, cuya abolición era un objetivo fundamental. La construcción de la clase media, cuya amplitud lo abarcaba casi todo y donde todo el mundo se reconocía, fue la derrota de la izquierda.

El estado del bienestar, la desaparición emocional de la clase trabajadora, hizo que la izquierda renunciara a plantear un modelo económico alternativo y, sin actores sociales a los que dirigirse, tomó tres caminos. El primero, la gestión de ese estado del bienestar a través de estructuras de poder basadas en el modelo de partido funcionarial que, sin el objetivo de ofrecer un modelo económico y social, no sólo renunciaba a la concienciación, la organización y el conflicto, sino que se desconectaba poco a poco de la sociedad. Los partidos se centraron en la gestión y las elecciones, y ambas cuestiones, sin contenido político, son terrenos fácilmente atacables.

El segundo camino fue el enclaustramiento. La izquierda siempre ha precisado de una base intelectual para el análisis previo a la acción política, pero el estado del bienestar, con su eliminación de la lucha de clases, con su construcción del relato íntimo de progreso, hizo que ese trabajo teórico se fuera desconectando de la realidad. No había situaciones concretas para analizar, ni actores a los que dirigir porque la clase trabajadora no se reconocía como tal, sino como ese nuevo grupo amplio llamado clase media. En el mejor de los casos, el trabajo intelectual vinculado a la tradición de izquierda se fue intelectualizando, como la Escuela de París, analizando o psicoanalizando esa nueva clase media. En la mayoría, se recluyó en la universidad que, como los partidos, eran estructuras de poder de tipo funcionarial que obligaban a centrarse en la gestión; gestión del contenido teórico, pero gestión en definitiva.

El tercer camino fue la dispersión. La izquierda, tras renunciar a ofrecer un modelo económico alternativo, buscó aplicar su poder emancipador y revolucionario a las cuestiones sociales y asumió como propias todas las luchas nacionales, raciales, de género o ecologistas, algunas de ellas preexistentes. En muchos casos, lo hizo sin aplicar su base ideológica previa basada en la lucha de clases. Es más, esa renuncia facilitaba esa conexión porque todos esos aspectos tienen un carácter transversal. Por ejemplo, en las colonias, la cuestión nacional suele requerir de un pacto que permita la conservación de las estructuras de poder (y explotación) de este territorio para no debilitarlo durante el proceso de emancipación; una vez logrado, las élites que ocupan esas estructuras utilizan el prestigio logrado para que esas estructuras de poder y explotación prevalezcan. Lo mismo sucede en las luchas raciales, de género o ecologistas.

La izquierda fue sacrificando su capacidad de acción en esas luchas transversales que difuminaron aún más su ya escasa base ideológica. Al minimizar o negar la lucha de clases en función de otra disputa social, la izquierda impugnaba su propia existencia. Además, esas luchas le dieron a su discurso un carácter moralizante, más cercano a la religión que a la política, que hizo huir a los grupos sociales que debían reconocerse como clase trabajadora. Y más, cuando eran formulados por miembros de esas estructuras de poder funcionarial, como partidos o universidades. Y aún más cuando esos discurso tomaban prestados conceptos del trabajo teórico de análisis o psicoanálisis, ya que culpabilizaban personalmente. Para la izquierda, el objetivo de la política debe ser cambiar el mundo y no establecer una nueva lista de pecados.

Es decir, sostener que hay que defender una reserva natural porque “es bueno”, “se debe hacer así”, “debemos cuidar de la naturaleza porque es el futuro” o ” es el legado de nuestros hijos” no es una acción política y puede ser atacada con facilidad. La izquierda debe llenar de contenido político esa idea, marcar un territorio ideológico, crear lenguaje. Por ejemplo, afirmar que hay que se debe defender una reserva natural porque la propiedad privada no es un derecho, sino una posibilidad al servicio del bien común, que prevalece. Con otras palabras, esta última frase puede leerse en la Constitución española.

Recluida en partidos o universidades, absorta en sus corrientes teóricas o centrada en esas luchas sociales, la izquierda no fue rival ideológico para el nuevo modelo económico impuesto en los años 80. Incluso, lo asumió. Tras la ruptura del pacto social en la crisis de 2007-2009, que ha provocado el empobrecimiento de buena parte de la antigua clase media, la izquierda apenas ha logrado existir dentro del debate político y los triunfos electorales han sido escasos por la irrupción del populismo de derechas.

Es entendible que los grupos empobrecidos, despolitizados durante años, no acepten esos mensajes transversales y moralizantes de organizaciones, elitistas o funcionariales, que comparten las políticas que provocaron su empobrecimiento. Esas organizaciones, directa o indirectamente a través de medios de comunicación, no aportan un modelo económico alternativo, sino una lista de pecados cotidianos y culpabilizan por comportamientos sin un análisis de las circunstancias. Lo que teóricamente es la izquierda se siente moralmente superior, y desprecia, a la que teóricamente debería ser la clase trabajadora. Resolver esa cuestión es el punto de partida.

Para volver a existir, esa izquierda extenuada debe regresar a su concepto fundacional: la lucha de clases. Es irrelevante que sea una idea apenas compartida porque el motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es preciso compatibilizar esas estructuras de poder, partidos y universidades, con la labor de concienciación y organización. Y conflicto, el motor de todos los cambios históricos.

La izquierda debe volver a la realidad y dotar de política a esas luchas sociales, eliminar ese carácter moralizante y, sobre todo, encuadrarlas dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda, y asuma, que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. Si quiere recuperar el estado del bienestar, un objetivo modesto, la izquierda debe pensar cómo fue posible, concienciación, organización y conflicto; sobre todo, conflicto.

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