Por qué la lucha de los taxis contra Uber lo explica todo (Trump, Le Pen, Ocuppy, Isis y lo que el CEO quiera meter aquí)

La puesta es escena está muy clara: lo viejo contra lo nuevo; mejor dicho, lo viejo, lo analógico, que se resiste a morir, contra lo nuevo, lo digital, a lo que no dejan nacer. Un mundo esclerotizado y burocrático, los taxis, frente al dinamismo y la agilidad de Uber; la lucha espiritual del Fary contra Steve Jobs.

Sin embargo, la puesta en escena, los campos semanticos (coñac y torreznos frente a té verde y muffins), nos impiden ver el cambio socioeconómico que hay detrás: la sustitución de un modelo laboral industrial, regulado, previsible y tendente al equilibrio, por otro que se parece demasiado a la servidumbre agraria: una red centralizada que promueve precaridad, desregulación y sumisión. Sin el envoltorio tecnológico, Uber proporciona peonadas; peonadas por iPhone, pero peonadas.

El mundo del taxi es viejo y cerrado, gremio es una palabra pertinente, y todas las pegas que queramos ponerle encajan. Sin embargo, conviene no olvidar que son un servicio público y, por tanto, regulado por el Estado: horarios, capacitación y condiciones de uso. Las licencias en las que basan su actividad, aunque sean objeto posterior de especulación, son visadas por instituciones públicas, que las cobran en el momento de su expedición. El Estado recauda el impuesto de plusvalía en caso de traspaso y también cobra las tasas del examen del permiso, así cómo los impuestos de la actividad, los directos y los indirectos.

Parece obvio, pero el pago de impuestos y el cumplimiento de la ley son dos de los elementos claves en el pacto institucional que sirve de base a nuestro mundo. Los taxistas, como el resto de ciudadanos de la época industrial, aceptan que haya un ente, el Estado, que les imponga todas las cuestiones anteriores. A cambio de esa legitimidad, el Estado protege a esos grupos con actuaciones que van desde la persecución de la competencia desleal, al asfaltado de las vías o la redistribución de la riqueza para aumentar la demanda.

Sin embargo, el actual modelo, concretado en el consenso de Washington (1989), rompe ese pacto. Desde los años 80, los Estados han ido reduciendo la protección de los grupos sociales que pagan impuestos, cumplen la ley y, en definitiva, le otorgan su legitimidad. Al no haber contrapesos, modelos alternativos o peligro de rebeliones, los Estados se han puesto al servicio de un grupo muy reducido de actores, una élite empresarial y financiera.

Por ejemplo, Uber, o Cabify o cualquier otra empresa de transporte de viajeros. El Estado, que no deja de recaudar el dinero del gremio del taxi y de regularlo, abre la puerta sin problemas a esos nuevos modelos, cuyas exigencias son mínimas. No son un servicio público, luego no hay licencia institucional, ni apenas regulación y lo más importante: las empresas son multinacionales que apenas tributan en los países donde operan.

Todos los países occidentales han facilitado el desarrollo de empresas-mundo que actúan como metrópoli colonizadora, destruyendo así su tejido productivo. Por ejemplo, a través de la promoción de los paraísos fiscales o de la deslocalización a través de los acuerdos de servidumbre, habitualmente llamado de libre comercio. La palabra libertad ha sido una buena excusa para desregularizarlo todo en la parte alta de la sociedad, esa élite.

El modelo taxis-Uber es replicable es cualquier sector. Zapatos Martí, de Manises, sometida a la regulación de las diferentes administraciones, tuvo que competir con el calzado que llegaba en contenedores al puerto de Valencia, de origen indeterminado. No fue un suceso meteorológico, sino una decisión política tomada por el Estado al que los propietarios y los trabajadores de Zapatos Martí legitimaban (y votaban).

En el combate espiritual del Fary contra Steve Jobs, el primero tiene una mano atada a la espalda y los pantalones bajados. Quizá, por decisiones propias, como el voto o la ausencia de inversión, todas relacionadas con el conformismo. Se lo merecen, se lee, han sido egoístas y la historia les está pasando por encima. Conviene guardarse la superioridad moral y el deseo de estar en el carro de los vencedores. Reducir el foco y pensar sólo en la bajada de la tarifa es absurdo. En este nuevo modelo, nada es sólo demanda. Todo es también oferta.

Para el Estado, como concepto, debería ser un suicidio, dejar de trabajar para los grupos sociales que los legitiman; pero, ya no hay modelos alternativos y los taxistas, como los ciudadanos son inofensivos a pesar de ser muchos (o quizá por eso mismo). Uber es una y puede persuadir en los lugares adecuados con la gente adecuada (Neelie Kroes, ex comisaria de Competencia de la UE o Ray Lahood, secretario de Transportes con Obama trabajan para Uber).

En enero de este año, Uber completó una nueva ronda de financiación y su capitalización en bolsa era de 62.500 millones de dólares. Ahí, hay fondos de inversión, de pensiones, bancos, etc. Comienza a ser muy grande para caer. Los taxistas, no. Mueven más dinero, sí, pero no circula por los canales adecuados. Pese a lo que pueda parecer, en esa lucha espiritual, ‘papá-estado’ no está del lado del Fary.

El conflicto taxis-Uber no tiene nada que ver con lo nuevo y lo viejo, ni con la libertad, ni siquiera con la tecnología. Internet puede facilitar sistemas comunales de propiedad y consumo o modelos muy parecidos a los falansterios, se podría facilitar la conversión del sector en un modelo cooperativo, pero los estados y las élites promueven otro modelo que, como suele suceder en la historia, es vertical y extractivo. Es lógico que las élites lo intenten, pero no lo es tanto que los estados, con la indiferencia de los ciudadanos, lo faciliten.

Los Estados no han perdido legitimidad por la crisis, sino por la gestión de la misma. No han respetado la bidireccionalidad del flujo: piden más ofreciendo mucho menos. La ruptura de ese pacto social, base del funcionamiento de nuestro modelo, es la que provoca las convulsiones de los sistemas políticos. Fenómenos políticos o sociales basados en la indignación o, incluso, la desconexión (desde Trump o Le Pen, Podemos o Corbyn a integrarse en cárteles de la droga o grupos religiosos fanáticos) tienen su origen en esa ruptura del pacto social. También, el crecimiento de focos bélicos o las zonas de autoritarismo. El nuevo modelo precisa una sensación de permanente shock.

El Estado no sólo desampara a los que lo financian y cumplen su ley (los ciudadanos), sino que ampara a los que no lo financian y no cumplen su ley (esa élite empresarial y financiera). En 2008, los estados decidieron rescatar a la segunda a costa de los primeros y no se han revertido ni atenuado las consecuencias. No es una situación excepcional, sino un modelo. El sistema actual, la nueva servidumbre, es el modelo. Esto es lo que había después de la crisis.

PD: La quinta columna.

“La responsable europea de Agenda Digital, Neelie Kroes, vuelve a la carga en defensa de la economía colaborativa y advierte a los taxistas de que su huelga contra Uber no funcionará. “La tecnología está cambiando muchas facetas de nuestras vidas y no podemos abordar retos ignorándolos, haciendo huelga o tratando de prohibir las innovaciones”, ha subrayado en su blog oficial en referencia a la polémica que ha supuesto la entrada de aplicaciones móviles que ponen en contacto a conductores y usuarios para organizar traslados de pago en automóvil en varias capitales europeas”. (El País, 11 de junio de 2014).

“Neelie Kroes fue una de las voces más críticas en Europa contra las estrategias de los gobiernos para limitar la expansión de Uber. Ahora la joven empresa de San Francisco devuelve el favor a la exvicepresidenta de la Comisión Europea. La que fuera titular de las carteras de la Competencia y de Agenda Digital integra un consejo de expertos en el que comparte asiento entre otros con Ray Lahood, quien fuera secretario de Transportes con el presidente Barack Obama”. (El País, 5 de mayo de 2016)

2 comentarios sobre “Por qué la lucha de los taxis contra Uber lo explica todo (Trump, Le Pen, Ocuppy, Isis y lo que el CEO quiera meter aquí)”

  1. Javier dijo:

    Todas las grandes obras de la humanidad, se hacen con vidas. En la antigüedad eran necesarias unas miles; en la era de las revoluciones, decenas o cientos de miles; en el XX hicieron falta unos cuantos millones; esta vez harán falta unos cuantos cientos de millones, sino millares de millones. Cuando muchos, muchísimos millones de seres de este planeta no tengan más que su propia vida para negociar, comenzará el canje. Y quizá el pueblo tenga una nueva oportunidad de alcanzar un buen acuerdo.

    Un abrazo. Y gracias por seguir intentando entender y explicar las cosas.
    Javier

  2. tarantamocos dijo:

    De acuerdo pero no estamos todos en el mismo barco: Los propietarios de Zapatos Martí (o calcetines Pérez), tal vez fueran los mismos que importaban esa mercancía de origen indeterminado para venderla más barata.
    O decidieron dejar de invertir en la fábrica para pasarse al ladrillo, y dejaron caer el negocio a propósito.

Deje un comentario