Por egoísmo

Todo está al alcance, pero las miradas siguen siendo cerradas. No es habitual darse cuenta de que uno siempre pertenece al todo, a la globalización o al sistema-mundo.

Es decir, cuando alguien compra una camiseta, piensa en él comprando esa camiseta y no, por ejemplo, en los tratados internacionales que permiten todo ese proceso. Cuando alguien compra una camiseta se siente sólo una parte, la demanda final.

Y no. Lo es todo.

Incluso, cuando alguien compra una camiseta y después ve un reportaje sobre la industria textil en el sudeste asiático (y siente rabia, tristeza o empatía y después afirma que ya no comprará más en esa tienda) se siente sólo demanda final. Le parece que es algo lejano.

Y no. Lo es todo.

Es parte imprescindible del proceso porque ha participado, con su voto o con su silencio, en el consenso ideológico que ha construido ese sistema.

La constante negociación de tratados internacionales busca “acabar con las barreras del comercio global”. Son palabras hermosas, pero, salvo en EEUU o China, las tasas de aduanas no son relevantes. Esas barreras, lo que se discute en esos tratados, suele ser el cuerpo legislativo de los países, los derechos sociales, laborales o de consumo; los controles sanitarios que deben pasar los productos o el pago de impuestos.

Es decir, 300 euros por 10 horas haciendo camisetas es algo lejano sólo de momento. También somos oferta. Es algo que nunca debe olvidarse. Conviene arrinconar la superioridad moral y sustituir la compasión por la solidaridad. Pertenecemos al mismo grupo que esos trabajadores, que cualquier trabajador.

PD: Sucede lo mismo con los refugiados. En último término, si uno no es capaz de encontar otro motivo, no hay que defenderlos por compasión, sino por egoísmo. Como los tratan, nos tratarán.

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