Ceremonias televisadas y programas de televisión

Es importante saber lo que uno es, conocer sus dimensiones, sus límites. Por ejemplo, los Goya. Año tras año, se esfuerzan por ser un programa de televisión cuando no lo es. Es una ceremonia televisada, lo que quiere decir que tiene su ritmo, sus liturgias y, sobre todo, su duración. No se pueden extirpar sus órganos vitales, como los agradecimientos, y pretender que la criatura siga respirando. Año tras año, la gente del cine acude y, sin advertencia previa, está dentro de un programa. Año tras año, el personal se pone delante de la televisión y, sin advertencia previa, se encuentra con una ceremonia. Y, de ahí, la incomprensión, las quejas y el cabreo generalizado.

Pedro Sánchez lo ha logrado. Gracias a la campaña electoral, ha entendido (o alguien lo ha hecho) sus dimensiones, sus límites. Puede ser el protagonista, pero necesita un doble de acción. Hay que mantenerlo alejado de la política y, sobre todo, de las escenas de riesgo, donde hay que emplear a especialistas. De ahí, la insistencia socialista en el comité negociador y su gira fotográfica, que copia la base de grandes obras de la literatura contemporánea como Asterix, Teo o Gerónimo Stilton: Sánchez, con los sindicatos; Sánchez, con la patronal; Sánchez, con los fruteros; Sánchez, en la UE. Y, al mismo tiempo, es la metonimia de su equipo negociador: Sánchez acuerda, Sánchez ofrece, Sánchez ultima. Si hay elecciones en junio, Sánchez las afrontará como expresidente.

Ciudadanos también se ha dimensionado. Su resultado corto era previsible porque las marcas nuevas siempre provocan una cierta desconfianza inicial. Estos, ¿qué querrán vendernos?, ¿para qué tanta publicidad? Necesita establecerse, que el consumidor entienda en qué es diferente (la estabilidad de siempre con la limpieza de lo nuevo) y vea la variedad en la estantería (de ahí, la presencia de su segunda línea) Y, sobre todo, la línea gourmet. Ante la parálisis del PP, Ciudadanos quiere ocupar la interlocución con los poderes fácticos, quiere ser quien da respuesta a ¿cuándo sale esa adjudicación?, ¿cómo va ese arbitraje?, ¿dónde hay que apuntarse para ir a Irán?

PP y Podemos son los que aún no conocen sus límites y el problema de ambos es el mismo: la superioridad moral. Ambos comparten la idea de estar dentro de un proceso fuera de la realidad y que de ellos dependen cuestiones intangibles como la esencia de España o el alma del cambio. El presupuesto anterior les permite ser portavoces de colectividades abstractas, los españoles o la gente, se sienten legitimados a condicionar decisiones ajenas y a considerar que merecen cosas, cargos o cuotas de poder, sin pasar por la negociación.

El problema de la superioridad moral suele ser la realidad, los límites. La superioridad moral precisa de una inercia compartida que haga que el resto de participantes asuma, más que el guión, la atmósfera, como ocurre en los programas de televisión. Uno ya sabe lo que tiene que hacer si entra dentro de Gran Hermano o es entrevistado en una celebración deportiva. La superioridad moral también requiere mucho calor y las ceremonias son más frías, dejan momentos históricos, pero nadie vuelve a ver entera una inauguración de Juegos Olímpicos. Para contrarrestarla, PSOE y Ciudadanos están usando la política para algo delicado: construir tiempo.

PP y Podemos también necesitarán mucha cohesión. El que no participa del momento histórico y se mueve en una dimensión real puede tener dudas. La fe siempre es un atributo individual, aunque haya conversiones colectivas. Rajoy pide a los suyos que no se vayan, que no busquen futuro laboral, pero las estructuras basadas en la cadena de favores se mueven y no sería extraño ver movimientos hacia Ciudadanos, el que ahora puede otorgarlos. En Podemos, el hiperliderazgo combinado con la ausencia de vida parlamentaria puede llevar a muchos a preguntarse qué hacen ahí. La disciplina de voto, tan denostada, tendrá muchos conversos en las próximas semanas.

Espacio, tiempo, temperatura, atmósfera. Es importante que cada uno sepa quién es y dónde está, situarse, dimensionarse, conocer los ritmos y las liturgias, porque, si no, llega la incomprensión, las quejas y el cabreo generalizado. O el ridículo.

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