Uno a diez y diez a uno

El general  Vo Nguyen Giap fue artífice de las victorias vietnamitas en la guerra colonial (1946-54) contra Francia y en la posterior (1955-75) contra Estados Unidos. Según la historia militar, Giap no fue un brillante teórico, no destacó en táctica, ni en estrategia; su especialidad era la logística y la movilización. En la batalla de Dien Bien Phu, logró mover (desmontadas) cientos de piezas de artillería por la selva para rodear la base avanzada del ejército francés.

Hace meses, Íñigo Errejón, secretario de política de Podemos, tuiteó una de sus ideas: “Uno a diez en lo estratégico, diez a uno en lo táctico”. La frase distingue dos planos, el estratégico o largo plazo y el táctico o plano corto, y afirma que es posible la victoria ante un enemigo poderoso (uno a diez) si en cada enfrentamiento concreto se procura tener superioridad (diez a uno). Hay que replegarse y elegir bien cuándo y dónde se plantea el combate. Requiere paciencia y, sobre todo, un buen análisis de la situación, de la propia fuerza y la del contrario.

Sin embargo, la acción concreta de Podemos parece elegir la situación inversa, el uno a diez en lo táctico. Quizá, la explicación es el relato, la puesta en escena. La desventaja material en las situaciones concretas es algo que siempre funciona bien en la narrativa porque proporciona a los protagonistas un aura, bien de héroe, bien de mártir, dependiendo de la consecución o no del objetivo. Quizá, se considera que no hay guerra, no hay batallas, sino un proceso histórico con un final inevitable y ese aura, esa superioridad moral, acelerará la decantación.

Un ejemplo es el período postelectoral. El plano largo, donde la desventaja es enorme (uno a diez), es el acceso al poder. Las negociaciones para formar gobierno pertenecen al plano corto, la táctica, las decisiones que se se toman para vencer (o no ser derrotado) en cada batalla concreta. Es ahí donde hay que ir siempre diez a uno.

No debería ser algo crucial. Sin embargo, sus acciones parecen indicar lo contrario y no hay elección sobre dónde y cuándo se plantea el combate, se dan todos, independientemente de la situación, da igual la correlación de fuerzas. No se analiza que, pese a todo (malas perspectivas electorales, derrotas en los debates, etc.), el PSOE logró permanecer como segunda fuerza y que, cualquier ataque externo al partido, no lo debilita, sino todo lo contrario. Lo mismo sucede con su líder, al que la resistencia está dotando de un carisma inesperado.

Desde el inicio de las conversaciones, se da la batalla, se intenta marcar el terreno con líneas rojas, condiciones innegociables, vetos o, incluso, imposición de nombramientos. Todo ello sin paciencia, sin análisis de la situación, sin valorar la necesidad del objetivo para la estrategia y, por supuesto, sin comprobar la superioridad en el choque. No se analiza que el PSOE posee un equipo de negociación experimentado que utilizará cada una de esas marcas en el terreno para la negociación.

Por no hacerse caso a sí mismo, Podemos ha construido un rival al que ha armado no sólo con esas marcas en el terreno, sino con todas esas palabras vacías usadas en la campaña electoral: cambio, esperanza, progreso, etc. Ahora mismo, pase lo que pase será complicado que pueda presentar cualquier situación como una victoria. Si hay gobierno, no será con sus condiciones; si hay elecciones, cargará con la culpa y, además, no podrá repetir todas las alianzas autonómicas.

Quizá, siguiendo a Giap, lo más razonable habría sido no dar la batalla. Presentarse en el Congreso sin armar ruido e investir presidente a Sánchez sin peticiones expresas, lo que permite atribuirse cualquier aspecto positivo. No marcar el terreno y defender las palabras. ¿Para qué desgastarse en una lucha de la que se va a encargar otro? En este caso, la Troika, que pide nuevos recortes o el propio paso del tiempo.

El problema es minimizar el análisis objetivo por la creencia mística en procesos históricos inevitables. Entonces, como sujeto elegido, ya dan igual las acciones concretas porque se está en un plano superior en el que no hay que luchar por las cosas, sino que se merecen. Y, en política, merecer es un verbo que suele conjugarse en pasado.

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