Felipe VI, el rey del 15M

Érase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo: “Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que uno de ellos miró al otro y le preguntó: “¿Qué demonios es el agua?” (David Foster Wallace, discurso en el Kenyon College)

Mear en el mar es algo placentero. Basta ver la cara de felicidad de los jubilados cuando, con el agua a media pierna, se agachan y siguen a Bruce Lee: be the water. Al alivio inmediato, se une la mejora de la temperatura particular y la certeza de que el resto de bañistas compartirán, quieran o no, su parte de él. Mear en el mar es algo tan placentero e inútil como ganar una discusión en el bar o colarse en una rotonda. Mear en el mar es tan placentero e inútil como colarse en la hegemonia, el nombre complejo de lo que suele llamarse sentido común.

Las sociedades no son libres. Siempre hay varios grupos que imponen sus valores y creencias. No es una imposición violenta, ni siquiera es visible, porque entonces sería fácil de contrarrestar. Tampoco es monolítica, sino que se adapta formalmente sin perder su base. No es una conspiración, no son grupos que se citan en un lugar y establecen un plan. Es una concurrencia de intereses. Los valores y creencias de esos grupos, a través del lenguaje, se convierten en consenso, el sentido común. No es que se conviertan en leyes, sino que delimitan los límites de lo que se puede hacer, el agua de los peces de Foster Wallace.

Nuestra agua es el consenso del 89, la globalización o el neoliberalismo, porque recupera las ideas socioeconómicas del XIX, colonialismo y desigualdad a través de sus mismas palabras fuerza, progreso y libertad. Nuestra agua se traduce en un enorme número de instituciones (UE, CE, BCE, OTAN, etc.) que, a nivel local se concretan en dos, Monarquía y Constitución.

En 2011, el movimiento 15M impugnó ese consenso. Era (casi) la primera vez que pasaba algo así. En los 90, la socialdemocracia se había entregado al neoliberalismo a través de la tercera vía, aceptando la ruptura del pacto social, y los restos de la izquierda adoptaban diversas formas de resistencia (foro social, antiglobalización, etc.), pero desistiendo del debate de ideas tras la derrota de socialismo real.

El 15M (ocuppy, etc.) impugnaba todo. No quería modificar el color o la temperatura del agua, ni nadar a contracorriente, sino cambiar el curso del río. Se cuestionaba la soberanía, la legitimidad de los poderes públicos; se cuestionaba, en España, la Monarquía y la Constitución. Cuatro años después, el consenso del 89 ha mostrado su capacidad adaptativa, el sistema de partidos se ha reproducido por mitosis y gracias a un relevo generacional, las fuerzas políticas constitucionalistas, europeístas y atlantistas suman el 90% del voto. Felipe VI es el rey del 15M.

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