Mireia Vidal i Ortí (Ibsen en Barcelona)

Desde el pasado viernes, la persona más importante en Catalunya es Mireia Vidal i Ortí (Figueres, 1966).  Tras un breve paso por La Caixa, entró en 1991 en la administración autonómica. El 19 de julio de 2011, siete meses después del retorno de CiU a la Generalitat, fue nombrada titular de la Intervención General de la Generalitat de Catalunya en sustitución de Josep Maria Portabella d’Alós. También, colabora como docente en la Escola d’Administració Pública de Catalunya.

Su misión es certificar las cuentas públicas de la Generalitat pero, desde el pasado viernes, tambien tendrá que elaborar un informe que garantice que cada gasto no contraviene el cuerpo jurídico del estado. Tendrá responsabilidad personal, especificó el consejo de ministros celebrado el 20 de noviebre, fecha importante: cuatro años de las elecciones. [El pasado viernes acabó el mandato de las urnas para el poder legislativo y se abre un período nebuloso hasta el próximo 20 de diciembre; ni siquiera los juristas no se ponen de acuerdo en la capacidad de la diputación permanente].

La respuesta del gobierno a la declaración del 9 de noviembre ha huido de la épica mediterránea y ha optado por otros dos referentes culturales: Kafka y Bergman.

Primero, ha levantado un muro burocrático muy complicado de seguir televisivamente. El pasado viernes se declaró la intervención de Catalunya, pero con otro nombre: “condicionalidad reforzada” en la liberación de los recursos del Fondo de Liquidez Autonómico. El dinero sólo se podrá usar para servicios públicos y, cualquier otro uso, tendrá que tener un permiso previo. Las facturas que abone la Generalitat deberán estar disponibles en el Punto General de Entrada de Facturas (FACE), en lugar de disponer de su propio sistema informático y el Comité Técnico de Cuentas Nacionales vigilará el cumplimiento de las exigencia, lo mismo que la Intervención General, que certificará su destino con responsabilidad individual.

Siglas, siglas, siglas. Brigada Aranzadi. No hay un memorándum, ni hombres de negro, ni cumbre, ni ninguna puesta en escena, pero el escenario es el mismo de Irlanda, Portugal o Grecia. Los poderes autonómicos, ejecutivo y legislativo, ya no tienen capacidad plena en la elaboración del presupuesto.

Se podía haber optado por la humillación, pero no se ha hecho. Tal cosa debería ser noticia, pero no lo es. Todo se mueve, sobre todo, lo que parece detenido. La Vanguardia lleva semanas proponiendo a CDC que abandone el camino independentista y, varios días, indicando que hay un cambio de sentido en la rotonda de París (responsabilidad institucional, seriedad, gravedad, ahora no es el momento, pacto con el PSC e Ítaca, donde toca, lejos, muy lejos).

Una rueda de prensa del ministro de Economía y la imagen de funcionarios del Banco de España aterrizando en Barcelona habría cortado ese desvío. Lo mejor para que algo pase desapercibido es quitarle imagen; diluir el marco mental. Poca gente lee.

Segundo, la renuncia a la épica conlleva la ausencia de choque frontal; no hay duelo de legitimidades y, por una vez, se desmonta el decorado barroco del cuadro costumbrista/romántico y se levanta una habitación austera, escenario del psicodrama; de la superioridad moral colectiva a la decisión ética personal. En las últimas decisiones del consejo de ministros no hay una electrólisis para separar bloques, sino un trabajo de carnicería: se toma el cuerpo institucional y se separa la parte política, la carne, la que se pudre, de la administrativa, el hueso, que se despieza.

El Gobierno no sólo ha advertido a los funcionarios, incluidos los de la Fuerzas de Seguridad, sino que ha creado un sistema de amparo. Los sindicatos y asociaciones de trabajadores de la administración han establecido que cualquier orden tiene que venir por escrito y firmada, y respetando la jerarquía.

Forcadell o Mas pueden recordar a Mazzoni o a Schiller, pero Mireia Vidal i Ortí, titular de la Intervención, como el resto de funcionarios, es un personaje de psicodrama nórdico, Bergman o Ibsen. Todo es una decisión personal, íntima, sin discursos, ni puesta en escena; el personaje, despojado de trascendencia, solo.

PD: El final de Casa de Muñecas y el final de La casa de Bernarda Alba, el portazo y el silencio, irse o quedarse; ahí está la explicación de por qué Europa nunca será nuestro entorno cultural.

1 comentario sobre “Mireia Vidal i Ortí (Ibsen en Barcelona)”

  1. Bea dijo:

    Espectacular

Deje un comentario