Toda la posmodernidad está ahí

charlie

Toda la posmodernidad está ahí. En la playa, en las gafas de sol, en el agua desigualmente repartida por el cuerpo, en el propio cuerpo, en la camiseta que recuerda la matanza del Charlie Hebdo, en la idea de que la camiseta que es un elemento aceptable para destacar el pecho gracias al agua desigualmente repartida, en la difusión de la fotografía de la camiseta y, sobre todo, en la recepción. Tú y yo, cuando lo vemos.

La posmodernidad está en todo. No sólo en el acto de transformar el recuerdo de un acto trágico en un objeto de consumo, ni en despojarlo de toda su simbología para que sea un complemento. Aunque quizá nadie lo pensó. Ella también es Charlie, Charlie Riina (ajedrecista, graduada en criminología, modelo). Nadie se dio cuenta y todos dedujeron que sería un souvenir más y que al lado habría más camisetas: Je suis Eric, Je suis Marc (et je étais en vacances à la plage). O quizá, todo lo anterior es falso. ¿Por qué una sesión de fotos en la playa con el agua con desigualmente repartida por el cuerpo para destacar el pecho no puede ser parte del memorial de un acto trágico?

Por supuesto, está en el cuerpo, el cuerpo como objeto de consumo, fetiche virtual, donde todas las posibilidades anteriores conviven. Sin biografía. O quizá, con; quizá la biografía (ajedrecista, cociente intelectual elevado, graduada en criminología, modelo) es un complemento, como la camiseta, las gafas o el agua repartida desigualmente. Más que el cuerpo, la imagen del cuerpo. O no. Tampoco mi deseo de la imagen del cuerpo; ni siquiera, de la proyección de mi deseo de la imagen del cuerpo. Es un poco más, hasta llegar a casi nada, Chas. Un instante. Nos une. Es emocional. Es consumo. Ambas cosas son lo mismo. El mismo instante que, antes o después, han ocupado los inmigrantes atrapados en Grecia, la reportera asesinada en directo o Usain Bolt.

La posmodernidad, ahí está el gran truco, es complicada de definir, pero podríamos decir que defiende la hibridación, la cultura popular, el descentramiento de la autoridad intelectual y científica y la desconfianza ante los grandes relatos (religiones o ideologías). Individuo; inmediato; efímero; consumo; desacralizado; espectáculo. No falta nada.

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Guy Debord asiente; está de acuerdo. Es el padre de todo. En 1967 publicó La sociedad del espectáculo, donde explicaba que nos relacionamos a través de las imágenes que se construyen a través de los medios y no, de la experiencia. El espectáculo “no es un conjunto de imágenes, sino la relación social entre la gente mediada por imágenes” y toda la vida es una acumulación de espectáculos. La red, que aparentemente arrebata el monopolio a los medios, no cambia el modo de relacionarse. Las experiencias personales precisan ser compartidas, esto es, que se construyan como espectáculo. La política espectáculo no es Donald Trump, sino la manifestación de líderes tras el atentado de Charlie Hebdo. Esta camiseta tiene más verdad; posmoderna, pero verdad.

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Vale, Lyotard, puedes bajar la mano. Tú eres el padre. Tú inventaste la palabra posmodernidad para decir que se han acabado los grandes relatos que lo explican todo. Y, como decía Nietschze, si Dios no existe, todo está permitido. Permitido no quiere decir que suceda o que sea legal. Me gusta la cuarta acepción: en la oratoria, conceder algo como si fuese verdadero, por no hacer al caso de la cuestión o asunto principal”. Antes de que te vayas, una frase: “todo enunciado debe ser considerado como una jugada hecha en un juego”. Como Je suis Charlie, como Je suis Charlie empapado.

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Jean Baudrillard propone simulacro como animal de compañía. Vale, aceptamos. Los simulacros son elementos que estructuran un modelo virtual (mapa) por encima de lo real (territorio), una buena definición. La sucesión de simulacros da lugar a la hiperrealidad, una interpretación de la realidad que se considera como mejor y que llega a sustituir a la realidad en la que se basó. La satisfacción y la felicidad se encuentran a través de la simulación, ya liberados de cualquier compromiso emocional.

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Vamos a llamar a Michel Focault para que nos hable de poder. Porque en la foto hay relaciones de poder entre todos los actores: ella, la camiseta, la revista, la red social, yo, tú, etc. Pero a él no le interesa el gobierno o las leyes, sino el subpoder, las múltiples relaciones de autoridad situadas en distintos niveles, apoyándose mutuamente y manifestándose de manera sutil, como en la foto de una mujer en la playa. Todos los actos, la comida, el trabajo, las vacaciones o el sexo, han sido colonizados, dijo, antes de que se pensara en Internet.

Yo soy la marca. Yo soy la unidad de producción. Yo soy la unidad de consumo. Yo soy la estructura socioeconómica y todo lo que me suceda tiene su causa y consecuencia en mí. ¿Bien, no? Y, si no, hay un nombre de enfermedad y un medicamento para solucionarlo. La biopolítica, concepto de Focault, va de esto y es un concepto que encaja perfectamente con Internet de las Cosas.

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Joder, Focault, ¿qué podemos hacer? Deconstruir, dice Jacques Derrida, analizar y criticar las palabras y sus conceptos, porque no podemos establecer una base estable. Pero la deconstrucción también ha sido canibalizada.

Cualquier posicionamiento crítico acaba siendo asimilado. Podría haber una campaña llamada ‘Vous n’êtes pas charlie’ (tú no eres Charlie) para denunciar cómo se despoja al símbolo de su referencia. Charlie Riina podría volver posar con esa camiseta, metarreferenciándose o, mejor, dicho, metametarreferenciándose en una espiral en la que lo único relevante es el ruido.

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Necesitamos a Gianni Vattino para que ponga un poco de buen rollo. El paso del pensamiento fuerte al débil, su aportación, quiere decir un poco de nihilismo, alejado de la vieja acritud existencial, y tolerancia y diversidad. Sí, el espectáculo, el simulacro o la hiperrealidad son inclusivos, aparentemente.

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Sí, porque viene Pierre Bourdieu para recuperar el concepto de clase y adaptarlo a la posmodernidad. Además del económico, hay un capital social, cultural o simbólico y los agentes, personas o empresas, luchan por él. Pero su palabra es habitus, la generación de prácticas (posar o mirar) que están limitadas por las condiciones sociales y esa es la forma en que las estructuras sociales se reproducen. Todos reproducimos el espectáculo, el simulacro, esas estructuras de micropoder, porque es la manera que hemos asimilado de comportamiento. Así, nos construimos. Así, se construye Charlie.

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Tomemos algo en Bauman’s. Zygmunt ha vendido líquido como para hacer la segunda parte de Waterworld.  En lugar de hablar de posmodernidad, su concepto es modernidad líquida, que se contrapone a la sólida, la de antes, cuando las cosas estaban claras. Ahora, hay que hacerse con una identidad flexible y versátil que haga frente a las distintas mutaciones que el sujeto ha de enfrentar a lo largo de su vida. O a lo largo de un día. La identidad se tiene que inventar; tiene que moldear máscaras de supervivencia. Ese título está esperando una canción o un libro. Ese estado líquido no sólo afecta a las personas, sino a los relatos o las instituciones (religión, matrimonio o gobiernos). No hay objetivo. Nadie tiene un plan, la salvación o la revolución, todo es velocidad.

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Llegamos a Gilles Lipovetsky, con su repertorio: el narcisismo apático, el consumismo, el hiperindividualismo psicologista, la deserción de los valores tradicionales, la cultura de masas y su indiferencia, la abolición de lo trágico, el hedonismo instanteneista, la pérdida de la conciencia histórica, el culto al ocio y el descrédito del futuro, la moda y lo efímero. También, la regulación cool de las relaciones (tolerancia, hedonismo, personalización de los procesos de socialización, educación permisiva, liberación sexual o humor).

Para él, ya no estamos en la posmodernidad, sino en la hipermodernidad (todo es hiper, hiperindividualismo o hiperconsumo), que no tiene normativa o regulación, pero tampoco oposición ni alternativa, y es global. Las pantallas han roto el discurso narrativo continuado a favor de lo plural e híbrido, sin forma definida. La cultura-mundo es universal y comercial, pero ese capitalismo siente, se rodea de un manto estético que potencia la dimensión emocional. Hay una estetización de la cotidianeidad, todo se construye creando emoción, espectáculo y entretenimiento (redes, selfies, memes, virales, etc.) Je suis Charlie. Je suis Charlie Riina.

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Espectáculo. Volvemos al punto de partida.

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La posmodernidad está ahí. Es todo. Es esa foto. Es escribir sobre esa foto un artículo hecho con trozos de la wikipedia, como este. Es entrar en el artículo por la palabra posmodernidad o por la imagen del agua desigualmente repartida por el cuerpo de Charlie Riina. Es leerlo. Y es compartirlo sin leerlo. No importa. Es irrelevante lo que diga el artículo que estás a punto de acabar.

Tan sólo.

Ese instante.

Chas.

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