Cash or piss

Rosa Belmonte recogía este verano una noticia de esas que lo explican todo. Un taxista de Londres había sido denunciado por una propuesta de cobro; en lugar de dinero, aceptaba pis. Tras llegar al destino, proponía a los viajeros, viajeras, concretamente, que el pago de la carrera se realizase en orina y les facilitaba un recipiente en el que debían depositar el líquido.

En el resumen de Belmonte faltaban datos: cómo era el recipiente, si había que llenarlo o se hacia una proyección de contenido o, sobre todo, cómo se llegaba a esa propuesta; si tras una negociación o era una oferta directa: “cash or piss”. Sí se cuestionaban las condiciones higiénicas del vehículo y se hacía la pregunta clave: cuánta gente había dicho que sí previamente.

Como suele ser habitual en este tipo de noticias, no hay continuidad y desconocemos la suerte del taxista urófilo. Es probable que perdiera su licencia, un documento que precisa una media de tres años de estudio, ya que Londres es una de las ciudadades más jodidas; hay que aprenderse 25.000 calles y los principales lugares (hospitales, teatros, etc.).

No nos pongamos tristes. El tipo tiene una nueva oportunidad en la economía colaborativa, donde no se necesita licencia y puede evitar malentendidos. Trayecto Royal Albert Hall-Wembley: 0,75 centilitros. Trayecto Soho-Forest Gate: 1 litro. Prohibida la ingesta de espárragos. No abusen de los diuréticos. Para viajes más largos, como vacaciones, el taxista puede facilitar recipientes de uso semanal que soporten el recalentamiento en el microondas.

El sistema crea algunas dudas, además de las planteadas antes. Quizá, la menor de todas sea la supervivencia del taxista porque puede hacer de su problema una oportunidad. La economía colaborativa hará que encuentre a otros urófilos con los que pueda intercambiar sus frascos; esa idea sólo necesita un emprendedor. La uronet, domiciliada en Irlanda y Barbados, cobraría pequeñas comisiones (cash) por cada intercambio.

Nos parece algo lejano, pero deberíamos acostumbrarnos a ese modelo en el que el dinero es sustituido por micciones y, aún más, ser previsores: comprar un congelador para comenzar a guardar la orina antes de que el estado comience a pedirnos un impuesto por mear.

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