El trono y el reino

“La economía es el método. La finalidad es cambiar el corazón y el alma”. Lo dijo Thatcher. Y lo hizo. Quizá no había leído a Antonio Gramsci, pero sí, a Hayek, que sí tenía claro el concepto de hegemonía del italiano porque lo había mamado. Desde su derrota ante Keynes en el debate organizado por la BBC, tuvo claro que sus ideas no iban a ganar unas elecciones y que su única posibilidad pasaba por convertirlas en el consenso, en la hegemonía, en el sentido común.

Las sociedades no son libres. Siempre hay varios grupos que imponen sus valores y creencias. No es una imposición violenta, ni siquiera es visible, porque entonces sería fácil de contrarrestar. No es una conspiración, no son grupos que se citan en un lugar y establecen un plan. Es una concurrencia de intereses.

Los valores y creencias de esos grupos, a través del lenguaje, se convierten en consenso, el sentido común. No es que se conviertan en leyes, sino que delimitan los límites de lo que se puede hacer, lo único que se puede hacer. Y la sociedad percibe que ese consenso es beneficioso para (casi) todos, cuando sólo lo es para algunos grupos (no siempre los promotores del consenso).

La hegemonía no es lograr el trono de MHYV, no es colocar una palabra, no es lograr cuotas de audiencia, no es dominar los trendingtopics de cada día. Ni siquiera es ganar unas elecciones. La hegemonía es el lenguaje que se emplea, el catálogo de cosas que se pueden hacer, el terreno de juego. La hegemonía no es el trono, ni el de hierro, sino el reino.

Se puede derrocar al rey con una conspiración palaciega (o una votación), pero no se puede conquistar el reino sin una guerra, invisible, pero guerra. Y, de momento, hay muy poca gente dispuesta a darla.

Deje un comentario