2016, 2017, 2018, 2019…

Hay un dato político relevante que nadie parece tener en cuenta. Tras el 2015, llegará el 2016 y, tras este, el 2017 y, después, 2018, 2019 y 2020, el de los Juegos de Tokio.

Los defensores del sistema creen que 2015 es una especie de Cabo de Hornos y que, una vez doblado, el peligro de naufragio se alejará y las corrientes les conducirán a islas llenas de frutos carnosos en los árboles.

Los que quieren derribar el sistema creen que 2015 es una especie de Stargate, una puerta dimensional que sólo se abre cada 1.000 años y que, una vez cerrada, nos dejará a todos sumidos en el abismo insondable.

Pues, no. Insistimos en el dato: tras el 2015, llegará el 2016 y, tras este, el 2017 y, después, 2018 y 2019, que volverá a ser un año electoral (como muy tarde, porque se podría pasar a la bianualidad, como en Catalunya).

Y, durante esos años, las cosas seguirán más o menos igual. El estado del bienestar no volverá. No regresarán los convenios, los contratos largos, los sueldos amplios y el ascensor social. La desigualdad se cronificará durante estos años porque no es producto de la crisis, sino un modelo.

Hacen mal los defensores del sistema en resoplar por la estabilidad que supone el estancamiento de los que buscan el cambio y hacen mal los que que buscan el cambio en desanimarse por las encuestas. Esta no es la última oportunidad ni, vistas las circunstancias y los actores, la mejor.

Para cambiar la política, hay que cambiar el lenguaje y, de eso, todavía, ni rastro.

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