El trono del olivo

Hace mal Pablo Iglesias en regalar Juego de Tronos porque debería revisarla él mismo. Por mucho que uno fuerce la interpretación de la serie, no hay ningún personaje que se parezca al jefe del Estado, ni su situación puede asimilarse a ninguno de los reinos de la serie. Ninguno de los partidos, comenzando por el de Iglesias, Podemos, cuestiona la forma de gobierno.

Dice Pablo Iglesias que “En Poniente, como en nuestro país, hay un viejo mundo que se desmorona”. En Poniente, hubo un viejo mundo que ya se desmoronó porque la rebelión de Robert, el rey al inicio de la serie, acabó con 300 años de reinado de la casa Targaryen. Los que Iglesias llama “nuevos líderes con nuevos ejércitos” es la dinastía que estuvo gobernando y que sólo busca nuevas piezas para regresar al poder.

Es lo que Gramsci llama transformismo. Se trata de un ensanchamiento de la base social de ese consenso hegemónico y es una necesidad cíclica de la clase dominante. Los nuevos líderes usan piezas, dragones o esclavos, para conseguir regresar al poder. Ver esta historia como un relato de emancipación es un ejercicio de voluntarismo subjetivo similar a ver mensajes extraterrestres en las latas de refrescos.

Algo parecido es pensar que en España hay un viejo mundo que se desmorona; una crisis orgánica, vamos. Esto sucede cuando la clase dominante ha perdido ese consenso hegemónico intelectual y, entonces, ya no tiene ese papel dirigente; solo le queda la fuerza. Es una fase histórica compleja, de larga duración, de alcance mundial y tiene que ver con todo. No puede ser reducida a sus aspectos particulares: crisis financiera, crisis de autoridad, crisis comercial, crisis productiva, etc. Las causas y los efectos se superponen.

Ahora mismo hay una crisis orgánica y se llama internet. Esa es la crisis que pone en cuestión el consenso hegemónico. De momento, solo vemos algunas de sus manifestaciones particulares y no sólo en la industria cultural. Quizá, el actual empobrecimeinto debe tanto a la resolución neoliberal de la crisis financiera de 2007 como al nuevo modelo laboral que, mezclarse con el sistema político y económico industrial, no ha producido productividad y distribución, sino precariedad y desempleo.

Pero en España, a nivel particular, no hay un viejo mundo que se cae, sino una evolución lógica por el estancamiento generacional y la profundidad de la desigualdad. La clase dominante, comenzando por la Jefatura del Estado, no ha perdido el consenso y ninguno de proyectos con posibilidades de ganar las elecciones plantea una transformación, más allá de una minitransición: acabar con el plan de estabilización de 2011, recuperar ciertas cuestiones del pacto social, limitar la acción (corrupción) de las élites extractivas y un cambio generacional. No es poco, pero se parece más a una segunda transición (legitimada por el rey y legitimadora del mismo) que a un proceso constituyente. Berlanga seguirá siendo el principal referente audiovisual.

Donde sí es probable que se desate una lucha por el poder similar a la de Juego de Tronos es en Podemos. La puede haber porque ya la ha habido; primero, en la elección de la cúpula en el congreso de Vistalegre; después, en la configuración de la estructura. El grupo dirigente se ha enfrentado con el partido instrumental (Izquierda Anticapitalista) que usó para articular su propuesta e indirectamente con la gente del 15M, que sintió como traición la pérdida de poder de las redes en el proceso de construcción de un partido tradicional.

El grupo de Iglesias sólo tiene la legitimidad de haber estado al inicio, pero es poco bagaje y esa sí es una enseñanza de Juego de Tronos. Nadie está libre de peligro. Tan solo hace falta que alguien, otra trama, esté madura para ocupar tu puesto y, a nivel narrativo, una conjura y una ocasión.

Ambas cosas están pergeñadas. Según el oráculo de las encuestas, Podemos está estancado. Ha tocado fondo por la izquierda, el PSOE no termina de hundirse y Ciudadanos le está robando el espacio de lo nuevo, la centralidad. El grupo dirigente ya resta. La soberbia que da sentirse ungido les ha hecho ganar enemigos innecesariamente y meter la pata más de lo imprescindible. Además, uno de los ataques que han recibido ha tenido éxito, el marco mental, y la formación aparece ya cosida a Venezuela.

Las próximas elecciones autonómicas crearán una nueva nobleza en la organización: diputados autonómicos y, quizá, consejeros o presidentes de comunidad autónoma. No sólo serán barones, sino reyes, porque no hay una estructura de partido. Ellos manejarán presupuestos y harán leyes.

Además, los proyectos municipales formarán un nuevo grupo situado intra y extramuros del partido. En las candidaturas ciudadanas, hay gente de Podemos, pero también de otros partidos, de movimientos sociales y de otra procedencia. Será extraña la ciudad de más de 100.000 habitantes donde no entren al consistorio y muchas de ellas triunfarán.

Imaginemos el capítulo. Todo comienza en Madrid. Las encuestas de verano muestran que el proyecto municipal tuvo más apoyos que el que tiene el nacional. Varias voces, los carmenos, piden un replanteamiento de la estrategia y a ese murmullo se unen otras ciudades.

Después, cuando el debate está sustentado, llegarán los reyes regionales que aprovecharán el debate para marcar su territorio en los pactos postelectorales, en los que el grupo dirigente querrá influir.

La pelea será dura y será lo más parecido a Juego de Tronos que veremos en España. Habrá intrigas, traiciones, egos y sangre. Cuestiones personas, amistades o relaciones, mezcladas con la lucha política.

Habrá incluso quien, desde el municipalismo, los medios afines o la izquierda clásica, propondrá no sólo la sustitución del grupo dirgente, sino la creación de una nueva iniciativa para ampliar la base y congregar mucha más gente para romper el techo y ganar las elecciones generales.

Un Olivo, esa candidatura popular que los egos y las inercias, de momento, han impedido.

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