La dinámica del puto amo (nuestro entorno, que no es Francia o Alemania, sino Marruecos y Argentina)

Uno de los principales problemas de la educación (o del deporte formativo) son las distorsiones en la percepción que sufren los padres. Sus hijos son los más guapos, los más listos o los que mejor juegan. Cuando la percepción choca con la realidad se buscan excusas más o menos paranoicas: el profe le tiene manía, el sistema no explota sus capacidades, el entrenador le tiene manía o no le pasan.

Es curioso cómo este proceso de autoengaño olvida que un hijo es importante por lo que es, no por lo que hace, y que sólo hay dos cosas importantes: amor, perdón por la cursilería, y responsabilidad. Quizá, el proceso de autoengaño se produce para eludir el compromiso de las dos cuestiones anteriores. Pero no nos desviemos.

España también tiene un grave problema de percepción. Habitualmente, cuando se habla de comportamiento público o producción legislativa, se habla de los países de nuestro entorno y se citan, entre otros, a Francia o Alemania. Es algo normal, ya que España pertenece a un gran número de instituciones europeas, pero es algo que provoca el referido problema de percepción.

Francia o Alemania son países de nuestro entorno institucional, pero no pertenecen a nuestro entorno cultural. La gran separación se produjo hace varios siglos, cuando España, que ya tenía un sistema económico depredador (reconquista peninsula y conquista americana) y una fuerte influencia árabe, optó por la contrarreforma.

De ese conjunto devienen la admiración por la jerarquía y el desprecio por el diálogo o el consenso, la fe por delante de la ciencia, la apariencia pública por encima de la moral personal, el enriquecimiento por encima del trabajo o lo personal (los contactos) por encima de lo general (la ley).

Políticamente se concreta en el enfrentamiento, la corrupción y la dinámica del puto amo, la visión patrimonialista de lo público, lo que tradicionalmente se ha conocido como caciquismo. Es algo que España comparte con varios países mediterráneos y que exportó a Hispanoamérica.

En este contexto es el que hay que situar todo lo que sucede en España. Los países de nuestro entorno no son Francia o Alemania, sino Marruecos o Argentina. En Marruecos o Argentina es fácil imaginar al presidente de una institución regional hablando con dos comisarios de policía sobre negocios oscuros y sobornos. Allí, los policías también usan los delitos en lugar de perseguirlos y tienen empresas millonarias. También, cualquier construcción pública, escuela u hospital, tiene un enorme sobrecoste en mordidas.

Existe la idea de que la corrupción es una cuestión que sólo afecta a los políticos. Es otra percepción distorsionada que, además, no contrasta con la realidad. En Gürtel, Pokemon, Púnica, Edu o Mercurio, en los casos ERE, Palau o Urdangarin, no sólo hay políticos, sino empresarios, funcionarios o policías. En Marruecos o Argentina también los jueces reciben dietas de instituciones o empresas, los expedientes se pierden y los funcionarios de Hacienda hacen lo que les da la gana con las resoluciones judiciales.

En Marruecos o Argentina, los dirigentes también aparcan donde quieren y, si algún policía les dice algo, se encaran y dicen: usted no sabe con quién está hablando. Y el policía no les puede responder: usted sí que no lo sabe, con la ley. No lo puede hacer poque la ley no existe. En Marruecos, el rey también hace de comercial de las empresas; quizá me equivoco, pero no recuerdo haber visto al rey de Suecia hacer de viajante de Ericsson.

Conviene tener claro en qué país vivimos para entender lo que sucede y que nada logrará cambiarse con uno o dos resultados electorales. Aunque serán necesarios para cambiar las leyes. El cambio deberá ser más profundo y tardará más, mucho más.

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