La cara de gilipollas

Lo más importante, siempre, son las palabras. No hay antagonismo entre libertad y seguridad. El fundamento histórico del confort que proporciona la seguridad es la libertad. Podría añadirse también la igualdad y la fraternidad. O la cultura, la ciencia, el pensamiento; la ilustración, en definitiva. Con todo lo anterior, hemos llegado aquí.

Merece la pensa leer historia y geografía. Así, podríamos ver que libertad y seguridad siempre han ido, y van, en proporción. En los lugares donde hay menos libertad, tampoco hay seguridad porque, a nivel individual, le pueden detener a uno por cualquier cosa y, a nivel general, las dictaduras suelen sufrir inestabilidad. El gobierno de uno puede derrocarse más fácilmente que el gobierno de muchos. Si no lo dijo Churchill, seguro que lo pensó.

Los que plantean el antagonismo entre libertad y seguridad no explican qué hechos concretos han evitado sus medidas. Y, sobre todo, no explican por qué esa legislación que comienza basándose en la lucha contra las amenazas termina afectándonos a todos, recortando derechos, además de libertades, y, sobre todo, minando la seguridad en nosotros mismos.

Los que plantean el antagonismo entre libertad y seguridad no se lo aplican. El antagonismo podría aplicarse a la libertad de circulación de capital para controlar el dinero que financia a las posibles amenazas o se podría plantear el fin de la libertad de tributación (paraísos fiscales) o de legislación financiera (opacidad bancaria) para controlar ese dinero. Ahí se podría debilitar a las amenazas, pero eso es sagrado.

Como debería ser nuestra libertad. La seguridad es la ley, la ciudadanía, la existencia de derechos y libertades. En eso, se basa nuestra seguridad. Con libertad, igualdad y fraternidad; con cultura, ciencia, pensamiento, con la ilustración, en definitiva, Europa ya derrotó a un fanatismo religioso, el cristiano.

No hay antagonismo, ni dicotomía y, por eso, no hay que ceder. Al menos, evitaremos la cara de gilipollas que se nos quedará cuando veamos que, ni cediendo toda la carta de derechos humanos, nos podremos librar de que alguien, solo o en compañía de otros, nos pegue un tiro o nos ponga una bomba.

Deje un comentario