El apocalipsis y el suicidio

Entre unas cosas y otras, se nos pasó el fin de la música. Sucedió el pasado 1 de diciembre de 2014. Al menos, eso fue lo que anunció Luis Eduardo Aute el 1 de diciembre de 2009: “En cinco años esto desaparece. No habrá ni canciones ni música”. No seria elegante cargar las tintas sobre Aute, cuyas predicciones tienen el mismo nivel de fiabilidad que las del FMI, el BCE, Goldman o Standard and Poor’s. O la ouija de Roncero.

Algunos, como suele pasar, confundieron la desaparición de un sistema concreto y de unos actores concretos, con el apocalipsis general. Lo de confundir lo que le pasa a uno con lo que le pasa a todo el mundo ya le pasó a San Juan, que escribió sus Revelaciones desterrado en la isla de Patmos, famosa por sus setas alucinógenas.

La música no solo no murió, sino que vive un buen momento teniendo en cuenta el contexto de crisis. En Madrid, hay más de doscientos conciertos este mes de febrero. Y esta semana tenemos esta información: La industria discográfica española repunta por vez primera en los últimos doce años. Se viene de un panorama malo, pero un repunte es un repunte.

Cuando se decía que iba a desaparecer la música, yo solo podía pensar en qué poco tenía esa gente a la música. Lo mismo me pasa cuando oigo a alguien decir que va a desaparecer el cine, la literatura o el periodismo.

La línea de Aute la ha seguido el dirigente de IU en Madrid, Gregorio Gordo: Tania Sánchez quería acabar con Izquierda Unida (¿se puede disolver la jaula de los grillos sin que estos protesten? No creo). En poco tiene este dirigente a su organización (y la ideología que esta defiende) si cree que una persona, tenga en cargo que tenga, puede ser capaz de acabar con ella (tampoco he logrado entender la insistencia en ir de la mano con quien te desprecia cotidianamente).

Algunos, suele pasar, confundieron la desaparición de un sistema concreto y de unos actores concretos, ellos mismos, con el apocalipsis general que, ni siquiera ellos, ni siquiera con su suicidio político, pueden provocar. Porque, incluso si el actor concreto desaparece (algo que no pasará mañana, pero que puede pasar), la ideología volverá a estructurarse en otra organización.

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