Parece que fue ayer

Parece que fue ayer cuando todo el mundo defendía la libertad de expresión, cuando todo el mundo decía que no hay creencia que pueda coartarla. Parece que fue ayer, pero hace mucho tiempo. Por eso, es comprensible que nadie pida ya la derogación del artículo 525 del código penal vigente, aprobado en 1995, en el que se recoge el delito de ofensa de los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa. Ojo, basta con que se realice la conducta con la finalidad de ofender, no es necesario que se ofenda. Discrecionalidad. Pura inquisición.

Lo sucedidó ayer en París tuvo tanta unanimidad por su violencia explícita y, sobre todo, porque sucedió lejos. Todo lo que le pasa a otro es muy claro. Ayer, todos defendían la libertad de expresión y decían que la forma más clara de hacer frente al fanatismo era ejercer la libertad de expresión.

Lo decían los defensores, por acción u omisión, del secuestro de la revista El Jueves en 2007 o de su autocensura el año pasado. También, los que han apoyado la detención de personas por hacer chistes sobre atentados o los que han defendido las denuncias contra Leo Bassi, Javier Krahe o Mongolia. Incluso, en un alarde de posmodernidad, había gente que participa en medios de comunicación promovidos, directa o indirectamente, por regímenes teocráticos, como Ciudad del Vaticano o Irán, o dictaduras, religiosas o no, como China, Arabia Saudí o Cuba.

Parece que fue ayer, pero hace mucho tiempo. Mucho, muchísimo.

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