La minitransición

Durante este año, se ha hablado mucho de Gramsci; concretamente, de la primacía que daba a la batalla de las ideas a través de su concepto de hegemonia cultural. No es la primera vez que esto sucede. Sin citarlo, fue la base del movmiento neoliberal que, en lugar de enfrentarse directamente al modelo ’sociedad del bienestar’, decidió crear otro consenso y dar la batalla en el terreno intelectual. Así, colonizó instituciones, universidades y, solo al final, partidos. A todos.

Así debería plantearse cualquier cambio. Cualquier transformación de calado no se producirá por una renovación de cargos políticos, sino por el cambio del lenguaje: nuevas palabras, nuevo pensamiento, redefinir las cosas que se pueden hacer. No se está dando la batalla de las ideas, sino usando algunas ideas para algunas batallas que, cada vez más, son peleas individuales. Se desaprovechará una ocasión, descrita como única e inmejorable. Lo segundo es discutible; lo primero es ridículo. Claro que habrá otras oportunidades para el cambio, no vamos en un Delorean en el que podamos volver a la edad de los convenios colectivos; solo es la única oportunidad para algunos proyectos personales.

Esa visión de la ocasión única parte de un análisis demasiado voluntarista de la situación. Otro concepto gramsciano que ha estado presente es el de crisis orgánica que es, aparentemente, donde estamos. La llamada Cultura de la Transición agoniza. Conviene no sobrarse. Este proceso tiene más de relevo generacional y de reacción a la ruptura del pacto social que de una crisis orgánica. Pensar que uno forma parte de un proceso histórico es estimulante, pero suele ser falso porque estos son más amplios en tiempo y espacio. Uno se parece a Fabrice del Dongo, vagando por el campo de batalla, sin saber que está en Waterloo.

Una crisis orgánica es algo más serio y sucede cuando la clase dominante ha perdido ese consenso hegemónico intelectual y, entonces, ya no tiene ese papel dirigente; solo le queda la fuerza. Gramsci habla de una fase histórica compleja, de larga duración y de carácter mundial. Es un proceso que tiene muchas manifestaciones y en el cual las causas y los efectos se complican y se superponen. Tiene que ver con todo y no puede ser reducida a sus aspectos particulares: crisis financiera, crisis de autoridad, crisis comercial, crisis productiva, etc.

Para evitar errores, contrapone el concepto de crisis orgánica al concepto de crisis coyuntural. Una crisis coyuntural “no es de amplia dimensión histórica […] y se presenta como ocasional, inmediata, casi accidental” (Cuadernos, 1759) y está determinada por factores “variables y en desarrollo”. (Cuadernos, 1077). Una crisis de carácter orgánico, en cambio, “afecta a los grandes agrupamientos más allá de las personas inmediatamente responsables y más allá del personal dirigente”.

La crisis que hay en España no es orgánica, sino coyuntural. La clase dominante, comenzando por la Jefatura del Estado, no ha perdido el consenso y ninguno de proyectos con posibilidades de ganar las elecciones plantea una transformación, más allá de acabar con el plan de estabilización de 2011, recuperar ciertas cuestiones del pacto social, limitar la acción (corrupción) de las élites extractivas y un cambio generacional. No es poco, pero se parece más a una segunda transición que a un proceso constituyente.

Para entenderlo, deberíamos seguir leyendo a Gramsci y tener presente el concepto de transformismo. Se trata de la absorción gradual, pero continua de los elementos activos surgidos. Incluso, de aquellos adversarios que parecían enemigos irreconciliables. Se trata de un ensanchamiento de la base social de ese consenso hegemónico y es una necesidad cíclica de la clase dominante. Habrá cesiones, algunas, quizá, muchas, salvo su propia existencia, que era lo que se cuestionaba.

Es decir, en lugar de enfrentarse políticamente a la iniciativa transformadora (revolucionaria sería pasarse), esta es absorbida por las palabras, el pensamiento, hasta que queda reducida a una opción, más o menos alternativa, más o menos renovadora, pero dentro del consenso. Por citar un ejemplo fuera de la política, el punk y, en general, todos los que buscan servirse del sistema.

Hay un transformismo simple, cuando los intelectuales de los movimientos de oposición, se integran individualmente y un transformismo secundario, cuando se trata de grupos enteros “que se pasan al campo político moderado, sea integrándose en los partidos tradicionales, sea constituyendo nuevos partidos políticos”. Por citar un ejemplo dentro de la política, casi todos los partidos españoles durante la Transición.

En Grecia, hay un escenario más cercano a la crisis orgánica, pero la alternativa tampoco es transformadora, sino reformista. Más reformista de lo que se piensa, aunque con un sesgo ideológico claro, y, después, también tendrá que ser pragmática. Syriza, si logra ganar las elecciones, formar gobierno y evitar el golpe de estado, que no será nada fácil, no buscará una revolución, sino acabar con su terrible plan de estabilización. Y en esa tarea puede acabar con la estrategia centroeuropea de hundir a la Periferia para salvar al Este. Pero Grecia no es un modelo. De verdad, no conviene envidiar a un país que ha sido devastado.

Lo que hay en marcha en España es una minitransición, 40 años después. Conviene entenderlo, asumir los conceptos de crisis coyuntural y transformismo, para no dramatizar la situación y crear falsas expectativas que abran el camino a otras opciones. Hay frases como “los inmigrantes tienen la culpa de todo” que están esperando alguien que las ocupe.

Ojalá, la desarticulación de la cúpula de Unesa y el impulso a un nuevo modelo energérico; ojalá, el impago de la deuda ilegítima, en su mayoría, en manos de bancos españoles. No será esta la ocasión, pero la tarea no es escasa. Recordemos: acabar con el plan de estabilización de 2011, recuperar ciertas cuestiones del pacto social, limitar (no acabar) la acción (corrupción) de las élites extractivas y un cambio generacional.

Una minitransición y ya ha comenzado.

PD: Sí, hay una crisis orgánica. Se llama internet.

Esa es la crisis que pone en cuestión el consenso hegemónico, tiene alcance mundial y será de larga duración. De momento, solo vemos algunas de sus manifestaciones particulares. No solo en la industria cultural. Quizá, la actual precaridad debe tanto a la resolución neoliberal de la crisis financiera de 2007 como al nuevo modelo laboral que apuntó Jeremy Rifkin en El fin del trabjo. Mezclar con el sistema político y económico industrial, ese modelo laboral naciente no produce productividad y distribución, sino precariedad y desempleo.

Esa es la crisis orgánica. Cuando la clase dominante ya no hace avanzar a la sociedad como un todo. Será un proceso largo y duro. Esa revolución es el campo de batalla en el que vagamos, como Del Dongo, sin saber que estamos en Waterloo. El mundo que apunta Jeremy Rifkin en, por ejemplo, La sociedad del coste marginal cero, y en el resto de sus libros, solo puede darse tras un enorme cambio global. Lamentablemente, no es probable que el cambio sea tan tranquilo como él anuncia.

1 comentario sobre “La minitransición”

  1. javier dijo:

    Excelente, Jorge. Gracias una vez más.
    Un abrazo y feliz Navidad!

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